La noche de los feos
Mario Benedetti
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN
domingo, 12 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
cuento para el 201
Lluvia ácida
Luis Bermer
Mis ojos sintéticos despiertan en la madrugada. Tan fría, vacía. Más aún desde que sustituí mi horrible carne por implantes ¿Cuántos años perdí siendo un don nadie, un hombre-masa gris? Más rápido, más fuerte. Mi mente vuela tan alto como jamás pude soñar.
Y mis sueños ya no son humanos.
Pienso como el filo de una espada, la eficiencia procesual me dirige y motiva, nada más. Todo depende del proceso primario actual. Todo es el procesamiento presente. El resto son datos almacenados en los bancos de memoria, o metas para las próximas horas. Jamás existió el futuro, sino como imaginación.
A veces me asaltan visiones indescriptibles.
Aún es de noche cuando salgo de la cámara de iones. Siento los pistones bajo los músculos, desplazarme sin la menor sensación de esfuerzo hasta la cocina. Abro la puerta. Contemplo mi obra.
Siempre bebo un vaso de sangre fresca al despertar.
Me visto despacio. Coloco cuidadosamente cada arma en su lugar. La gabardina de cuero blindado es lo último. El mundo es un lugar muerto, pero nos empeñamos en seguir caminándolo. Salgo del edificio a la noche. Llueve. Esa lluvia que permite comer a los fabricantes de piel. Sólo los neones publicitarios encaran la oscuridad, junto a los faros de algún ligero. Hay que estar loco para salir antes del alba, sobre todo desde que emergieron los del subsuelo, esas cosas sin nombre. La parte de mí que desea morir me obliga a esto, la parte que ama vivir se opone; y yo estoy en medio, sin poder hacer nada por finalizar ese conflicto eterno. Dejo que luchen, que gane la más fuerte en ese momento y acepto sus condiciones sin oposición. Es algo asumido.
Voces de otros mundos me hablan. Las dimensiones se abren.
Camino a buen ritmo. No veo a nadie todavía. Las botas se hunden en los charcos, a veces el fondo parece légamo pegajoso, pero no lo es. Recuerdo la luna, ahora oculta para siempre; la echo de menos ¿Saben? Yo era un poeta, cuando tenía alma.
Luna, de muertos poblada.
Mi única amiga.
Ya nunca sabré si realmente tenía un alma; o era simple ilusión, el autoengaño de poseerla. Ya no pierdo el tiempo con esas estupideces. Un relámpago ilumina los edificios semimuertos, al fondo. La piel empieza a escocerme; debo encontrar un refugio temporal, hasta que amaine. Tuerzo por un estrecho callejón, cubierto de basura y restos de chatarra, irreconocibles. Algo se mueve más adelante, oculto a mi vista, bajo los hierros. Algo vivo que me ha oído llegar. Seguro que una de esas malditas cosas.
En efecto, la veo retorcerse para salir al descubierto. Es como una larva blancuzca, nerviosa, con hileras de patas plegadas. Su cabeza es de pez abisal, con dientes largos, finísimos, y los ojos que me miran son los de una persona. Enciendo el filo-sierra en el canto de mi mano, justo antes de que la cosa se proyecte de un salto, a increíble velocidad y con las fauces abiertas, hacia mi cara. La capturo al vuelo, algo impensable sin mis reflejos electrónicos. Se debate en mi mano izquierda, larga, repulsiva, chasqueando las mandíbulas en un intento de engancharme. Me cruzo con su mirada humana, y me apresto a hundir la sierra en su cuerpo. Me salpica un líquido repugnante, al tiempo que su chillido indescriptible resuena por el callejón. Con asco, la arrojo lejos. Y me estremezco al pensar fugazmente en qué otras cosas bullirán allá abajo, en el subsuelo.
