lunes, 13 de diciembre de 2010
tarea para el 101
Instrucciones: escoger un tema que les guste y realizar una ficha de investigación documental. no debe de ser extensa.
jueves, 9 de diciembre de 2010
cuento para el 101 y 301
Despertar
J. B. Morgade
Gustav se despertó apenas el sol se asomaba por el horizonte. Con los ojos entrecerrados se asomó por entre las ruinas que les servían de refugio a él y a los pocos que deambulaban aún por lo que alguna vez había sido la gran metrópoli, orgullo de la raza humana.
Debajo de la colina donde se encontraban, se vislumbraba un mundo en ruinas. Los edificios amenazaban con venirse debajo de un momento a otro, con los cristales rotos y los muros descarapelados y ahuecados. Las calles llenas de carros pudriéndose por la lenta acción del viento y la lluvia ácida. De cuando en cuando, los cables que conducían electricidad por la ciudad, daban señales de vida, chisporroteando destellos azules. Debían adentrarse en aquella masa informe de concreto y chatarra si es que querían comer y mantenerse vivos al menos un día más.
Los hombres del grupo establecieron la ruta a seguir. Debían llegar al gran lago artificial que se encontraba justo en el centro de la metrópoli. Estaban seguros de muchos de los animales que habían invadido la ciudad después de la catástrofe, aún deambulaban por ahí y serían presa fácil en cuanto se acercaran a beber. Sólo era cuestión de esperar.
Armados con flechas y arcos hechos con varillas metálicas provenientes de los ventanales o de los armazones de los carros, los hombres salieron de las ruinas y se dirigieron al lago, por entre las ruinosas calles. De cuando en cuando, el grupo se sobresaltaba mientras caminaba por las ruinas. Destellos de electricidad, vidrios que estallaban repentinamente debido a que los muros cedían un poco más y ejercían presión sobre ellos; ratas enormes que salían de las alcantarillas y cruzaban las calles buscando comida, sin mostrar el menor temor al grupo que se interponía en su camino.
Después de algunas horas, llegaron al lago artificial. A pesar del tiempo transcurrido, el agua se mantenía limpia. Quizá era algo bueno que sus antepasados hubieran construido ahí una fuente de agua como adorno; tal vez nunca pensaron que se regeneraría por sí misma. Se ubicaron detrás de unos matorrales. Agazapados, esperando que se acercara algún animal. Un ciervo de buen tamaño se acercó al lugar. Gustav dio la orden de que se mantuvieran en silencio para no espantar al animal. Cuando organizaba a su grupo, el ciervo dio un bramido. Había sido alcanzado por una flecha que, evidentemente, no había sido disparada por ninguno de ellos. Ante el asombro se hicieron visibles, al mismo tiempo que otro grupo de hombres que se encontraba del otro lado del lago, frente a ellos. Gustav sabía lo que eso significaba. Los hombres se prepararon para lo inevitable.
El intercambio de flechas fue breve. Los hombres de Gustav estaban mejor preparados y habían alcanzado niveles tecnológicos más altos que sus contrincantes, por lo que podían lanzar más flechas y con mayor precisión en menos tiempo. Aún así, Liotárd, un hermano de Gustav, resultó gravemente herido cuando fue alcanzado por una flecha en la pierna, y Ronhan, su mejor amigo, había muerto. No había tiempo para llorarlo. Aunque habían dado un golpe certero y fulminante al grupo contrario, al acabar con su jefe Volbrén, sabía que tenían que recoger rápidamente agua y la carne del ciervo, regresar al campamento y esperar el ataque. Quizás tuvieran tiempo de mudarse de aquel lugar antes de que el grupo de Volbrén los encontrara; de no ser así, las mujeres y los niños corrían el riesgo de salir heridos o muertos. ¡Y ellos eran tan pocos que pérdidas así eran difíciles de superar!
Regresaron rápidamente con las provisiones a cuestas. Abandonaron las ruinas que les servían de refugio y se internaron aún más en el campo de matorrales que los rodeaba. Caminaron unas horas y encontraron una cavidad en la falda del monte. Entraron con recelo, pero no encontraron animal ni hombre. Montaron su tienda provisional, se quedarían allí algunas noches.
Gustav se quedó a la entrada de la cueva. Él sabía cuál era su responsabilidad. Debía proteger a los suyos aún a costa de su propia vida. Aguardaba el siguiente movimiento del grupo rival. Sujetó fuertemente su arma. Volvió la cara hacia el campo abierto y su mirada se perdió en la inmensidad de la noche.
J. B. Morgade
Gustav se despertó apenas el sol se asomaba por el horizonte. Con los ojos entrecerrados se asomó por entre las ruinas que les servían de refugio a él y a los pocos que deambulaban aún por lo que alguna vez había sido la gran metrópoli, orgullo de la raza humana.
Debajo de la colina donde se encontraban, se vislumbraba un mundo en ruinas. Los edificios amenazaban con venirse debajo de un momento a otro, con los cristales rotos y los muros descarapelados y ahuecados. Las calles llenas de carros pudriéndose por la lenta acción del viento y la lluvia ácida. De cuando en cuando, los cables que conducían electricidad por la ciudad, daban señales de vida, chisporroteando destellos azules. Debían adentrarse en aquella masa informe de concreto y chatarra si es que querían comer y mantenerse vivos al menos un día más.
Los hombres del grupo establecieron la ruta a seguir. Debían llegar al gran lago artificial que se encontraba justo en el centro de la metrópoli. Estaban seguros de muchos de los animales que habían invadido la ciudad después de la catástrofe, aún deambulaban por ahí y serían presa fácil en cuanto se acercaran a beber. Sólo era cuestión de esperar.
Armados con flechas y arcos hechos con varillas metálicas provenientes de los ventanales o de los armazones de los carros, los hombres salieron de las ruinas y se dirigieron al lago, por entre las ruinosas calles. De cuando en cuando, el grupo se sobresaltaba mientras caminaba por las ruinas. Destellos de electricidad, vidrios que estallaban repentinamente debido a que los muros cedían un poco más y ejercían presión sobre ellos; ratas enormes que salían de las alcantarillas y cruzaban las calles buscando comida, sin mostrar el menor temor al grupo que se interponía en su camino.
Después de algunas horas, llegaron al lago artificial. A pesar del tiempo transcurrido, el agua se mantenía limpia. Quizá era algo bueno que sus antepasados hubieran construido ahí una fuente de agua como adorno; tal vez nunca pensaron que se regeneraría por sí misma. Se ubicaron detrás de unos matorrales. Agazapados, esperando que se acercara algún animal. Un ciervo de buen tamaño se acercó al lugar. Gustav dio la orden de que se mantuvieran en silencio para no espantar al animal. Cuando organizaba a su grupo, el ciervo dio un bramido. Había sido alcanzado por una flecha que, evidentemente, no había sido disparada por ninguno de ellos. Ante el asombro se hicieron visibles, al mismo tiempo que otro grupo de hombres que se encontraba del otro lado del lago, frente a ellos. Gustav sabía lo que eso significaba. Los hombres se prepararon para lo inevitable.
El intercambio de flechas fue breve. Los hombres de Gustav estaban mejor preparados y habían alcanzado niveles tecnológicos más altos que sus contrincantes, por lo que podían lanzar más flechas y con mayor precisión en menos tiempo. Aún así, Liotárd, un hermano de Gustav, resultó gravemente herido cuando fue alcanzado por una flecha en la pierna, y Ronhan, su mejor amigo, había muerto. No había tiempo para llorarlo. Aunque habían dado un golpe certero y fulminante al grupo contrario, al acabar con su jefe Volbrén, sabía que tenían que recoger rápidamente agua y la carne del ciervo, regresar al campamento y esperar el ataque. Quizás tuvieran tiempo de mudarse de aquel lugar antes de que el grupo de Volbrén los encontrara; de no ser así, las mujeres y los niños corrían el riesgo de salir heridos o muertos. ¡Y ellos eran tan pocos que pérdidas así eran difíciles de superar!
Regresaron rápidamente con las provisiones a cuestas. Abandonaron las ruinas que les servían de refugio y se internaron aún más en el campo de matorrales que los rodeaba. Caminaron unas horas y encontraron una cavidad en la falda del monte. Entraron con recelo, pero no encontraron animal ni hombre. Montaron su tienda provisional, se quedarían allí algunas noches.
