jueves, 9 de diciembre de 2010

cuento para el 101 y 301

Despertar

J. B. Morgade

Gustav se despertó apenas el sol se asomaba por el horizonte. Con los ojos entrecerrados se asomó por entre las ruinas que les servían de refugio a él y a los pocos que deambulaban aún por lo que alguna vez había sido la gran metrópoli, orgullo de la raza humana.
Debajo de la colina donde se encontraban, se vislumbraba un mundo en ruinas. Los edificios amenazaban con venirse debajo de un momento a otro, con los cristales rotos y los muros descarapelados y ahuecados. Las calles llenas de carros pudriéndose por la lenta acción del viento y la lluvia ácida. De cuando en cuando, los cables que conducían electricidad por la ciudad, daban señales de vida, chisporroteando destellos azules. Debían adentrarse en aquella masa informe de concreto y chatarra si es que querían comer y mantenerse vivos al menos un día más.
Los hombres del grupo establecieron la ruta a seguir. Debían llegar al gran lago artificial que se encontraba justo en el centro de la metrópoli. Estaban seguros de muchos de los animales que habían invadido la ciudad después de la catástrofe, aún deambulaban por ahí y serían presa fácil en cuanto se acercaran a beber. Sólo era cuestión de esperar.
Armados con flechas y arcos hechos con varillas metálicas provenientes de los ventanales o de los armazones de los carros, los hombres salieron de las ruinas y se dirigieron al lago, por entre las ruinosas calles. De cuando en cuando, el grupo se sobresaltaba mientras caminaba por las ruinas. Destellos de electricidad, vidrios que estallaban repentinamente debido a que los muros cedían un poco más y ejercían presión sobre ellos; ratas enormes que salían de las alcantarillas y cruzaban las calles buscando comida, sin mostrar el menor temor al grupo que se interponía en su camino.
Después de algunas horas, llegaron al lago artificial. A pesar del tiempo transcurrido, el agua se mantenía limpia. Quizá era algo bueno que sus antepasados hubieran construido ahí una fuente de agua como adorno; tal vez nunca pensaron que se regeneraría por sí misma. Se ubicaron detrás de unos matorrales. Agazapados, esperando que se acercara algún animal. Un ciervo de buen tamaño se acercó al lugar. Gustav dio la orden de que se mantuvieran en silencio para no espantar al animal. Cuando organizaba a su grupo, el ciervo dio un bramido. Había sido alcanzado por una flecha que, evidentemente, no había sido disparada por ninguno de ellos. Ante el asombro se hicieron visibles, al mismo tiempo que otro grupo de hombres que se encontraba del otro lado del lago, frente a ellos. Gustav sabía lo que eso significaba. Los hombres se prepararon para lo inevitable.
El intercambio de flechas fue breve. Los hombres de Gustav estaban mejor preparados y habían alcanzado niveles tecnológicos más altos que sus contrincantes, por lo que podían lanzar más flechas y con mayor precisión en menos tiempo. Aún así, Liotárd, un hermano de Gustav, resultó gravemente herido cuando fue alcanzado por una flecha en la pierna, y Ronhan, su mejor amigo, había muerto. No había tiempo para llorarlo. Aunque habían dado un golpe certero y fulminante al grupo contrario, al acabar con su jefe Volbrén, sabía que tenían que recoger rápidamente agua y la carne del ciervo, regresar al campamento y esperar el ataque. Quizás tuvieran tiempo de mudarse de aquel lugar antes de que el grupo de Volbrén los encontrara; de no ser así, las mujeres y los niños corrían el riesgo de salir heridos o muertos. ¡Y ellos eran tan pocos que pérdidas así eran difíciles de superar!
Regresaron rápidamente con las provisiones a cuestas. Abandonaron las ruinas que les servían de refugio y se internaron aún más en el campo de matorrales que los rodeaba. Caminaron unas horas y encontraron una cavidad en la falda del monte. Entraron con recelo, pero no encontraron animal ni hombre. Montaron su tienda provisional, se quedarían allí algunas noches.
Gustav se quedó a la entrada de la cueva. Él sabía cuál era su responsabilidad. Debía proteger a los suyos aún a costa de su propia vida. Aguardaba el siguiente movimiento del grupo rival. Sujetó fuertemente su arma. Volvió la cara hacia el campo abierto y su mirada se perdió en la inmensidad de la noche.

No hay comentarios: