lunes, 13 de diciembre de 2010
tarea para el 101
Instrucciones: escoger un tema que les guste y realizar una ficha de investigación documental. no debe de ser extensa.
jueves, 9 de diciembre de 2010
cuento para el 101 y 301
Despertar
J. B. Morgade
Gustav se despertó apenas el sol se asomaba por el horizonte. Con los ojos entrecerrados se asomó por entre las ruinas que les servían de refugio a él y a los pocos que deambulaban aún por lo que alguna vez había sido la gran metrópoli, orgullo de la raza humana.
Debajo de la colina donde se encontraban, se vislumbraba un mundo en ruinas. Los edificios amenazaban con venirse debajo de un momento a otro, con los cristales rotos y los muros descarapelados y ahuecados. Las calles llenas de carros pudriéndose por la lenta acción del viento y la lluvia ácida. De cuando en cuando, los cables que conducían electricidad por la ciudad, daban señales de vida, chisporroteando destellos azules. Debían adentrarse en aquella masa informe de concreto y chatarra si es que querían comer y mantenerse vivos al menos un día más.
Los hombres del grupo establecieron la ruta a seguir. Debían llegar al gran lago artificial que se encontraba justo en el centro de la metrópoli. Estaban seguros de muchos de los animales que habían invadido la ciudad después de la catástrofe, aún deambulaban por ahí y serían presa fácil en cuanto se acercaran a beber. Sólo era cuestión de esperar.
Armados con flechas y arcos hechos con varillas metálicas provenientes de los ventanales o de los armazones de los carros, los hombres salieron de las ruinas y se dirigieron al lago, por entre las ruinosas calles. De cuando en cuando, el grupo se sobresaltaba mientras caminaba por las ruinas. Destellos de electricidad, vidrios que estallaban repentinamente debido a que los muros cedían un poco más y ejercían presión sobre ellos; ratas enormes que salían de las alcantarillas y cruzaban las calles buscando comida, sin mostrar el menor temor al grupo que se interponía en su camino.
Después de algunas horas, llegaron al lago artificial. A pesar del tiempo transcurrido, el agua se mantenía limpia. Quizá era algo bueno que sus antepasados hubieran construido ahí una fuente de agua como adorno; tal vez nunca pensaron que se regeneraría por sí misma. Se ubicaron detrás de unos matorrales. Agazapados, esperando que se acercara algún animal. Un ciervo de buen tamaño se acercó al lugar. Gustav dio la orden de que se mantuvieran en silencio para no espantar al animal. Cuando organizaba a su grupo, el ciervo dio un bramido. Había sido alcanzado por una flecha que, evidentemente, no había sido disparada por ninguno de ellos. Ante el asombro se hicieron visibles, al mismo tiempo que otro grupo de hombres que se encontraba del otro lado del lago, frente a ellos. Gustav sabía lo que eso significaba. Los hombres se prepararon para lo inevitable.
El intercambio de flechas fue breve. Los hombres de Gustav estaban mejor preparados y habían alcanzado niveles tecnológicos más altos que sus contrincantes, por lo que podían lanzar más flechas y con mayor precisión en menos tiempo. Aún así, Liotárd, un hermano de Gustav, resultó gravemente herido cuando fue alcanzado por una flecha en la pierna, y Ronhan, su mejor amigo, había muerto. No había tiempo para llorarlo. Aunque habían dado un golpe certero y fulminante al grupo contrario, al acabar con su jefe Volbrén, sabía que tenían que recoger rápidamente agua y la carne del ciervo, regresar al campamento y esperar el ataque. Quizás tuvieran tiempo de mudarse de aquel lugar antes de que el grupo de Volbrén los encontrara; de no ser así, las mujeres y los niños corrían el riesgo de salir heridos o muertos. ¡Y ellos eran tan pocos que pérdidas así eran difíciles de superar!
Regresaron rápidamente con las provisiones a cuestas. Abandonaron las ruinas que les servían de refugio y se internaron aún más en el campo de matorrales que los rodeaba. Caminaron unas horas y encontraron una cavidad en la falda del monte. Entraron con recelo, pero no encontraron animal ni hombre. Montaron su tienda provisional, se quedarían allí algunas noches.
Gustav se quedó a la entrada de la cueva. Él sabía cuál era su responsabilidad. Debía proteger a los suyos aún a costa de su propia vida. Aguardaba el siguiente movimiento del grupo rival. Sujetó fuertemente su arma. Volvió la cara hacia el campo abierto y su mirada se perdió en la inmensidad de la noche.
J. B. Morgade
Gustav se despertó apenas el sol se asomaba por el horizonte. Con los ojos entrecerrados se asomó por entre las ruinas que les servían de refugio a él y a los pocos que deambulaban aún por lo que alguna vez había sido la gran metrópoli, orgullo de la raza humana.
Debajo de la colina donde se encontraban, se vislumbraba un mundo en ruinas. Los edificios amenazaban con venirse debajo de un momento a otro, con los cristales rotos y los muros descarapelados y ahuecados. Las calles llenas de carros pudriéndose por la lenta acción del viento y la lluvia ácida. De cuando en cuando, los cables que conducían electricidad por la ciudad, daban señales de vida, chisporroteando destellos azules. Debían adentrarse en aquella masa informe de concreto y chatarra si es que querían comer y mantenerse vivos al menos un día más.