Avanzo hasta toparme con una frágil puerta de alambre oxidada. La aparto, medio deshecha, y me encuentro en una especie de pequeño patio de luces entre edificios. Unos curiosos montículos de metal medio fundido tachonan el suelo, desperdigados aquí y allá. En uno de los rincones, al fondo, distingo un enorme montón de chatarra y desperdicios de toda índole; parecen conformar un habitáculo, una precaria chabola, por sus placas en los laterales y una haciendo las veces de techo. Tal vez sea el único lugar donde guarecerme, antes de que la piel me caiga deshecha. En mi fuero interno, la parte que desea vivir reacciona. Camino hacia el rincón, a punto estoy de tropezar, con un pie enredado entre cables medio ocultos. De repente, una de las placas se abre hacia fuera y veo asomar una cabeza encanecida.
–¡Rápido, corre! ¡Pasa, pasa! –me invita con la mano, antes de volver adentro.
Acelero el paso, aceptando la oferta del desconocido. Si me conociera, es seguro que no me habría invitado.
Me agacho para entrar y cierro la plancha tras de mí que, curiosamente, encaja a la perfección; buen refugio. El olor a cerrado es asfixiante, nauseabundo… aunque esperable. El espacio es pequeño y opresivo. Las paredes parecen haber sido recubiertas de una lámina gomosa aislante, que emite un fulgor verdoso fosforescente; alguna clase de pintura, que constituye la única iluminación. El agua no entra, y se mantiene el calor. El anciano yace en un catre casi a ras de suelo, cubierto por una tela parduzca de aspecto asqueroso.
–Sé bienvenido a mi hogar, extraño –me dice, invitándome a acercarme.
Pienso en matarle, pero su sangre ha de ser por fuerza débil. Me siento a su lado y observo sus ojos azules, acuosos, escrutándome; su cuerpo enjuto pero enérgico, su piel casi tan blanca como sus cabellos. Un superviviente nato.
–Gracias por resguardarme de la lluvia, anciano. Estaba a punto de licuarme ahí fuera.
El hombre me mira, como miraban antes los padres a sus hijos cuando llegaban de una borrachera, intentando adivinar qué se agita en la cabeza de este desconocido para él.
–¿Cómo se te ocurre salir de noche? –me pregunta–. Y lloviendo, encima.
–Tenía… tenía que salir. Es algo que no puedo… evitar.
El anciano se estremece en un escalofrío. Se arropa un poco más con su apestosa tela.
–Comprendo. Eres joven, con impulsos propios de joven –susurra, como recordando.
–No… no es eso –respondo, pero no continúo por ahí–. Y soy mucho más viejo de lo que aparento, créame.
Ni siquiera recuerdo ya cuándo nací. Ni cuántas décadas han podido transcurrir desde aquel momento.
–Entonces… imagínate qué podría decirte yo, hijo –Sonríe, mirándome con esos ojos que evocan los mares que ya no existen.
Empiezo a comprender que este anciano fue, es un hombre especial; un vestigio de la humanidad, como era antes de que todo… cambiara. No, no podría matarlo ni aunque lo deseara. Estando a su lado, siento la entrañabilidad renacer en mí otra vez, el afecto, aunque sea como un leve eco entre las entrañas metálicas. Me recuerda lo que fui y ya no soy, ni seré. Pero la ilusión es poderosa, tanto, que me siento plenamente humano de nuevo hablando con él. En este agujero hediondo he encontrado un fugaz paraíso.
Respiro el aire viciado, miro una vez más a mi alrededor. Y la pregunta surge sin pensarla:
–¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí, anciano? Es una buena guarida, bien camuflada.
–Oh sí… Tendría tu edad cuando decidí huir de allá abajo, hacia la superficie. Y lo primero que hice fue buscar el lugar adecuado para construirme el refugio, tal vez lo mejor que haya hecho en mi vida. Y desde entonces estoy aquí. Ya ves, hijo; ha conseguido mantenerme de una pieza.
