jueves, 19 de agosto de 2010

Tarea para el 101


¡Bienvenidos alumnos del 101!
Instrucciones para el 101:

Después de leer el cuento, en una hoja blanca (reciclada) realizar un final alterno o diferente para la historia del Hada Azul, letra arial 12 a 1.5 espacios, sin portada, sólo coloca tu nombre en el margen derecho superior.
Extensión, media cuartilla.
Fecha de entrega: lunes 23 de agosto a las 14:00 horas.

El Hada azul
Jesús Morgade

¿Cómo que ya no hay comida? Es que ustedes son un barril sin fondo, porque no hay comida que los llene. Y ahora ¿qué voy a hacer? No tenemos dinero y su padre no creo que nos mande nada hasta el mes que entra.
—Mami —dijo tímidamente Noemí— mañana tengo que llevar mi disfraz para la obra, porque si no la maestra me va a reprobar.
—¡Además de todo! Como si el dinero se diera en los árboles —dijo Rosaura con desesperación— ¿y de qué se supone que tienes que ir vestida?
—De hada.
—¡Ah, bueno, menos mal. Por ahí tengo un disfraz de cuando la Meche estaba en la secundaria, yo creo que si te queda.

Rosaura comenzó a sacar toda la ropa que estaba en el ropero desvencijado, buscando un viejo vestido metido en una bolsa de supermercado. —¡Aquí está! Ya lo encontré —gritó a sus hijos que entraron corriendo al lugar. Ella sacó el contenido, era un viejo vestido azul, con unas mallas del mismo color y unas pequeñas alas de tul azul, desteñido por los años y un poco maltratadas. Ella las tomó con suavidad para volverlas a su condición original. Bastaba con zurcir algunas pequeñas roturas que se habían hecho en la tela y estarían listas para volver a ser utilizadas. De pronto su rostro se iluminó.

—¿Dónde está la diadema con antenitas que te compré el otro día en el mercado? —preguntó a su hija y antes de que la niña pudiera responder, exigió— tráela, rápido.

Mientras la niña corría a buscar aquel artículo, Rosaura se puso las mallas y el vestido. Se sorprendió al ver lo bien que le quedaban después de tanto tiempo. Se acomodó las alas a la espalda y se peinó con unas coletas como cuando iba a la escuela. Cuando Noemí entró en el cuarto, apenas hizo caso a los reclamos de la niña, tomó la diadema y se la puso. Luego tomó el estuche maquillaje que le había comprado a su hija, sacó el brillo con diamantina y se puso unos cuantos toques en la cara. Fue rápido a la cocina, y tomó una cubeta, la forró con papel aluminio. El último toque para que su disfraz quedara completo, fue una varita con una estrella azul en la punta, que estaba arrumbada en un rincón del ropero. Se miró al espejo. El resultado le gustó.

Tomó algunos libros y cuadernos y advirtió a sus hijos que, cuando regresara, los quería trabajando haciendo la tarea y que no quería ninguna queja de doña Meche, la vecina, que se encargaría de ellos por algunas horas.

—Ora tú, ¿qué mosca te picó? —dijo la anciana cuando la vio entrar a su casa.
—Las cosas que una tiene que hacer por culpa de la crisis. Y lo peor es que Germán no me ha mandado ni un quinto, pa’ mi que ya hasta tiene otra allá en el otro lado y ni se acuerda que hay que darles de comer a los hijos y, ni modo, a pedir limosna. ¡Hay se los encargo un rato! Ya ve que ni lata dan. Con que saque lo de la comida de hoy, me doy por bien servida.

Salió a la calle, evitando la mirada de los transeúntes, sintiendo cómo le ardía la cara por la vergüenza. Lo peor fue el metro, ¡y en hora pico! Sólo pedía que, entre los que entraban y los que salían, no le arrancaran las alas, porque no podría reponerlas. La cubeta era lo de menos, pero no las alas.

Cuando salió de la estación Bellas Artes, se quitó las alas. Un poco arrugadas, nada que no se pudiera reparar. Comenzó a deambular por la Alameda Central, un poco para aprender el oficio, y otro poco para buscar un lugar donde ponerse. En una de las esquinas estaba un hombre todo pintado de gris metálico. Le hacía de un hombre de lata, tenía una caja a los pies, y si alguien quería que se moviera, ponía una moneda en ella. Ese era el secreto. Quiso ponerse a un lado, pero pronto recibió una tremenda reprimenda.

