Para Elisa
Luis Llamas
El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.
Proverbio italiano
Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.
Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.

La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven ya, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.
La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.
El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.
A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, más bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, más bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.

Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponía alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.
La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?
Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?
Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.
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