Gustav se quedó a la entrada de la cueva. Él sabía cuál era su responsabilidad. Debía proteger a los suyos aún a costa de su propia vida. Aguardaba el siguiente movimiento del grupo rival. Sujetó fuertemente su arma. Volvió la cara hacia el campo abierto y su mirada se perdió en la inmensidad de la noche.
tarea para el 101
Instrucciones: escribir una pequeña continuación (media cuartilla) del cuento de Neblina. entrega lunes 13 de diciembre. En computadora, letra arial número 12.
Neblina
por Luis Llamas
Praga 1607
La neblina se dispersaba por la ciudad. Las antorchas iluminaban, con trabajos, la noche. Los hombres en silencio, caminaban con cruces en las manos y estacas recién hechas. Absortos por el silencio escucharon un aleteo por los cielos. El miedo se apoderó de ellos y comenzaron a levantar sus cruces. Unos prepararon las estacas para cualquier enfrentamiento. Iván, de apenas dieciséis años, empezó a buscar entre la neblina los aleteos, nervioso alcanzó a Vladimir para sentirse protegido.
Al llegar al río, la neblina empezó a dispersarse y todos quedaron atónitos al ver una mujer caminar por las aguas. Vestía de blanco, su cabello rubio llegaba hasta la cintura y su rostro era pálido como la nieve. Era tan hermosa que algunos hombres, al verla, bajaron las cruces. Vladimir les gritaba que no la vieran, pero no hicieron caso, Iván sacó de su bolso una cruz de plata (regalo de su abuelo) y la sostuvo en su pecho. Ella caminó hasta la orilla hacia los hombres, sonrió, y, acto seguido, extendió sus alas. Todos intentaron correr, de nuevo, el aleteo se escuchó por el cielo, y empezaron a caer muertos, uno por uno, con el cuello ensangrentado. Vladimir e Iván corrieron y la mujer se presentó frente a ellos.
La vampiresa escondió sus alas y limpió sus labios de la sangre. Se acercó lentamente hacia ellos. Vladimir intentó, nerviosamente, sacar el agua bendita del bolso cuando Iván se adelantó y puso la cruz de plata frente a ella, primero soltó un grito, luego empezó a reírse y se acercó hacia el muchacho, cuando ya estuvo a una distancia moderada de él; observó que la mujer era muy hermosa. Ella extendió su mano, y con una voz suave, casi angelical, dijo:
—Ven conmigo.
El muchacho levantó su mano y quiso tomarla, en eso, el rostro de ella se desfiguró y empezó a gritar, Vladimir la había rociado con el agua bendita.
—¡Ya no la veas! —gritó Vladimir al muchacho.
Iván salió del trance. Sujetó con fuerza la cruz y se preparó, cuando la mujer se dirigió hacia ellos de nuevo, con el rostro bello, como si nada hubiera pasado; quiso atacar primero a Vladimir. Ella sacó sus colmillos y forcejeó con el hombre, Iván se lanzó hacia ella y con la cruz de plata empezó a pelear también, hasta que, en un movimiento rápido por parte del muchacho, enterró con fuerza la cruz en el pecho de la mujer. Lo vio, y después gritó hasta que la piel se secó y se adhirió a sus huesos. A los pocos minutos, el primer rayo de sol iluminó el bosque, y el cuerpo momificado de la mujer quedó hecho cenizas. Vladimir abrazó al muchacho.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre a Iván.
Iván empezó a llorar, después se quitó la camisa, y el hombre se percató de unos pequeños orificios en el cuello del muchacho; durante el forcejeo, la mujer había alcanzado a morderlo. El hombre le dio un beso en la frente y se retiró del lugar solo, con la cruz de plata en sus manos. No tuvo corazón para matarlo.
Neblina
por Luis Llamas
Praga 1607
La neblina se dispersaba por la ciudad. Las antorchas iluminaban, con trabajos, la noche. Los hombres en silencio, caminaban con cruces en las manos y estacas recién hechas. Absortos por el silencio escucharon un aleteo por los cielos. El miedo se apoderó de ellos y comenzaron a levantar sus cruces. Unos prepararon las estacas para cualquier enfrentamiento. Iván, de apenas dieciséis años, empezó a buscar entre la neblina los aleteos, nervioso alcanzó a Vladimir para sentirse protegido.
Al llegar al río, la neblina empezó a dispersarse y todos quedaron atónitos al ver una mujer caminar por las aguas. Vestía de blanco, su cabello rubio llegaba hasta la cintura y su rostro era pálido como la nieve. Era tan hermosa que algunos hombres, al verla, bajaron las cruces. Vladimir les gritaba que no la vieran, pero no hicieron caso, Iván sacó de su bolso una cruz de plata (regalo de su abuelo) y la sostuvo en su pecho. Ella caminó hasta la orilla hacia los hombres, sonrió, y, acto seguido, extendió sus alas. Todos intentaron correr, de nuevo, el aleteo se escuchó por el cielo, y empezaron a caer muertos, uno por uno, con el cuello ensangrentado. Vladimir e Iván corrieron y la mujer se presentó frente a ellos.
La vampiresa escondió sus alas y limpió sus labios de la sangre. Se acercó lentamente hacia ellos. Vladimir intentó, nerviosamente, sacar el agua bendita del bolso cuando Iván se adelantó y puso la cruz de plata frente a ella, primero soltó un grito, luego empezó a reírse y se acercó hacia el muchacho, cuando ya estuvo a una distancia moderada de él; observó que la mujer era muy hermosa. Ella extendió su mano, y con una voz suave, casi angelical, dijo:
—Ven conmigo.
El muchacho levantó su mano y quiso tomarla, en eso, el rostro de ella se desfiguró y empezó a gritar, Vladimir la había rociado con el agua bendita.
—¡Ya no la veas! —gritó Vladimir al muchacho.
Iván salió del trance. Sujetó con fuerza la cruz y se preparó, cuando la mujer se dirigió hacia ellos de nuevo, con el rostro bello, como si nada hubiera pasado; quiso atacar primero a Vladimir. Ella sacó sus colmillos y forcejeó con el hombre, Iván se lanzó hacia ella y con la cruz de plata empezó a pelear también, hasta que, en un movimiento rápido por parte del muchacho, enterró con fuerza la cruz en el pecho de la mujer. Lo vio, y después gritó hasta que la piel se secó y se adhirió a sus huesos. A los pocos minutos, el primer rayo de sol iluminó el bosque, y el cuerpo momificado de la mujer quedó hecho cenizas. Vladimir abrazó al muchacho.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre a Iván.
Iván empezó a llorar, después se quitó la camisa, y el hombre se percató de unos pequeños orificios en el cuello del muchacho; durante el forcejeo, la mujer había alcanzado a morderlo. El hombre le dio un beso en la frente y se retiró del lugar solo, con la cruz de plata en sus manos. No tuvo corazón para matarlo.
martes, 30 de noviembre de 2010
cuento para el 101 y 301
Carta a una señorita en París
Julio Cortázar
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
Julio Cortázar
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
domingo, 24 de octubre de 2010
Tarea
Instrucciones para el 101: realizar un resumen del siguiente cuento para el miércoles antes de gastronimía lo revisaré. hoja reciclada, arial 12.
Para Elisa
Luis Llamas
El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.
Proverbio italiano
Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.
Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.

La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven ya, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.
La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.
El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.
A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, más bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, más bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.

Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponía alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.
La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?
Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?
Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.
Para Elisa
Luis Llamas
El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.
Proverbio italiano
Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.
Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.

La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven ya, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.
La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.
El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.
A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, más bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, más bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.

Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponía alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.
La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?
Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?
Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.
viernes, 15 de octubre de 2010
Cuento para el 101 y 301
Instrucciones para el 101:
1.Del siguiente cuento, redacta las ideas principales, es decir, estructura un resumen para tener la información requerida.
2.Escribe un ejemplo de denotativo y un ejemplo de connotativo.
Fecha de entrega, lunes 18 de octubre de 2010. En hojas blancas (recicladas) letra Arial número 12 ambos trabajos.
Conducta en los velorios
Julio Cortázar
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
1.Del siguiente cuento, redacta las ideas principales, es decir, estructura un resumen para tener la información requerida.
2.Escribe un ejemplo de denotativo y un ejemplo de connotativo.
Fecha de entrega, lunes 18 de octubre de 2010. En hojas blancas (recicladas) letra Arial número 12 ambos trabajos.
Conducta en los velorios
Julio Cortázar
No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.
domingo, 3 de octubre de 2010
cuento para el 101 y 301
La gallina degollada
Horacio Quiroga
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí...! ¡sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitió el proceso de los dos mayores.
Más, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste...?
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
Horacio Quiroga
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí...! ¡sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitió el proceso de los dos mayores.
