Luis Llamas
1
El sacerdote, de nombre Salvador, enfadado de caminar por el sendero de piedras del pequeño pueblo, se dispuso a preguntar por la dirección correcta de la casa a donde se dirigía. Sudando y con sed, preguntó por su destino a la primera mujer que se le atravesó en aquel solitario día. El rostro de la mujer se desfiguró y palideció, su respiración se exaltó y, en ese instante, comenzó a rezar, sin soltar el crucifijo que mantenía con fuerza en su mano. No dijo nada; sólo se retiró de él. Al sacerdote se le hizo curiosa la actitud de la mujer. Siguió sólo con su maleta con un cambio de ropa y sus herramientas de trabajos: cruz, agua bendita, biblia, etc.
Hacía algunos días, el sacerdote de la comunidad, había mandado una carta en la cual exponía ciertas “cosas raras” en lo que respectaba en una muchacha de apenas dieciseises años. La joven (no mencionaba nombre) había sido tratada por el médico del lugar y por varios chamanes sin encontrar una causa a sus males. La madre lo mandó llamar y él, por sus lecturas, podría decir, con certeza, que se trataba de un caso de posesión. La carta se pasó al consejo episcopal y se nombró a Salvador para que verificara lo expuesto en la misiva. Sólo investigaría las causas y se canalizaría a un hospital psiquiátrico en la ciudad, si era necesario. Salvador quiso apoyar en el caso, pues, en efecto, había realizado algunos cursos en Roma.
La intensión del sacerdote era, primero, analizar a la muchacha, para poder dar el diagnóstico; sin embargo, decidió, mejor, dirigirse primero a la iglesia para que el sacerdote le informara los últimos detalles de la supuesta poseída. Tocó varias veces el portón de ésta. Nadie abrió. Después de unos minutos, volvió a tocar con más fuerza. Una voz junto a él hizo que desistiera del golpe de la puerta. Una mujer entrada en edad le informó que la iglesia no se ha abierto en días. Salvador preguntó por el sacerdote, la mujer contestó que se encontraba en la casa parroquial, atrás del templo. Sin tardar más, Salvador se dirigió a su objetivo. La puerta estaba entreabierta. Entró. Un hedor amargo contaminó las fosas nasales de Salvador. Todo estaba sucio. Se acercó a un crucifico que estaba junto al pequeño comedor y verificó que estaba volteado de cabeza.
—¡Vaya! Alguien prestó atención a la carta —dijo el padre sin dejar de ver a Salvador. Unas ojeras pronunciadas quitaban matiz a los ojos claros del hombre.
—Octavio, me espantaste.
—Ven, siéntate.
Salvador vio a Octavio nervioso, tembloroso, sucio. Observó sus las uñas, sin cortar en días, estaban llenas de mugre. Los dientes del hombre se encontraban amarillentos. Y veía a todas partes, como si alguien lo siguiera o mirara.
—Es fuerte, muy fuerte. Él… él… él…
—¿Él? En la carta se menciona que es una mujer.
—No entiendes, hablo de él, del que está dentro de ella.
—¿Cómo está la situación? —Salvador se dispuso a escuchar todo lo que le dijera Octavio, sin hacer ninguna objeción.
Después de que le explicó algunas situaciones, Salvador indagó más:
—¿Qué otro idioma dices que habla?
—Latín.
—¿Y la muchacha no lo estudió antes?
—Es un pueblo. Si acaso en la escuela sólo dan español, y eso, mal hablado.
—Y dices que una vez escaló la pared.
—Sí, sí, sí… sin nada, así nada más.
—En la carta se menciona que vive sólo con su mamá. ¿Y el papá?
—La abandonó cuando nació.
—¿Y la madre qué hace, o dice, ante esta situación?
—Se suicidó. No pudo aguantar tanto.
—Bien. Me gustaría visitarla.
—Sólo te llevaré a ella. No quiero entrar al infierno otra vez.