—Oye mariposita, este lugar ya está apartado.

—Hay mucho espacio, no seas gacho, necesito dinero pa´ darle de comer a mis hijos.
—Y yo a los míos y no hay espacio. Vete pa’llá, que me espantas los clientes.

A Rosaura no le quedó más que caminar hacia la calle Hidalgo, pero con tanto ambulante, no le quedaba ningún espacio. Decidió caminar hacia las fuentes. No había lugar, pues aparentemente a todos en la ciudad les había dado por vender algo, desde garnachas, hasta pulseritas hechas con estambre de colores. Y para colmo se estaba haciendo tarde y parecía que iba a llover.

Llegó al Hemiciclo a Juárez. Una manifestación, como siempre. Diez paleros gritando consignas en contra del gobierno, agitando pancartas y repartiendo volantes. Decidió que era un buen lugar para establecerse, a pesar del escándalo. Puso un mantelito en el piso, justo al lado de la cubeta; se subió en su improvisado pedestal y puso cara de muñequita de porcelana.

Su corazón latía rápidamente, no sabía exactamente qué iba a hacer, pero algo se le ocurriría. Un grito agudo la sacó de sus pensamientos.

—Mira, mami, una hadita. Yo quiero verla.
—Pues vela —dijo la madre con un dejo de sarcasmo.

La niña se acercó. Rosaura temblaba mientras repasaba mentalmente su improvisado plan. Daría unas cuantas vueltas en la cubeta, luego movería la varita como loca y después le arrojaría a la niña un poco de diamantina y le diría con la vocecita de Campanita “que se concedan todos tus deseos” y volvería a su posición original. Si, era lo más fácil. Además era una niña; las niñas se creen lo que sea.

—¿Por qué no hace nada? —preguntó la niña. —Porque no has echado la monedita mágica —pensó socarronamente Rosaura. La madre de la niña respondió a sus pensamientos —porque hay que ponerle una moneda para que se mueva.
—¿De cuánto tiene que ser la moneda? —dijo la niña mientras buscaba en su bolsita. Rosaura, desesperada, y sin perder la sonrisa, decía para sus adentros: lo que sea es bueno, pero échala ya.
—De lo que quieras, hijita. —dijo condescendiente la madre. La pequeña tomó una moneda de cinco pesos y la arrojó al mantelito. A Rosaura se le iluminó el rostro y ya comenzaba a hacer cuentas, cuando la señora gritó: —No, esa no, mejor esta. La niña, obediente, tomó la moneda de cinco pesos y dejó una de a peso en su lugar. Rosaura miró de reojo a la señora y no pudo evitar un “mugrosa vieja tacaña” que, para su fortuna, nadie escuchó. Sin embargo, como ya estaba depositado el dinero, tuvo que realizar su show.

Las horas pasaron. Rosaura estaba cansada de estar haciendo malabares en la cubeta y apenas había juntado lo suficiente para comprarles algo de comer a sus hijos, todavía faltaba para el desayuno del día siguiente. Decidió aguantar un rato más.

Poco a poco las monedas iban cayendo en el mantelito y ella las recogía para que no se vieran muchas y la gente se animara a poner su parte.

Los manifestantes se fueron del lugar. Ya era hora, pensó Rosaura, que estaba harta de su escándalo. La gente pasaba cada vez más deprisa y apenas se detenían a mirarla. Para colmo de males, la lluvia se comenzó a dejar sentir entre los árboles. Era hora de retirarse.

Rosaura recogió el mantelito y puso todo en la cubeta. Contó el dinero recaudado. Había apenas lo suficiente para la comida de sus hijos. Se alejó perdiéndose entre la gente que caminaba hacia el metro. De camino a casa, pasaría a la tienda de Doña Reme para comprar algo de pan y jamón para hacer unas tortas.

Después de todo no le había ido tan mal. Tanto había estado parada en la cubeta, que apenas se acordaba que iba disfrazada. A pesar del cansancio, se sentía satisfecha, casi contenta. Entonces se dio cuenta de que llevaba las alas puestas. Le hubiera gustado comenzar a moverlas y salir volando de aquel lugar.

Pero la magia no existe, y tampoco los milagros. Mañana regresaría nuevamente a intentar ganarse la vida, disfrazada con aquel viejo traje azul.

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