Más, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste...?
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
cuento para el 101 y 301
Intrucciones: leer el cuento, no hay tarea para ambos grupos. el control de lectura para el 301 será el martes 20 de septiembre a las 7 am, y para el 101 será el miércoles 21 de septiembre a la 1:10 pm.
buen Puente!
Celos
Jesús Morgade
Él y ella caminan por los bosques pétreos circundantes de la ciudad fortificada en la que habitan. Es día de descanso y muchos deambulan sin rumbo fijo, perdiéndose entre los torreones de granito y caliza de formas psicodélicas que surgen por doquier. Como otras tantas parejas, él toma dos de las manos de ella mientras avanzan.
Mientras contemplan la luz de su sol entre las formaciones rocosas, otro se acerca repentinamente a ellos. Ella no es una de las más hermosas de su especie, pero sus ojos son diáfanos y hablan de la pureza de su interior. El otro no puede dejar de verla al pasar. Él se da cuenta. Sus fluidos internos hierven repentinamente y su piel se torna más azul de lo ordinario. ¿Cómo se atreve ese otro a mirarla precisamente a ella? Y lo peor, ¿cómo se atreve ella a devolverle la mirada?
Él la ama desde el primer día que la vio y la tuvo como posesión desde el día que decidieron unir sus vidas. Ella no puede ver a nadie más que no sea él y nadie tiene el derecho de posar su vista en ella. ¿Es tan difícil de entender? Ella siempre lo ha amado a él y en su interior no existe ni existirá nadie más.
Cuando el otro se cruza por su camino, y osa posar su vista en ella, él, en un acto involuntario, la toma con fuerza con la tercera mano. Deben de saber los dos quién pertenece a quién. La pareja prosigue su camino mientras que el otro se aleja de ellos sin volver la mirada.
Un poco más adelante encuentran otro extraño. Mira la delicada textura de la piel de ella. La ira vuelve a apoderarse de él. La toma con las cuatro manos con una fuerza inaudita. Ella lanza un silencioso gemido de dolor, pero sigue con él recorriendo el laberinto de rocas informes a donde acostumbran ir cada vez que tienen la oportunidad.

Un extraño más. Una mirada más a ella. Por temor a él, ella baja la vista, pero él no la ve. Su mirada está centrada en la forma como los otros la miran y en su interior sabe que ella les corresponde. De nada vale su presencia. De nada los sentimientos que tiene para con ella. Él sabe que ella irremediablemente volverá la vista a los otros, buscando, indagando, siguiendo, ¿amando? No lo puede soportar. Es demasiado para él.
Llegan a una vereda escondida, donde solían buscar el cobijo de las sombras para manifestar los sentimientos que tenían el uno por el otro. Él la dirige hacia allá con brusquedad. No puede permitir que ella vea a nadie más y menos aún, que ame a otro.
La aprisiona contra la pared de granito. Ella le suplica. Siente las esquirlas de roca hundiéndose en su piel. Él no la escucha, le grita que no puede haber en su vida nadie más que él. Ella le dice, en un lamento continuo, que no hay nadie más, que él es el único en su interior. Él no lo cree. La aprisiona con más fuerza contra la pared. Ella llora. Él no tiene compasión. Él sabe que la única manera de tenerla siempre con cerca, de que no haya otro, de que no ame a otro es haciéndola uno con él.
La rodea con todos sus brazos. Comienza a comprimir el cuerpo de ella con el de él. Ella siente como se va el aire de su interior. Gime y grita, pero no hay respuesta. Él la oprime con mayor fuerza contra sí mismo. El dolor de la fusión corpórea se hace más fuerte cada vez, pero él no cede.
A los pocos minutos no hay rastro de ella. Sus cuerpos se han fusionado en uno solo. Ella ha dejado de existir, pero él ahora tiene la seguridad de que le pertenece definitivamente.
Cae la noche en el planeta. Él vuelve a casa. Llega a la cocina. No hay comida preparada. Ese era trabajo de ella. Se prepara algo, pero no tiene sabor ni consistencia. Se sienta en la roca que está frente a la casa. Ella solía acariciarle la cabeza, ahora sólo siente el frío helado congelándole todo el cuerpo. Se retira a descansar y se duerme rápidamente. ¿Por qué no puede calentarse su cuerpo? Cuando ella estaba ahí, todas las noches eran tibias. ¿Qué sucede entonces? ¿No está ella ahí, con él, en su interior, fusionada con su cuerpo? ¿Por qué no puede sentir el calor del cuerpo de ella?
Se levanta desesperado. Deambula por la casa. La busca obsesivamente. No puede verla, ni sentirla. ¿Es que, a final de cuentas, logró alejarse de él? ¿Es que está con algún otro en ese momento? No puede ser, él la absorbió, ella le pertenece sólo a él. Pero ¿por qué no puede sentirla? ¿Es que no está en su interior? Sólo hay una forma de saberlo.
Toma una cuchilla filosa. Se dirige al bosque, a la cascada de plata que está cerca de la muralla de la ciudad. La luz del satélite natural de su planeta lo ilumina mientras se dirige hacia allá. Cuando llega, se mete en el metal líquido hasta que puede ver reflejado su cuerpo en la caída del fluido. Levanta la cuchilla, la dirige sobre sí mismo y la hunde en su cuerpo. Lo rasga de arriba abajo y abre la piel como las hojas de un libro. De ella no queda nada en su interior. Se ha esfumado. Él grita y la maldice mientras sus fluidos internos se funden con el metal que moja sus pies.
buen Puente!
Celos
Jesús Morgade
Él y ella caminan por los bosques pétreos circundantes de la ciudad fortificada en la que habitan. Es día de descanso y muchos deambulan sin rumbo fijo, perdiéndose entre los torreones de granito y caliza de formas psicodélicas que surgen por doquier. Como otras tantas parejas, él toma dos de las manos de ella mientras avanzan.
Mientras contemplan la luz de su sol entre las formaciones rocosas, otro se acerca repentinamente a ellos. Ella no es una de las más hermosas de su especie, pero sus ojos son diáfanos y hablan de la pureza de su interior. El otro no puede dejar de verla al pasar. Él se da cuenta. Sus fluidos internos hierven repentinamente y su piel se torna más azul de lo ordinario. ¿Cómo se atreve ese otro a mirarla precisamente a ella? Y lo peor, ¿cómo se atreve ella a devolverle la mirada?
Él la ama desde el primer día que la vio y la tuvo como posesión desde el día que decidieron unir sus vidas. Ella no puede ver a nadie más que no sea él y nadie tiene el derecho de posar su vista en ella. ¿Es tan difícil de entender? Ella siempre lo ha amado a él y en su interior no existe ni existirá nadie más.
Cuando el otro se cruza por su camino, y osa posar su vista en ella, él, en un acto involuntario, la toma con fuerza con la tercera mano. Deben de saber los dos quién pertenece a quién. La pareja prosigue su camino mientras que el otro se aleja de ellos sin volver la mirada.
Un poco más adelante encuentran otro extraño. Mira la delicada textura de la piel de ella. La ira vuelve a apoderarse de él. La toma con las cuatro manos con una fuerza inaudita. Ella lanza un silencioso gemido de dolor, pero sigue con él recorriendo el laberinto de rocas informes a donde acostumbran ir cada vez que tienen la oportunidad.

Un extraño más. Una mirada más a ella. Por temor a él, ella baja la vista, pero él no la ve. Su mirada está centrada en la forma como los otros la miran y en su interior sabe que ella les corresponde. De nada vale su presencia. De nada los sentimientos que tiene para con ella. Él sabe que ella irremediablemente volverá la vista a los otros, buscando, indagando, siguiendo, ¿amando? No lo puede soportar. Es demasiado para él.
Llegan a una vereda escondida, donde solían buscar el cobijo de las sombras para manifestar los sentimientos que tenían el uno por el otro. Él la dirige hacia allá con brusquedad. No puede permitir que ella vea a nadie más y menos aún, que ame a otro.
La aprisiona contra la pared de granito. Ella le suplica. Siente las esquirlas de roca hundiéndose en su piel. Él no la escucha, le grita que no puede haber en su vida nadie más que él. Ella le dice, en un lamento continuo, que no hay nadie más, que él es el único en su interior. Él no lo cree. La aprisiona con más fuerza contra la pared. Ella llora. Él no tiene compasión. Él sabe que la única manera de tenerla siempre con cerca, de que no haya otro, de que no ame a otro es haciéndola uno con él.