2
Octavio dejó a Salvador en la puerta de la casa. Salvador sujetaba con fuerza la maleta donde mantenía sus implementos de trabajo. Se acercó y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al abrir la puerta, olió el mismo hedor de la casa parroquial. No le tomó importancia. El lugar estaba sucio también. En eso, una voz de niña se escuchó en aquella suciedad.
—Papi, soy yo, María.
El sacerdote se estremeció. No quiso hacerle caso.
—Soy María, tu hija, papi. Mírame… juego con un demonio. Juego a las muñecas.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Salvador sin voltearla a ver.
—Papi, recuerdas cómo ardía en la casa.
—¡Qué te calles! Tú no hablas aquí.
Salvador volteó por fin a verla. Ahí estaba parada, con una bata blanca, sucia de excremento. La muchacha, que era una niña todavía, se mantuvo frente a él. Lo vio con ternura, y se acercó a él. Salvador retrocedió de inmediato. Sacó de su maletín una botellita con agua bendita, empezó a rociar a la muchacha. Ésta, comenzó a gritar, una voz aguda, de hombre se escuchó por la casa.
—Potest nec te Deum.
—En el Nombre del Padre, exijo que me des tu nombre.
Ella rió y empezó a escalar por las paredes, como una araña.
—Quieres jugar con tu hija, mírala, tan inocente.
Salvador, no quería escucharla. Hacía años que había perdonado a Dios, por la muerte de su hija de tres años. Él la había visto arder en el fuego cuando una fuga de gas ocasionó el incendio.
La muchacha bajó lentamente y se despojó de la bata. Se mostró ante él desnuda. Salvador no puso atención al cuerpo virginal de ella. Se acercó a él.
—Mírame —dijo con una voz muy delgada, femenina—. Toma este cuerpo. Toma este cuerpo.
Salvador se acercó lentamente a ella. Cuando la tuvo recargada en la pared, le puso un crucifijo en el pecho.
—¡En el nombre de Cristo! ¡Dame tu nombre!
Los ojos de la muchacha cambiaron a negros, y una voz ronca, demoniaca se escuchó:
—No, tú ni tu Dios me harán salir de aquí.
—¡Te ordeno que me des tu nombre!
—¡No, no!
La muchacha agonizaba, las venas del cuello se le marcaban casi a reventar. Salvador, sin dejar de presionar el cuerpo de la niña contra la pared, siguió esforzando la situación para que el demonio le diera su nombre.
—Papi, papi, no me hagas daño —se volvió a escuchar la voz de María.
—No. Perdón hijita, perdóname —por fin Salvador se soltó a llorar.
3
Hacía unas horas que el sol murió en el horizonte. Salvador abrazaba aquel cuerpecito cálido. Sollozaba como un niño.
—Papi, por qué me dejaste aquella tarde. No me hubiera quemado.
—Perdóname, hijita, perdóname. No volverá a pasar.
Silencio.
Silencio.
—Papi, si mueres en este momento, aquí te esperaré y jugaremos como antes…
—¡Tú no eres mi hija! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ordeno que me des tu nombre!
Salvador corrió por el agua bendita.
—No —se volvió a escuchar la voz gruesa del demonio. La niña empezó a caminar de espaldas, viendo hacia el frente. Sus pies se arrastraban al impulso. Cuando llegó con Salvador, éste la tomó de nuevo en el cuello, y volvió a aclamar el nombre del demonio.
—En el nombre de Cristo, dame tu nombre
Roció el cuerpo, casi mutilado de la joven.
Cuando él le dio su nombre, Salvador aprovechó para exorcizar a la muchacha. Una vez liberada y de que ella vomitó, el ambiente cambió: el olor a hedor se convirtió en un aroma dulce. La muchacha murió.
Salvador salió de la casa con la luz del sol. Caminó sobre las piedras de la calle. En su mente quitaba la idea de su hija, sólo la dejó a la Gloria de Dios.
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