
La razón de la polaca
Se acercan las elecciones en el pueblo de San Jacinto de las Maravillas. Los representantes de gobierno terminan de ajustar sus cuentas mientras que los partidos contendientes lanzan a su mejor postor. Los tres grandes, no siempre con bomba y platillo, anuncian a sus candidatos, mientras que un pequeño comité que representa a uno sin mucha difusión en el país y que apenas tiene un número de votantes suficientes, se ve en dificultades para nombrar a alguien que sea digno de representarlos en la presidencia municipal, de alcanzarla.
—¡No es posible que ese estúpido de Carrasco haya atrevido a autonombrarse! —gritaba exasperado don Juan Nepomuceno, presidente oculto del partido gobernante— ¡y encima espera que le demos nuestro apoyo. Él sabía perfectamente que el votado iba a ser mi sobrino Gaudencio, a él le toca ser el presidente.
—Si, todos habíamos acordado eso, sin embargo el pueblo lo quiere— dijo conciliador Teresio Hernández, el presidente del partido ante el pueblo— yo pienso, don Juan, que deberíamos dejarlo, nos haría bien y nos ganaría el favor de la gente.
Don Juan no dijo nada, se sentó en el sillón detrás de su escritorio, puso las manos juntas bajo su barbilla. Todos los asistentes sabían que no era buena señal; sin embargo, la respuesta que dio los sorprendió a todos.
—Bien, está bien. Dejemos que Carrasco vaya por la presidencia del partido. Después de todo, no podemos perder nada, tenemos ya a este pueblo en nuestras manos.
En la casa de Pedro Gómez, Clarita, espera la llegada de su esposo que, como todos los miércoles en la noche, fue a la junta del partido.
—¿Cómo te fue, viejo?
—El partido está igual, seguimos yendo los mismos veinte de siempre. Nadie más nos quiere apoyar y no creo que podamos contender para estas elecciones.
—¿Todavía no tienen candidato?
—No, en eso estamos, pero es bien difícil, nadie tiene el dinero para sacar una campaña adelante y menos si vamos contra el vejete ese de don Juan, va a estar re difícil, lo más seguro es que la rata de su sobrino sea el próximo presidente.
—Que mal, porque la verdad, ese tipo es bien ratero, lo heredó todo de su tío y no le va a hacer nada al pueblo, ya verás.
De pronto el teléfono distrajo la atención de los esposos. Clarita se quedó en la sala mientras su esposo atendía la llamada. A los pocos minutos, entró Pedro con los ojos grandes como platos, la mandíbula caída y arrastrando los pies. Su mujer se asustó al verlo.
—¿Qué te pasó viejo? ¿Quién era? ¿Qué te dijo?
—Era Joaquín, que soy el candidato del partido.
—¡Pero que está loco! Nosotros no tenemos dinero, apenas podemos con los gastos de la casa y los estudios de los niños, ¿a poco el partido nos va a apoyar? Si no tienen ni siquiera oficinas, ni nada, ¿de dónde van a sacar dinero ellos para darnos? Por que no pienso empeñar ni la casa, ni mis joyas ni nada…
—No mujer —dijo Pedro, a quien ya se le estaban iluminando los ojos y la cara— eso es lo mejor de todo. Ya tenemos el apoyo. El Joaco no me quiso decir de donde venía, pero todos los gastos van por el partido.
Clarita no podía creer lo que escuchaba, su marido era el candidato de ese partido insignificante al que pertenecía, para ser el presidente municipal.
—Esta casa no es para un presidente, hay que echar la loza para quitar esas láminas que se ven tan feas, hay que arreglar el jardín, tenemos que resanar la pared y pintar toda la casa, pero el naranja no se lleva con el verde, tendrás que cambiarle los colores al escudo del partido, porque esta casa se tiene que ver bien y esos colores no quedan… además, como primera dama, tengo que comprarme ropa, porque no pienso salir a la calle con este delantal viejo y tú tienes que comprarte trajes para que, cuando salgas a dar le grito, te veas presentable, de acuerdo a la ocasión…
—Espera mujer —interrumpió Pedro— todavía hay muchas cosas que hacer antes de la elección y no se si llegue a ganar, hay que ver eso también.
—Pero por supuesto que vas a ganar, eso ni se discute, por eso tenemos que ir haciendo los preparativos… ¡niños! ¡niños! —gritó Clarita— vengan rápido…
Los niños llegaron adormilados, apenas conscientes de lo que ocurría a su alrededor.
—¡Su padre va a ser el próximo presidente de San Jacinto de las Maravillas!
—¡¿Qué?! —exclamaron los dos al mismo tiempo.
—Así es, su padre es el candidato del partido para ser el próximo presidente municipal, y cómo va a ganar, pues él va a ser el presidente y yo la primera dama…
—¿Y nosotros? —dijeron los niños contagiados por el entusiasmo de la madre.
—Ya veremos qué decimos que son, pero de que vamos a la presidencia, vamos.
Un rato después, cada uno se fue a su recámara, pensando en el futuro que estaba tocando ya a la puerta.
Continuará...
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