La rodea con todos sus brazos. Comienza a comprimir el cuerpo de ella con el de él. Ella siente como se va el aire de su interior. Gime y grita, pero no hay respuesta. Él la oprime con mayor fuerza contra sí mismo. El dolor de la fusión corpórea se hace más fuerte cada vez, pero él no cede.
A los pocos minutos no hay rastro de ella. Sus cuerpos se han fusionado en uno solo. Ella ha dejado de existir, pero él ahora tiene la seguridad de que le pertenece definitivamente.
Cae la noche en el planeta. Él vuelve a casa. Llega a la cocina. No hay comida preparada. Ese era trabajo de ella. Se prepara algo, pero no tiene sabor ni consistencia. Se sienta en la roca que está frente a la casa. Ella solía acariciarle la cabeza, ahora sólo siente el frío helado congelándole todo el cuerpo. Se retira a descansar y se duerme rápidamente. ¿Por qué no puede calentarse su cuerpo? Cuando ella estaba ahí, todas las noches eran tibias. ¿Qué sucede entonces? ¿No está ella ahí, con él, en su interior, fusionada con su cuerpo? ¿Por qué no puede sentir el calor del cuerpo de ella?
Se levanta desesperado. Deambula por la casa. La busca obsesivamente. No puede verla, ni sentirla. ¿Es que, a final de cuentas, logró alejarse de él? ¿Es que está con algún otro en ese momento? No puede ser, él la absorbió, ella le pertenece sólo a él. Pero ¿por qué no puede sentirla? ¿Es que no está en su interior? Sólo hay una forma de saberlo.
Toma una cuchilla filosa. Se dirige al bosque, a la cascada de plata que está cerca de la muralla de la ciudad. La luz del satélite natural de su planeta lo ilumina mientras se dirige hacia allá. Cuando llega, se mete en el metal líquido hasta que puede ver reflejado su cuerpo en la caída del fluido. Levanta la cuchilla, la dirige sobre sí mismo y la hunde en su cuerpo. Lo rasga de arriba abajo y abre la piel como las hojas de un libro. De ella no queda nada en su interior. Se ha esfumado. Él grita y la maldice mientras sus fluidos internos se funden con el metal que moja sus pies.
domingo, 12 de septiembre de 2010
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Tarea para el 101
Instrucciones para el 101:
Leer acerca de su tema favorito (carros, aviones, música, etc. lo que se comentaron en la clase) y realizar un cuestionario de 15 preguntas con sus respuestas para comprender y analizar más el tema seleccionado por cada uno. Se calificará el cuestionario en la libreta. Es importante que las respuestas sean fundamentadas, es decir, no se aceptarán respuestas: sí, no, o respuestas cortas.
nota: el temario de comprensión se anexa la siguiente semana.
instrucciones para el 101 y 301:
Leer el cuento. Para el 101 el control de lectura será el lunes 6 de septiembre y el 301 el 7 del mismo mes.
Laura
Jesús Morgade
Vuelvo a mi casa después de un arduo día de trabajo. Estoy cansado, han sido días difíciles. Tengo un hambre canina, juro que me comería a un elefante si tuviera la oportunidad. En cuanto abro la puerta, me seduce el exquisito olor de uno de mis platillos favoritos. Quizás Laura quiera darme por fin un poco de tranquilidad. Los últimos meses ha estado aún más insoportable. Probablemente sea su manera de decirme que hará una tregua conmigo.
Sin embargo, cuando entro a la cocina, no hay otra cosa más que la pila de trastes sucios que desparraman el fregadero desde hace una semana. Confundido comprendo que Laura está cada vez más decidida a hacerme la vida miserable. Esto ya es intolerable. ¿Es que es imposible que un hombre llegue a su casa y no pueda comer pacíficamente?
Busco a mi esposa por todos lados. Como siempre se esconde de mí para que no pueda reprenderla por el hecho. La casa es un caos. Ropa tirada por todos lados, los muebles desalineados, la televisión encendida en un canal sin programación, los cristales empañados y los cuadros tirados en el piso. Subo a mi recámara y se repite la misma escena. Laura es verdaderamente insoportable. No tengo tiempo de esperar a saber dónde está y no quiero saberlo. Francamente estoy fatigado de estar lidiando con ella todos los días. Salgo de casa, iré a un restaurante que me acaban de recomendar en la oficina, aunque con todo lo sucedido, se me quitó el apetito. Espero que viendo a los otros comensales y sus platillos, mi estómago se anime a reclamar nuevamente su porción.
No sé cómo es que siempre sabe en qué lugar me encuentro. ¿Es que acaso contrató a uno de esos agentes secretos que se dedican a seguir a la gente? Lo cierto es que aquí está, mirándome con sus enormes ojos inexpresivos, como reprendiéndome que no esté con ella en casa. Me quita la comida de la boca, mientras observo a mi al rededor para que los otros no se den cuenta que me ha manchado la camisa con salsa de tomate. Le fascina hacerme quedar mal, así que cínicamente, derrama la copa de vino tinto sobre el mantel que, para mi mala suerte, es blanco. No me queda otra más que salir del lugar con el estómago a medio llegar y abochornado por todos los incidentes, mientras los meseros me miran, aliviados porque me voy y deseando no volverme a ver por ahí. Ella, como en tantas otras ocasiones, se ha dado a la huída antes de poder recriminarle su actitud.

De nuevo a la casa, al caos, a la fatiga de esta vida que ya no es vida. Quiero dormir, olvidarme de todo, descansar. Pero mi mente se niega a mantenerse quieta. Me envía imágenes de Laura, de sus provocaciones, de sus arranques, de sus esfuerzos por arruinarme en todos los aspectos.
Recuerdo el día que fui a comer con Estela, era una simple comida con una amiga muy preciada. Laura se hizo presente, aún no logro entender cómo es que dio con nuestro paradero, porque jamás le comenté nada de nuestra reunión. Pero si provocó que Estela no quisiera volver a verme jamás. Le daba pequeños jalones a su silla, derramó la sopa aún caliente sobre sus piernas, le susurraba constantemente al oído, lo que la ponía cada vez más inquieta. Hice muchos esfuerzos por mantenerla en calma, pero todo fue en vano. Al ver mi insistencia, Laura la tomó por los cabellos y la arrastró por el pasillo. Estela se levantó, me gritó mil cosas delante de todos y salió del lugar.
Y no sólo con otras mujeres. Laura me sigue a dónde quiera que voy y no me permite socializar con nadie. Me estoy quedando solo. Mis amigos no me han invitado a ninguna partida de cartas desde el día en que se las arrebató de las manos y las esparció por el suelo; ningún partido de fútbol, porque no quieren más balones ponchados y porterías derribadas; nada de pesca porque no quieren terminar en el lago, empapados y fríos. Porque esa es otra de las linduras de mi esposa, el frío la sigue a todos lados, y es tal que logra congelar las expresiones de todos a su alrededor… y al mío.
Por fin el sueño me vence. Duermo profundamente cuando siento la gélida presencia de Laura junto a mí. Se mete dentro de las cobijas, roza su rostro con el mío, me besa, me acaricia y susurra a mi oído palabras de amor.
¿Cómo te atreves a hablarme de amor cuando estás destruyendo mi vida? Estoy desesperado, furioso; quiero que te largues, que te vayas para siempre de mi vida, que me dejes en paz…
Salgo de mi cuarto y me siento en la sala. Ella me sigue hasta allá y se detiene frente a la ventana. Me dice que no puede vivir sin mí, que me ama locamente, que no puede hacerse a la idea de perderme.
¿Vivir? Río histéricamente. ¿Vivir? Laura, ¿por qué no puedes entender que estás muerta desde hace más de seis meses? Estás muerta, no puedes perderme o amarme o temer mi partida, porque estás muerta. Déjame vivir mi vida, déjame volver a ser alguien, déjame buscar mi felicidad, déjame en paz.
Sus últimas palabras me dejan petrificado. Comprendo ahora que no hay escapatoria posible. Laura está decidida a perseguirme por el resto de mi vida. De sus labios fantasmales, emerge sólo una frase, un escalofriante gruñido mientras se desvanece en la nada: Entiende que eres mío y lo serás por toda la eternidad…
Leer acerca de su tema favorito (carros, aviones, música, etc. lo que se comentaron en la clase) y realizar un cuestionario de 15 preguntas con sus respuestas para comprender y analizar más el tema seleccionado por cada uno. Se calificará el cuestionario en la libreta. Es importante que las respuestas sean fundamentadas, es decir, no se aceptarán respuestas: sí, no, o respuestas cortas.
nota: el temario de comprensión se anexa la siguiente semana.
instrucciones para el 101 y 301:
Leer el cuento. Para el 101 el control de lectura será el lunes 6 de septiembre y el 301 el 7 del mismo mes.