Los hombres del grupo establecieron la ruta a seguir. Debían llegar al gran lago artificial que se encontraba justo en el centro de la metrópoli. Estaban seguros de muchos de los animales que habían invadido la ciudad después de la catástrofe, aún deambulaban por ahí y serían presa fácil en cuanto se acercaran a beber. Sólo era cuestión de esperar.
Armados con flechas y arcos hechos con varillas metálicas provenientes de los ventanales o de los armazones de los carros, los hombres salieron de las ruinas y se dirigieron al lago, por entre las ruinosas calles. De cuando en cuando, el grupo se sobresaltaba mientras caminaba por las ruinas. Destellos de electricidad, vidrios que estallaban repentinamente debido a que los muros cedían un poco más y ejercían presión sobre ellos; ratas enormes que salían de las alcantarillas y cruzaban las calles buscando comida, sin mostrar el menor temor al grupo que se interponía en su camino.
Después de algunas horas, llegaron al lago artificial. A pesar del tiempo transcurrido, el agua se mantenía limpia. Quizá era algo bueno que sus antepasados hubieran construido ahí una fuente de agua como adorno; tal vez nunca pensaron que se regeneraría por sí misma. Se ubicaron detrás de unos matorrales. Agazapados, esperando que se acercara algún animal. Un ciervo de buen tamaño se acercó al lugar. Gustav dio la orden de que se mantuvieran en silencio para no espantar al animal. Cuando organizaba a su grupo, el ciervo dio un bramido. Había sido alcanzado por una flecha que, evidentemente, no había sido disparada por ninguno de ellos. Ante el asombro se hicieron visibles, al mismo tiempo que otro grupo de hombres que se encontraba del otro lado del lago, frente a ellos. Gustav sabía lo que eso significaba. Los hombres se prepararon para lo inevitable.
El intercambio de flechas fue breve. Los hombres de Gustav estaban mejor preparados y habían alcanzado niveles tecnológicos más altos que sus contrincantes, por lo que podían lanzar más flechas y con mayor precisión en menos tiempo. Aún así, Liotárd, un hermano de Gustav, resultó gravemente herido cuando fue alcanzado por una flecha en la pierna, y Ronhan, su mejor amigo, había muerto. No había tiempo para llorarlo. Aunque habían dado un golpe certero y fulminante al grupo contrario, al acabar con su jefe Volbrén, sabía que tenían que recoger rápidamente agua y la carne del ciervo, regresar al campamento y esperar el ataque. Quizás tuvieran tiempo de mudarse de aquel lugar antes de que el grupo de Volbrén los encontrara; de no ser así, las mujeres y los niños corrían el riesgo de salir heridos o muertos. ¡Y ellos eran tan pocos que pérdidas así eran difíciles de superar!
Regresaron rápidamente con las provisiones a cuestas. Abandonaron las ruinas que les servían de refugio y se internaron aún más en el campo de matorrales que los rodeaba. Caminaron unas horas y encontraron una cavidad en la falda del monte. Entraron con recelo, pero no encontraron animal ni hombre. Montaron su tienda provisional, se quedarían allí algunas noches.
Gustav se quedó a la entrada de la cueva. Él sabía cuál era su responsabilidad. Debía proteger a los suyos aún a costa de su propia vida. Aguardaba el siguiente movimiento del grupo rival. Sujetó fuertemente su arma. Volvió la cara hacia el campo abierto y su mirada se perdió en la inmensidad de la noche.
tarea para el 101
Instrucciones: escribir una pequeña continuación (media cuartilla) del cuento de Neblina. entrega lunes 13 de diciembre. En computadora, letra arial número 12.
Neblina
por Luis Llamas
Praga 1607
La neblina se dispersaba por la ciudad. Las antorchas iluminaban, con trabajos, la noche. Los hombres en silencio, caminaban con cruces en las manos y estacas recién hechas. Absortos por el silencio escucharon un aleteo por los cielos. El miedo se apoderó de ellos y comenzaron a levantar sus cruces. Unos prepararon las estacas para cualquier enfrentamiento. Iván, de apenas dieciséis años, empezó a buscar entre la neblina los aleteos, nervioso alcanzó a Vladimir para sentirse protegido.
Al llegar al río, la neblina empezó a dispersarse y todos quedaron atónitos al ver una mujer caminar por las aguas. Vestía de blanco, su cabello rubio llegaba hasta la cintura y su rostro era pálido como la nieve. Era tan hermosa que algunos hombres, al verla, bajaron las cruces. Vladimir les gritaba que no la vieran, pero no hicieron caso, Iván sacó de su bolso una cruz de plata (regalo de su abuelo) y la sostuvo en su pecho. Ella caminó hasta la orilla hacia los hombres, sonrió, y, acto seguido, extendió sus alas. Todos intentaron correr, de nuevo, el aleteo se escuchó por el cielo, y empezaron a caer muertos, uno por uno, con el cuello ensangrentado. Vladimir e Iván corrieron y la mujer se presentó frente a ellos.