Observé al anciano con renovada sorpresa, e interés.
¿Usted ha estado… abajo? –Casi no podía creerlo.
Me devolvió una mirada de sus ojos tristísimos. Suspiró.
–Varias generaciones habían vivido ya en el subsuelo cuando mis tatarabuelos decidieron bajar para no volver. Todo se tornaba ominoso aquí arriba, salvaje… y el tiempo les dio la razón. Pero con el paso de los años, las cosas no fueron mucho mejor para los supervivientes del subsuelo; como si la maldad se hubiese filtrado a través de la tierra, impregnando hasta el estrato más profundo.
–Tal vez fue justo así, como dice usted.
–No sé hijo… topamos con algo que no debimos desenterrar; o la naturaleza nos tiró a la cara siglos de ofensas acumuladas contra ella –Sus ojos estaban empañados– Los libros antiguos ya avisaban, antes de que existiera, que el infierno se hallaba bajo tierra. Qué visionarios fueron, hijo… no imaginas cuánto. Allí todo es tan… diferente, terrible… Yo nací allí, y jamás conocí un segundo de paz. Siempre en alerta, siempre con miedo… Cada vez que recuerdo a mis padres… hermanos… todo lo que ocurrió… –El anciano se llevó una mano a los ojos. Y comenzó a llorar tras ella–.
–Tranquilo –le acaricié un hombro con suavidad– Usted hizo lo correcto al escapar de allí; esa fue su victoria. Y su familia vive con orgullo en su interior.
–Gracias, hijo –gimoteó, mientras se secaba la cara sucia de lágrimas–. Para mí es todavía como si fuera ayer.
Me mantuve en silencio mientras se recuperaba de sus emociones, abiertas como heridas en la carne. Después intenté desviar su atención, cambiar de tema.
–¿Y cómo se alimenta usted aquí? ¿Sale a cazar? ¿Pone trampas?
–No… ya no –Bajó sus cansados ojos con vergüenza–, mis piernas ya no me lo permiten. Algunas personas se acercan a charlar un rato conmigo, nos damos compañía; y siempre me traen algo… poco, para ir tirando. ¿Sabes, hijo? Aún quedan almas buenas en el mundo, aunque no lo parezca.
–Sí... –Aunque yo no sea una de ellas, pensé.
Afuera, muy amortiguado, se escuchaba el repiquetear de la lluvia ácida. El fulgor verde de las paredes nos iluminaba con su tono espectral.
–Dicen… dicen –Parecía soñar despierto– que en el pasado había bosques cubriendo la tierra, arroyos de agua que podías beber, animales sanos en libertad, llenar los pulmones de aire sin utilizar filtros… ¿Puedes creerlo? Los ojos podían recrearse en colores que no fueran el gris: el azul del cielo, el verde en los campos hasta donde alcanzaba la vista, el marrón de la tierra sin contaminar… hasta el blanco de las estrellas sobre el negro de la noche… ¿Dónde quedó todo aquello?
–En libros medio quemados, imágenes… –susurré, arrastrado por su nostalgia melancólica. A su lado, sólo con escuchar su voz de otros tiempos, la magia del sentir volvía a surtir su efecto, como antes de los implantes. Recuerdo cómo era la persona que fui, y casi consigo emocionarme. No me extraña que algunos compartan la escasa comida con él, por recuperar aunque sean breves instantes de sentimiento. Por eso aún sigue vivo y no lo han devorado. No… no me extraña en absoluto.
–Los hombres de antaño estamos condenados a extinguirnos, hijo –Apoya una mano en mi rodilla, como buscando algo sólido– La humanidad ya ha dado su siguiente paso, tan distante del anterior… Y cuando las ciudades subterráneas estén abarrotadas, la cavernas, las pozas, las simas, las galerías, repletas… entonces, como paridas por la rencorosa Madre Tierra, los nuevos hombres saldrán en masa para cubrir la superficie…
Eso empezaba a ser cierto. Cada noche que salgo, debo enfrentar más y más de esas cosas… cada vez más deformes, grotescas…
–… y nada podrá detenerlos –continuó–. Así que, las personas que aún quedéis por entonces…
Pobre. Cree que aún soy humano.