Laura
Jesús Morgade
Vuelvo a mi casa después de un arduo día de trabajo. Estoy cansado, han sido días difíciles. Tengo un hambre canina, juro que me comería a un elefante si tuviera la oportunidad. En cuanto abro la puerta, me seduce el exquisito olor de uno de mis platillos favoritos. Quizás Laura quiera darme por fin un poco de tranquilidad. Los últimos meses ha estado aún más insoportable. Probablemente sea su manera de decirme que hará una tregua conmigo.
Sin embargo, cuando entro a la cocina, no hay otra cosa más que la pila de trastes sucios que desparraman el fregadero desde hace una semana. Confundido comprendo que Laura está cada vez más decidida a hacerme la vida miserable. Esto ya es intolerable. ¿Es que es imposible que un hombre llegue a su casa y no pueda comer pacíficamente?
Busco a mi esposa por todos lados. Como siempre se esconde de mí para que no pueda reprenderla por el hecho. La casa es un caos. Ropa tirada por todos lados, los muebles desalineados, la televisión encendida en un canal sin programación, los cristales empañados y los cuadros tirados en el piso. Subo a mi recámara y se repite la misma escena. Laura es verdaderamente insoportable. No tengo tiempo de esperar a saber dónde está y no quiero saberlo. Francamente estoy fatigado de estar lidiando con ella todos los días. Salgo de casa, iré a un restaurante que me acaban de recomendar en la oficina, aunque con todo lo sucedido, se me quitó el apetito. Espero que viendo a los otros comensales y sus platillos, mi estómago se anime a reclamar nuevamente su porción.
No sé cómo es que siempre sabe en qué lugar me encuentro. ¿Es que acaso contrató a uno de esos agentes secretos que se dedican a seguir a la gente? Lo cierto es que aquí está, mirándome con sus enormes ojos inexpresivos, como reprendiéndome que no esté con ella en casa. Me quita la comida de la boca, mientras observo a mi al rededor para que los otros no se den cuenta que me ha manchado la camisa con salsa de tomate. Le fascina hacerme quedar mal, así que cínicamente, derrama la copa de vino tinto sobre el mantel que, para mi mala suerte, es blanco. No me queda otra más que salir del lugar con el estómago a medio llegar y abochornado por todos los incidentes, mientras los meseros me miran, aliviados porque me voy y deseando no volverme a ver por ahí. Ella, como en tantas otras ocasiones, se ha dado a la huída antes de poder recriminarle su actitud.

De nuevo a la casa, al caos, a la fatiga de esta vida que ya no es vida. Quiero dormir, olvidarme de todo, descansar. Pero mi mente se niega a mantenerse quieta. Me envía imágenes de Laura, de sus provocaciones, de sus arranques, de sus esfuerzos por arruinarme en todos los aspectos.
Recuerdo el día que fui a comer con Estela, era una simple comida con una amiga muy preciada. Laura se hizo presente, aún no logro entender cómo es que dio con nuestro paradero, porque jamás le comenté nada de nuestra reunión. Pero si provocó que Estela no quisiera volver a verme jamás. Le daba pequeños jalones a su silla, derramó la sopa aún caliente sobre sus piernas, le susurraba constantemente al oído, lo que la ponía cada vez más inquieta. Hice muchos esfuerzos por mantenerla en calma, pero todo fue en vano. Al ver mi insistencia, Laura la tomó por los cabellos y la arrastró por el pasillo. Estela se levantó, me gritó mil cosas delante de todos y salió del lugar.
Y no sólo con otras mujeres. Laura me sigue a dónde quiera que voy y no me permite socializar con nadie. Me estoy quedando solo. Mis amigos no me han invitado a ninguna partida de cartas desde el día en que se las arrebató de las manos y las esparció por el suelo; ningún partido de fútbol, porque no quieren más balones ponchados y porterías derribadas; nada de pesca porque no quieren terminar en el lago, empapados y fríos. Porque esa es otra de las linduras de mi esposa, el frío la sigue a todos lados, y es tal que logra congelar las expresiones de todos a su alrededor… y al mío.
Por fin el sueño me vence. Duermo profundamente cuando siento la gélida presencia de Laura junto a mí. Se mete dentro de las cobijas, roza su rostro con el mío, me besa, me acaricia y susurra a mi oído palabras de amor.
¿Cómo te atreves a hablarme de amor cuando estás destruyendo mi vida? Estoy desesperado, furioso; quiero que te largues, que te vayas para siempre de mi vida, que me dejes en paz…
Salgo de mi cuarto y me siento en la sala. Ella me sigue hasta allá y se detiene frente a la ventana. Me dice que no puede vivir sin mí, que me ama locamente, que no puede hacerse a la idea de perderme.
¿Vivir? Río histéricamente. ¿Vivir? Laura, ¿por qué no puedes entender que estás muerta desde hace más de seis meses? Estás muerta, no puedes perderme o amarme o temer mi partida, porque estás muerta. Déjame vivir mi vida, déjame volver a ser alguien, déjame buscar mi felicidad, déjame en paz.
Sus últimas palabras me dejan petrificado. Comprendo ahora que no hay escapatoria posible. Laura está decidida a perseguirme por el resto de mi vida. De sus labios fantasmales, emerge sólo una frase, un escalofriante gruñido mientras se desvanece en la nada: Entiende que eres mío y lo serás por toda la eternidad…
miércoles, 25 de agosto de 2010
Tarea para el 101
Instrucciones: bajar de internet los siguientes textos: científico, filosófico, de divulgación y escolar; pegar cada texto en la libreta. Recuerda que cada texto debe tener la cita. Fecha de entrega 30 de agosto a las 2pm.
Leer el siguiente cuento que se dialogará en clase, se verificará la participación.
Almuerzo y dudas
Mario Benedetti
El hombre se detuvo frente a la vidriera, pero su atención no fue atraída por el alegre maniquí sino por su propio aspecto reflejado en los cristales. Se ajustó la corbata, se acomodó el gacho. De pronto vio la imagen de la mujer junto a la suya.
-Hola, Matilde -dijo y se dio vuelta.
La mujer sonrió y le tendió la mano.
-No sabía que los hombres fueran tan presumidos. Él se rió, mostrando los dientes.
-Pero a esta hora -dijo ella- usted tendría que estar trabajando. -Tendría. Pero salí en comisión.
Él le dedicó una insistente mirada de reconocimiento, de puesta al día.
-Además -dijo- estaba casi seguro de que usted pasaría por aquí.
-Me encontró por casualidad. Yo no hago más este camino. Ahora suelo bajarme en Convención.
Se alejaron de la vidriera y caminaron juntos. Al llegar a la esquina, esperaron la luz verde. Después cruzaron.
-¿Dispone de un rato? -preguntó él. -Sí.
-¿Le pido entonces que almuerce conmigo? ¿O también esta vez se va a negar?
-Pídamelo. Claro que... no sé si está bien.
Él no contestó. Tomaron por Colonia y se detuvieron frente a un restorán. Ella examinó la lista, con más atención de la que merecía.
-Aquí se come bien -dijo él.
Entraron. En el fondo había una mesa libre. Él la ayudó a quitarse el abrigo.
Después de examinarlos durante unos minutos, el mozo se acercó. Pidieron jamón cocido y que marcharan dos churrascos. Con papas fritas. -¿Qué quiso decir con que no sabe si está bien?
-Pavadas. Eso de que es casado y qué sé yo.
-Ah.
Ella puso manteca sobre la mitad de un pancito marsellés. En la mano derecha tenía una mancha de tinta.
-Nunca hemos conversado francamente --dijo-. Usted y yo. -Nunca. Es tan difícil. Sin embargo, nos hemos dicho muchas veces las mismas cosas.
-¿No le parece que sería el momento de hablar de otras? ¿O de las mismas, pero sin engañarnos?
Pasó una mujer hacia el fondo y saludó. Él se mordió los labios. -¿Amiga de su mujer? -preguntó ella.
-Sí.
-Me gustaría que lo rezongaran.
Él eligió una galleta y la partió, con el puño cerrado. -Quisiera conocerla -dijo ella.
-¿A quién? ¿A esa que pasó?
-No. A su mujer.
Él sonrió. Por primera vez, los músculos de la cara se le aflojaron. -Amanda es buena. No tan linda como usted, claro.