La vampiresa escondió sus alas y limpió sus labios de la sangre. Se acercó lentamente hacia ellos. Vladimir intentó, nerviosamente, sacar el agua bendita del bolso cuando Iván se adelantó y puso la cruz de plata frente a ella, primero soltó un grito, luego empezó a reírse y se acercó hacia el muchacho, cuando ya estuvo a una distancia moderada de él; observó que la mujer era muy hermosa. Ella extendió su mano, y con una voz suave, casi angelical, dijo:
—Ven conmigo.
El muchacho levantó su mano y quiso tomarla, en eso, el rostro de ella se desfiguró y empezó a gritar, Vladimir la había rociado con el agua bendita.
—¡Ya no la veas! —gritó Vladimir al muchacho.
Iván salió del trance. Sujetó con fuerza la cruz y se preparó, cuando la mujer se dirigió hacia ellos de nuevo, con el rostro bello, como si nada hubiera pasado; quiso atacar primero a Vladimir. Ella sacó sus colmillos y forcejeó con el hombre, Iván se lanzó hacia ella y con la cruz de plata empezó a pelear también, hasta que, en un movimiento rápido por parte del muchacho, enterró con fuerza la cruz en el pecho de la mujer. Lo vio, y después gritó hasta que la piel se secó y se adhirió a sus huesos. A los pocos minutos, el primer rayo de sol iluminó el bosque, y el cuerpo momificado de la mujer quedó hecho cenizas. Vladimir abrazó al muchacho.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre a Iván.
Iván empezó a llorar, después se quitó la camisa, y el hombre se percató de unos pequeños orificios en el cuello del muchacho; durante el forcejeo, la mujer había alcanzado a morderlo. El hombre le dio un beso en la frente y se retiró del lugar solo, con la cruz de plata en sus manos. No tuvo corazón para matarlo.
Neblina
por Luis Llamas
Praga 1607
La neblina se dispersaba por la ciudad. Las antorchas iluminaban, con trabajos, la noche. Los hombres en silencio, caminaban con cruces en las manos y estacas recién hechas. Absortos por el silencio escucharon un aleteo por los cielos. El miedo se apoderó de ellos y comenzaron a levantar sus cruces. Unos prepararon las estacas para cualquier enfrentamiento. Iván, de apenas dieciséis años, empezó a buscar entre la neblina los aleteos, nervioso alcanzó a Vladimir para sentirse protegido.
Al llegar al río, la neblina empezó a dispersarse y todos quedaron atónitos al ver una mujer caminar por las aguas. Vestía de blanco, su cabello rubio llegaba hasta la cintura y su rostro era pálido como la nieve. Era tan hermosa que algunos hombres, al verla, bajaron las cruces. Vladimir les gritaba que no la vieran, pero no hicieron caso, Iván sacó de su bolso una cruz de plata (regalo de su abuelo) y la sostuvo en su pecho. Ella caminó hasta la orilla hacia los hombres, sonrió, y, acto seguido, extendió sus alas. Todos intentaron correr, de nuevo, el aleteo se escuchó por el cielo, y empezaron a caer muertos, uno por uno, con el cuello ensangrentado. Vladimir e Iván corrieron y la mujer se presentó frente a ellos.
La vampiresa escondió sus alas y limpió sus labios de la sangre. Se acercó lentamente hacia ellos. Vladimir intentó, nerviosamente, sacar el agua bendita del bolso cuando Iván se adelantó y puso la cruz de plata frente a ella, primero soltó un grito, luego empezó a reírse y se acercó hacia el muchacho, cuando ya estuvo a una distancia moderada de él; observó que la mujer era muy hermosa. Ella extendió su mano, y con una voz suave, casi angelical, dijo:
—Ven conmigo.
El muchacho levantó su mano y quiso tomarla, en eso, el rostro de ella se desfiguró y empezó a gritar, Vladimir la había rociado con el agua bendita.
—¡Ya no la veas! —gritó Vladimir al muchacho.
Iván salió del trance. Sujetó con fuerza la cruz y se preparó, cuando la mujer se dirigió hacia ellos de nuevo, con el rostro bello, como si nada hubiera pasado; quiso atacar primero a Vladimir. Ella sacó sus colmillos y forcejeó con el hombre, Iván se lanzó hacia ella y con la cruz de plata empezó a pelear también, hasta que, en un movimiento rápido por parte del muchacho, enterró con fuerza la cruz en el pecho de la mujer. Lo vio, y después gritó hasta que la piel se secó y se adhirió a sus huesos. A los pocos minutos, el primer rayo de sol iluminó el bosque, y el cuerpo momificado de la mujer quedó hecho cenizas. Vladimir abrazó al muchacho.
—¿Estás bien? —preguntó el hombre a Iván.
Iván empezó a llorar, después se quitó la camisa, y el hombre se percató de unos pequeños orificios en el cuello del muchacho; durante el forcejeo, la mujer había alcanzado a morderlo. El hombre le dio un beso en la frente y se retiró del lugar solo, con la cruz de plata en sus manos. No tuvo corazón para matarlo.
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