–…debéis esconderos fuera de su alcance. Proteged vuestras vidas tanto tiempo como podáis. Tal vez… tal vez ocurra algo inesperado; algo que permita salvar los restos de lo que fuimos, y empezar de nuevo…
Le palmeé el hombro, agradeciendo sus palabras de esperanza. Ambos sabíamos que nada de eso sería cierto. Después, guardamos silencio.
Durante largos minutos permanecimos así, hasta que él giro su cabeza y me miró con sus ojos de un azul intenso, como si se hubiesen iluminado por dentro.
–Ha sido muy agradable charlar contigo, hijo. Gracias por tu compañía. Y por la cena.
En ese instante no entendí qué quería decir; pero entonces retiró hacia un lado el pliegue cartilaginoso con el que se cubría, y que yo había confundido con una sabana repugnante, mostrándome que, de pecho para abajo, era una amalgama de tubos musculares y arterias hinchadas que se hundían en el suelo –su cuerpo también–, como lo era el resto del refugio.
–Nada personal, hijo –me sonrió, con un brillo cruel en aquellos ojos hipócritas mientras se hundía, como un apéndice retráctil, en la masa cárnica de lo que yo creí su catre.
Y aunque activé con extrema velocidad el carbonizador subcutáneo de mi brazo, la condensación en ácido del fulgor verdoso de las paredes estomacales fue aún más rápida. Y en esos segundos eternos, previos al baño corrosivo que disolvería mi vida, comprendí todo como en un relámpago neural: comprendí el olor, comprendí a qué se refería con aquellos que venían a alimentarle, comprendí que los montículos de metal del exterior eran lo que quedaba de ellos, como será lo único que quedará de mí; comprendí que la existencia entera se fundamenta en la mentira, el arma de los que quieren sobrevivir. Comprendí que los monstruos y pesadillas de la humanidad del pasado no eran imaginaciones y desvaríos, sino pura premonición.
Una visión futura.
Luis Bermer
Mis ojos sintéticos despiertan en la madrugada. Tan fría, vacía. Más aún desde que sustituí mi horrible carne por implantes ¿Cuántos años perdí siendo un don nadie, un hombre-masa gris? Más rápido, más fuerte. Mi mente vuela tan alto como jamás pude soñar.
Y mis sueños ya no son humanos.
Pienso como el filo de una espada, la eficiencia procesual me dirige y motiva, nada más. Todo depende del proceso primario actual. Todo es el procesamiento presente. El resto son datos almacenados en los bancos de memoria, o metas para las próximas horas. Jamás existió el futuro, sino como imaginación.
A veces me asaltan visiones indescriptibles.
Aún es de noche cuando salgo de la cámara de iones. Siento los pistones bajo los músculos, desplazarme sin la menor sensación de esfuerzo hasta la cocina. Abro la puerta. Contemplo mi obra.
Siempre bebo un vaso de sangre fresca al despertar.
Me visto despacio. Coloco cuidadosamente cada arma en su lugar. La gabardina de cuero blindado es lo último. El mundo es un lugar muerto, pero nos empeñamos en seguir caminándolo. Salgo del edificio a la noche. Llueve. Esa lluvia que permite comer a los fabricantes de piel. Sólo los neones publicitarios encaran la oscuridad, junto a los faros de algún ligero. Hay que estar loco para salir antes del alba, sobre todo desde que emergieron los del subsuelo, esas cosas sin nombre. La parte de mí que desea morir me obliga a esto, la parte que ama vivir se opone; y yo estoy en medio, sin poder hacer nada por finalizar ese conflicto eterno. Dejo que luchen, que gane la más fuerte en ese momento y acepto sus condiciones sin oposición. Es algo asumido.