-No sea hipócrita. Yo sé como soy. -Yo también sé como es.
Él mozo trajo el jamón. Miró a ambos inquisidoramente y acarició la servilleta. «Gracias», dijo él, y el mozo se alejó.
-¿Cómo es estar casado? -preguntó ella. Él tosió sin ganas, pero no dijo nada. Entonces ella se miró las manos.
-Debía haberme lavado. Mire qué mugre...
La mano de él se movió sobre el mantel hasta posarse sobre la mancha.
-Ya no se ve más.
Ella se dedicó a mirar el plato y él entonces retiró la mano.
-Siempre pensé que con usted me sentiría cómoda -dijo la mujer-, que podría hablar sencillamente, sin darle una imagen falsa, una espec;.e de foto retocada.
-Y a otras personas, ¿les da esa imagen falsa?
-Supongo que sí.
-Bueno, esto me favorece, ¿verdad?
-Supongo que sí.
Él se quedó con el tenedor a medio camino. Luego mordió el trocito de jamón.
-Prefiero la foto sin retoques.
-¿Para qué?
-Dice «¿para qué?» como si sólo dijera «¿por qué?», con el mismo tonito de inocencia.
Ella no dijo nada.
-Bueno, para verla -agregó él-. Con esos retoques ya no sería usted.
-¿Y eso importa?
-Puede importar.
El mozo llevó los platos, demorándose. El pidió agua mineral. «¿Con limón?» «Bueno, con limón.»
-La quiere, ¿eh? -preguntó ella. -¿A Amanda?
-Sí.
-Naturalmente. Son nueve años.
-No sea vulgar. ¿Qué tienen que ver los años?
-Bueno, parece que usted también cree que los años convierten el amor en costumbre.
-¿Y no es así?
-Es. Pero no significa un punto en contra, como usted piensa.
Ella se sirvió agua mineral. Después le sirvió a él.
-¿Qué sabe usted de lo que yo pienso? Los hombres siempre se creen psicólogos, siempre están descubriendo complejos.
Él sonrió sobre el pan con manteca.
-No es un punto en contra --dijo- porque el hábito también tiene su fuerza. Es muy importante para un hombre que la mujer le planche las camisas como a él le gustan, o no le eche al arroz más sal de la que conviene, o no se ponga guaranga a media noche, justamente cuando uno la precisa.
Ella se pasó la servilleta por los labios que tenía limpios.
-En cambio a usted le gusta ponerse guarango al mediodía.
Él optó por reírse. El mozo se acercó con los churrascos, recomendó que hicieran un tajito en la carne a ver si estaba cruda, hizo un comentario sobre las papas fritas y se retiró con una mueca que hacía quince años había sido sonrisa.
-Vamos, no se enoje -dijo él-. Quise explicarle que el hábito vale por sí mismo, pero también influye en la conciencia.
-¿Nada menos?
-Fíjese un poco. Si uno no es un idiota, se da cuenta de que la costumbre conyugal lava de a poco el interés.
-¡Oh!
-Que uno va tomando las cosas con cierta desaprensión, que la novedad desaparece, en fin, que el amor se va encasillando cada vez más en fechas, en gestos, en horarios.
-¿Y eso está mal?
-Realmente, no lo sé.
-¿Cómo? ¿Y la famosa conciencia?
-Ah, sí. A eso iba. Lo que pasa es que usted me mira y me distrae.
-Bueno, le prometo mirar las papas fritas.
-Quería decir que, en el fondo, uno tiene noticias de esa mecanización, de ese automatismo. Uno sabe que una mujer como usted, una mujer que es otra vez lo nuevo, tiene sobre la esposa una ventaja en cierto modo desleal.
Ella dejó de comer y depositó cuidadosamente los cubiertos sobre el plato.
-No me interprete mal -dijo él-. La esposa es algo conocido, rigurosamente conocido. No hay aventura, ¿entiende? Otra mujer..
-Yo, por ejemplo.
-Otra mujer, aunque más adelante esté condenada a caer en el hábito, tiene por ahora la ventaja de la novedad. Uno vuelve a esperar con ansia cierta hora del día, cierta puerta que se abre, cierto ómnibus que llega, cierto almuerzo en el Centro. Bah, uno vuelve a sentirse joven, y eso, de vez en cuando, es necesario.
-¿Y la conciencia?
-La conciencia aparece el día menos pensado, cuando uno va a abrir la puerta de calle o cuando se está afeitando y se mira distraídamente en el espejo. No sé si me entiende. Primero se tiene una idea de cómo será la felicidad, pero después se van aceptando correcciones a esa idea, y sólo cuando ha hecho todas las correcciones posibles, uno se da cuenta de que se ha estado haciendo trampas.
«¿Algún postrecito?», preguntó el mozo, misteriosamente aparecido sobre la cabeza de la mujer. «Dos natillas a la española», dijo ella. Él no protestó. Esperó que el mozo se alejara, para seguir hablando.
-Es igual a esos tipos que hacen solitarios y se estafan a sí mismos. -Esa misma comparación me la hizo el verano pasado, en La Floresta. Pero entonces la aplicaba a otra cosa.
Ella abrió la cartera, sacó el espejito y se arregló el pelo. -¿Quiere que le diga qué impresión me causa su discurso? -Bueno.
-Me parece un poco ridículo, ¿sabe?
-Es ridículo. De eso estoy seguro.
-Mire, no sería ridículo si usted se lo dijera a sí mismo. Pero no olvide que me lo está diciendo a mi.
El mozo depositó sobre la mesa las natillas a la española. Él pidió la cuenta con un gesto.
-Mire, Matilde -dijo-. Vamos a no andar con rodeos. Usted sabe que me gusta mucho.
-¿Qué es esto? ¿Una declaración? ¿Un armisticio?
-Usted siempre lo supo, desde el comienzo.
-Está bien, pero, ¿qué es lo que supe?
-Que está en condiciones de conseguirlo todo.
-Ah sí... ¿y quién es todo? ¿Usted?
Él se encogió de hombros, movió los labios pero no dijo nada, después resopló más que suspiró, y agitó un billete con la mano izquierda.
El mozo se acercó con la cuenta y fue dejando el vuelto sobre el platillo, sin perderse ni un gesto, sin descuidar ni una sola mirada. Recogió la propina, dijo «gracias» y se alejó caminando hacia atrás.
-Estoy seguro de que usted no lo va a hacer -dijo él-, pero si ahora me dijera «venga», yo sé que iría. Usted no lo va a hacer, porque lógicamente no quiere cargar con el peso muerto de mi conciencia, y además, porque si lo hiciera no sería lo que yo pienso que es.
Ella fue moviendo la mano manchada hasta posarla tranquilamente sobre la de él. Lo miró fijo, como si quisiera traspasarlo.
-No se preocupe -dijo, después de un silencio, y retiró la mano-. Por lo visto usted lo sabe todo.
Se puso de pie y él la ayudó a ponerse el abrigo. Cuando salían, el mozo hizo una ceremoniosa inclinación de cabeza. Él la acompañó hasta la esquina. Durante un rato estuvieron callados. Pero antes de subir al ómnibus, ella sonrió con los labios apretados, y dijo: «Gracias por la comida. » Después se fue.
Leer el siguiente cuento que se dialogará en clase, se verificará la participación.
Almuerzo y dudas
Mario Benedetti
El hombre se detuvo frente a la vidriera, pero su atención no fue atraída por el alegre maniquí sino por su propio aspecto reflejado en los cristales. Se ajustó la corbata, se acomodó el gacho. De pronto vio la imagen de la mujer junto a la suya.
-Hola, Matilde -dijo y se dio vuelta.
La mujer sonrió y le tendió la mano.
-No sabía que los hombres fueran tan presumidos. Él se rió, mostrando los dientes.
-Pero a esta hora -dijo ella- usted tendría que estar trabajando. -Tendría. Pero salí en comisión.
Él le dedicó una insistente mirada de reconocimiento, de puesta al día.
-Además -dijo- estaba casi seguro de que usted pasaría por aquí.
-Me encontró por casualidad. Yo no hago más este camino. Ahora suelo bajarme en Convención.
Se alejaron de la vidriera y caminaron juntos. Al llegar a la esquina, esperaron la luz verde. Después cruzaron.
-¿Dispone de un rato? -preguntó él. -Sí.
-¿Le pido entonces que almuerce conmigo? ¿O también esta vez se va a negar?
-Pídamelo. Claro que... no sé si está bien.
Él no contestó. Tomaron por Colonia y se detuvieron frente a un restorán. Ella examinó la lista, con más atención de la que merecía.
-Aquí se come bien -dijo él.
Entraron. En el fondo había una mesa libre. Él la ayudó a quitarse el abrigo.
Después de examinarlos durante unos minutos, el mozo se acercó. Pidieron jamón cocido y que marcharan dos churrascos. Con papas fritas. -¿Qué quiso decir con que no sabe si está bien?
-Pavadas. Eso de que es casado y qué sé yo.
-Ah.
Ella puso manteca sobre la mitad de un pancito marsellés. En la mano derecha tenía una mancha de tinta.
-Nunca hemos conversado francamente --dijo-. Usted y yo. -Nunca. Es tan difícil. Sin embargo, nos hemos dicho muchas veces las mismas cosas.
-¿No le parece que sería el momento de hablar de otras? ¿O de las mismas, pero sin engañarnos?
Pasó una mujer hacia el fondo y saludó. Él se mordió los labios. -¿Amiga de su mujer? -preguntó ella.
-Sí.
-Me gustaría que lo rezongaran.
Él eligió una galleta y la partió, con el puño cerrado. -Quisiera conocerla -dijo ella.
-¿A quién? ¿A esa que pasó?
-No. A su mujer.
Él sonrió. Por primera vez, los músculos de la cara se le aflojaron. -Amanda es buena. No tan linda como usted, claro.
-No sea hipócrita. Yo sé como soy. -Yo también sé como es.
Él mozo trajo el jamón. Miró a ambos inquisidoramente y acarició la servilleta. «Gracias», dijo él, y el mozo se alejó.
-¿Cómo es estar casado? -preguntó ella. Él tosió sin ganas, pero no dijo nada. Entonces ella se miró las manos.
-Debía haberme lavado. Mire qué mugre...
La mano de él se movió sobre el mantel hasta posarse sobre la mancha.
-Ya no se ve más.
Ella se dedicó a mirar el plato y él entonces retiró la mano.
-Siempre pensé que con usted me sentiría cómoda -dijo la mujer-, que podría hablar sencillamente, sin darle una imagen falsa, una espec;.e de foto retocada.
-Y a otras personas, ¿les da esa imagen falsa?
-Supongo que sí.
-Bueno, esto me favorece, ¿verdad?
-Supongo que sí.
Él se quedó con el tenedor a medio camino. Luego mordió el trocito de jamón.
-Prefiero la foto sin retoques.
-¿Para qué?
-Dice «¿para qué?» como si sólo dijera «¿por qué?», con el mismo tonito de inocencia.
Ella no dijo nada.
-Bueno, para verla -agregó él-. Con esos retoques ya no sería usted.
-¿Y eso importa?
-Puede importar.
El mozo llevó los platos, demorándose. El pidió agua mineral. «¿Con limón?» «Bueno, con limón.»
-La quiere, ¿eh? -preguntó ella. -¿A Amanda?
-Sí.
-Naturalmente. Son nueve años.
-No sea vulgar. ¿Qué tienen que ver los años?
-Bueno, parece que usted también cree que los años convierten el amor en costumbre.
-¿Y no es así?
-Es. Pero no significa un punto en contra, como usted piensa.
Ella se sirvió agua mineral. Después le sirvió a él.
-¿Qué sabe usted de lo que yo pienso? Los hombres siempre se creen psicólogos, siempre están descubriendo complejos.
Él sonrió sobre el pan con manteca.
-No es un punto en contra --dijo- porque el hábito también tiene su fuerza. Es muy importante para un hombre que la mujer le planche las camisas como a él le gustan, o no le eche al arroz más sal de la que conviene, o no se ponga guaranga a media noche, justamente cuando uno la precisa.
Ella se pasó la servilleta por los labios que tenía limpios.
-En cambio a usted le gusta ponerse guarango al mediodía.
Él optó por reírse. El mozo se acercó con los churrascos, recomendó que hicieran un tajito en la carne a ver si estaba cruda, hizo un comentario sobre las papas fritas y se retiró con una mueca que hacía quince años había sido sonrisa.
-Vamos, no se enoje -dijo él-. Quise explicarle que el hábito vale por sí mismo, pero también influye en la conciencia.
-¿Nada menos?
-Fíjese un poco. Si uno no es un idiota, se da cuenta de que la costumbre conyugal lava de a poco el interés.
-¡Oh!
-Que uno va tomando las cosas con cierta desaprensión, que la novedad desaparece, en fin, que el amor se va encasillando cada vez más en fechas, en gestos, en horarios.
-¿Y eso está mal?
-Realmente, no lo sé.
-¿Cómo? ¿Y la famosa conciencia?
-Ah, sí. A eso iba. Lo que pasa es que usted me mira y me distrae.
-Bueno, le prometo mirar las papas fritas.
-Quería decir que, en el fondo, uno tiene noticias de esa mecanización, de ese automatismo. Uno sabe que una mujer como usted, una mujer que es otra vez lo nuevo, tiene sobre la esposa una ventaja en cierto modo desleal.
Ella dejó de comer y depositó cuidadosamente los cubiertos sobre el plato.
-No me interprete mal -dijo él-. La esposa es algo conocido, rigurosamente conocido. No hay aventura, ¿entiende? Otra mujer..
-Yo, por ejemplo.
-Otra mujer, aunque más adelante esté condenada a caer en el hábito, tiene por ahora la ventaja de la novedad. Uno vuelve a esperar con ansia cierta hora del día, cierta puerta que se abre, cierto ómnibus que llega, cierto almuerzo en el Centro. Bah, uno vuelve a sentirse joven, y eso, de vez en cuando, es necesario.
-¿Y la conciencia?
-La conciencia aparece el día menos pensado, cuando uno va a abrir la puerta de calle o cuando se está afeitando y se mira distraídamente en el espejo. No sé si me entiende. Primero se tiene una idea de cómo será la felicidad, pero después se van aceptando correcciones a esa idea, y sólo cuando ha hecho todas las correcciones posibles, uno se da cuenta de que se ha estado haciendo trampas.
«¿Algún postrecito?», preguntó el mozo, misteriosamente aparecido sobre la cabeza de la mujer. «Dos natillas a la española», dijo ella. Él no protestó. Esperó que el mozo se alejara, para seguir hablando.
-Es igual a esos tipos que hacen solitarios y se estafan a sí mismos. -Esa misma comparación me la hizo el verano pasado, en La Floresta. Pero entonces la aplicaba a otra cosa.
Ella abrió la cartera, sacó el espejito y se arregló el pelo. -¿Quiere que le diga qué impresión me causa su discurso? -Bueno.
-Me parece un poco ridículo, ¿sabe?
-Es ridículo. De eso estoy seguro.
-Mire, no sería ridículo si usted se lo dijera a sí mismo. Pero no olvide que me lo está diciendo a mi.
El mozo depositó sobre la mesa las natillas a la española. Él pidió la cuenta con un gesto.
-Mire, Matilde -dijo-. Vamos a no andar con rodeos. Usted sabe que me gusta mucho.
-¿Qué es esto? ¿Una declaración? ¿Un armisticio?
-Usted siempre lo supo, desde el comienzo.
-Está bien, pero, ¿qué es lo que supe?
-Que está en condiciones de conseguirlo todo.
-Ah sí... ¿y quién es todo? ¿Usted?
Él se encogió de hombros, movió los labios pero no dijo nada, después resopló más que suspiró, y agitó un billete con la mano izquierda.
El mozo se acercó con la cuenta y fue dejando el vuelto sobre el platillo, sin perderse ni un gesto, sin descuidar ni una sola mirada. Recogió la propina, dijo «gracias» y se alejó caminando hacia atrás.
-Estoy seguro de que usted no lo va a hacer -dijo él-, pero si ahora me dijera «venga», yo sé que iría. Usted no lo va a hacer, porque lógicamente no quiere cargar con el peso muerto de mi conciencia, y además, porque si lo hiciera no sería lo que yo pienso que es.
Ella fue moviendo la mano manchada hasta posarla tranquilamente sobre la de él. Lo miró fijo, como si quisiera traspasarlo.
-No se preocupe -dijo, después de un silencio, y retiró la mano-. Por lo visto usted lo sabe todo.
Se puso de pie y él la ayudó a ponerse el abrigo. Cuando salían, el mozo hizo una ceremoniosa inclinación de cabeza. Él la acompañó hasta la esquina. Durante un rato estuvieron callados. Pero antes de subir al ómnibus, ella sonrió con los labios apretados, y dijo: «Gracias por la comida. » Después se fue.
jueves, 19 de agosto de 2010
Tarea para el 101

¡Bienvenidos alumnos del 101!
Instrucciones para el 101:
Después de leer el cuento, en una hoja blanca (reciclada) realizar un final alterno o diferente para la historia del Hada Azul, letra arial 12 a 1.5 espacios, sin portada, sólo coloca tu nombre en el margen derecho superior.
Extensión, media cuartilla.
Fecha de entrega: lunes 23 de agosto a las 14:00 horas.
El Hada azul
Jesús Morgade
¿Cómo que ya no hay comida? Es que ustedes son un barril sin fondo, porque no hay comida que los llene. Y ahora ¿qué voy a hacer? No tenemos dinero y su padre no creo que nos mande nada hasta el mes que entra.
—Mami —dijo tímidamente Noemí— mañana tengo que llevar mi disfraz para la obra, porque si no la maestra me va a reprobar.
—¡Además de todo! Como si el dinero se diera en los árboles —dijo Rosaura con desesperación— ¿y de qué se supone que tienes que ir vestida?
—De hada.
—¡Ah, bueno, menos mal. Por ahí tengo un disfraz de cuando la Meche estaba en la secundaria, yo creo que si te queda.
Rosaura comenzó a sacar toda la ropa que estaba en el ropero desvencijado, buscando un viejo vestido metido en una bolsa de supermercado. —¡Aquí está! Ya lo encontré —gritó a sus hijos que entraron corriendo al lugar. Ella sacó el contenido, era un viejo vestido azul, con unas mallas del mismo color y unas pequeñas alas de tul azul, desteñido por los años y un poco maltratadas. Ella las tomó con suavidad para volverlas a su condición original. Bastaba con zurcir algunas pequeñas roturas que se habían hecho en la tela y estarían listas para volver a ser utilizadas. De pronto su rostro se iluminó.
—¿Dónde está la diadema con antenitas que te compré el otro día en el mercado? —preguntó a su hija y antes de que la niña pudiera responder, exigió— tráela, rápido.
Mientras la niña corría a buscar aquel artículo, Rosaura se puso las mallas y el vestido. Se sorprendió al ver lo bien que le quedaban después de tanto tiempo. Se acomodó las alas a la espalda y se peinó con unas coletas como cuando iba a la escuela. Cuando Noemí entró en el cuarto, apenas hizo caso a los reclamos de la niña, tomó la diadema y se la puso. Luego tomó el estuche maquillaje que le había comprado a su hija, sacó el brillo con diamantina y se puso unos cuantos toques en la cara. Fue rápido a la cocina, y tomó una cubeta, la forró con papel aluminio. El último toque para que su disfraz quedara completo, fue una varita con una estrella azul en la punta, que estaba arrumbada en un rincón del ropero. Se miró al espejo. El resultado le gustó.
Tomó algunos libros y cuadernos y advirtió a sus hijos que, cuando regresara, los quería trabajando haciendo la tarea y que no quería ninguna queja de doña Meche, la vecina, que se encargaría de ellos por algunas horas.
—Ora tú, ¿qué mosca te picó? —dijo la anciana cuando la vio entrar a su casa.
—Las cosas que una tiene que hacer por culpa de la crisis. Y lo peor es que Germán no me ha mandado ni un quinto, pa’ mi que ya hasta tiene otra allá en el otro lado y ni se acuerda que hay que darles de comer a los hijos y, ni modo, a pedir limosna. ¡Hay se los encargo un rato! Ya ve que ni lata dan. Con que saque lo de la comida de hoy, me doy por bien servida.
Salió a la calle, evitando la mirada de los transeúntes, sintiendo cómo le ardía la cara por la vergüenza. Lo peor fue el metro, ¡y en hora pico! Sólo pedía que, entre los que entraban y los que salían, no le arrancaran las alas, porque no podría reponerlas. La cubeta era lo de menos, pero no las alas.
Cuando salió de la estación Bellas Artes, se quitó las alas. Un poco arrugadas, nada que no se pudiera reparar. Comenzó a deambular por la Alameda Central, un poco para aprender el oficio, y otro poco para buscar un lugar donde ponerse. En una de las esquinas estaba un hombre todo pintado de gris metálico. Le hacía de un hombre de lata, tenía una caja a los pies, y si alguien quería que se moviera, ponía una moneda en ella. Ese era el secreto. Quiso ponerse a un lado, pero pronto recibió una tremenda reprimenda.
—Oye mariposita, este lugar ya está apartado.
—Hay mucho espacio, no seas gacho, necesito dinero pa´ darle de comer a mis hijos.
—Y yo a los míos y no hay espacio. Vete pa’llá, que me espantas los clientes.
A Rosaura no le quedó más que caminar hacia la calle Hidalgo, pero con tanto ambulante, no le quedaba ningún espacio. Decidió caminar hacia las fuentes. No había lugar, pues aparentemente a todos en la ciudad les había dado por vender algo, desde garnachas, hasta pulseritas hechas con estambre de colores. Y para colmo se estaba haciendo tarde y parecía que iba a llover.
Llegó al Hemiciclo a Juárez. Una manifestación, como siempre. Diez paleros gritando consignas en contra del gobierno, agitando pancartas y repartiendo volantes. Decidió que era un buen lugar para establecerse, a pesar del escándalo. Puso un mantelito en el piso, justo al lado de la cubeta; se subió en su improvisado pedestal y puso cara de muñequita de porcelana.
Su corazón latía rápidamente, no sabía exactamente qué iba a hacer, pero algo se le ocurriría. Un grito agudo la sacó de sus pensamientos.
—Mira, mami, una hadita. Yo quiero verla.
—Pues vela —dijo la madre con un dejo de sarcasmo.
La niña se acercó. Rosaura temblaba mientras repasaba mentalmente su improvisado plan. Daría unas cuantas vueltas en la cubeta, luego movería la varita como loca y después le arrojaría a la niña un poco de diamantina y le diría con la vocecita de Campanita “que se concedan todos tus deseos” y volvería a su posición original. Si, era lo más fácil. Además era una niña; las niñas se creen lo que sea.
—¿Por qué no hace nada? —preguntó la niña. —Porque no has echado la monedita mágica —pensó socarronamente Rosaura. La madre de la niña respondió a sus pensamientos —porque hay que ponerle una moneda para que se mueva.
—¿De cuánto tiene que ser la moneda? —dijo la niña mientras buscaba en su bolsita. Rosaura, desesperada, y sin perder la sonrisa, decía para sus adentros: lo que sea es bueno, pero échala ya.
—De lo que quieras, hijita. —dijo condescendiente la madre. La pequeña tomó una moneda de cinco pesos y la arrojó al mantelito. A Rosaura se le iluminó el rostro y ya comenzaba a hacer cuentas, cuando la señora gritó: —No, esa no, mejor esta. La niña, obediente, tomó la moneda de cinco pesos y dejó una de a peso en su lugar. Rosaura miró de reojo a la señora y no pudo evitar un “mugrosa vieja tacaña” que, para su fortuna, nadie escuchó. Sin embargo, como ya estaba depositado el dinero, tuvo que realizar su show.
Las horas pasaron. Rosaura estaba cansada de estar haciendo malabares en la cubeta y apenas había juntado lo suficiente para comprarles algo de comer a sus hijos, todavía faltaba para el desayuno del día siguiente. Decidió aguantar un rato más.
Poco a poco las monedas iban cayendo en el mantelito y ella las recogía para que no se vieran muchas y la gente se animara a poner su parte.
Los manifestantes se fueron del lugar. Ya era hora, pensó Rosaura, que estaba harta de su escándalo. La gente pasaba cada vez más deprisa y apenas se detenían a mirarla. Para colmo de males, la lluvia se comenzó a dejar sentir entre los árboles. Era hora de retirarse.
Rosaura recogió el mantelito y puso todo en la cubeta. Contó el dinero recaudado. Había apenas lo suficiente para la comida de sus hijos. Se alejó perdiéndose entre la gente que caminaba hacia el metro. De camino a casa, pasaría a la tienda de Doña Reme para comprar algo de pan y jamón para hacer unas tortas.
Después de todo no le había ido tan mal. Tanto había estado parada en la cubeta, que apenas se acordaba que iba disfrazada. A pesar del cansancio, se sentía satisfecha, casi contenta. Entonces se dio cuenta de que llevaba las alas puestas. Le hubiera gustado comenzar a moverlas y salir volando de aquel lugar.
Pero la magia no existe, y tampoco los milagros. Mañana regresaría nuevamente a intentar ganarse la vida, disfrazada con aquel viejo traje azul.
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