Voces de otros mundos me hablan. Las dimensiones se abren.
Camino a buen ritmo. No veo a nadie todavía. Las botas se hunden en los charcos, a veces el fondo parece légamo pegajoso, pero no lo es. Recuerdo la luna, ahora oculta para siempre; la echo de menos ¿Saben? Yo era un poeta, cuando tenía alma.
Luna, de muertos poblada.
Mi única amiga.
Ya nunca sabré si realmente tenía un alma; o era simple ilusión, el autoengaño de poseerla. Ya no pierdo el tiempo con esas estupideces. Un relámpago ilumina los edificios semimuertos, al fondo. La piel empieza a escocerme; debo encontrar un refugio temporal, hasta que amaine. Tuerzo por un estrecho callejón, cubierto de basura y restos de chatarra, irreconocibles. Algo se mueve más adelante, oculto a mi vista, bajo los hierros. Algo vivo que me ha oído llegar. Seguro que una de esas malditas cosas.
En efecto, la veo retorcerse para salir al descubierto. Es como una larva blancuzca, nerviosa, con hileras de patas plegadas. Su cabeza es de pez abisal, con dientes largos, finísimos, y los ojos que me miran son los de una persona. Enciendo el filo-sierra en el canto de mi mano, justo antes de que la cosa se proyecte de un salto, a increíble velocidad y con las fauces abiertas, hacia mi cara. La capturo al vuelo, algo impensable sin mis reflejos electrónicos. Se debate en mi mano izquierda, larga, repulsiva, chasqueando las mandíbulas en un intento de engancharme. Me cruzo con su mirada humana, y me apresto a hundir la sierra en su cuerpo. Me salpica un líquido repugnante, al tiempo que su chillido indescriptible resuena por el callejón. Con asco, la arrojo lejos. Y me estremezco al pensar fugazmente en qué otras cosas bullirán allá abajo, en el subsuelo.
Avanzo hasta toparme con una frágil puerta de alambre oxidada. La aparto, medio deshecha, y me encuentro en una especie de pequeño patio de luces entre edificios. Unos curiosos montículos de metal medio fundido tachonan el suelo, desperdigados aquí y allá. En uno de los rincones, al fondo, distingo un enorme montón de chatarra y desperdicios de toda índole; parecen conformar un habitáculo, una precaria chabola, por sus placas en los laterales y una haciendo las veces de techo. Tal vez sea el único lugar donde guarecerme, antes de que la piel me caiga deshecha. En mi fuero interno, la parte que desea vivir reacciona. Camino hacia el rincón, a punto estoy de tropezar, con un pie enredado entre cables medio ocultos. De repente, una de las placas se abre hacia fuera y veo asomar una cabeza encanecida.
–¡Rápido, corre! ¡Pasa, pasa! –me invita con la mano, antes de volver adentro.
Acelero el paso, aceptando la oferta del desconocido. Si me conociera, es seguro que no me habría invitado.
Me agacho para entrar y cierro la plancha tras de mí que, curiosamente, encaja a la perfección; buen refugio. El olor a cerrado es asfixiante, nauseabundo… aunque esperable. El espacio es pequeño y opresivo. Las paredes parecen haber sido recubiertas de una lámina gomosa aislante, que emite un fulgor verdoso fosforescente; alguna clase de pintura, que constituye la única iluminación. El agua no entra, y se mantiene el calor. El anciano yace en un catre casi a ras de suelo, cubierto por una tela parduzca de aspecto asqueroso.
–Sé bienvenido a mi hogar, extraño –me dice, invitándome a acercarme.
Pienso en matarle, pero su sangre ha de ser por fuerza débil. Me siento a su lado y observo sus ojos azules, acuosos, escrutándome; su cuerpo enjuto pero enérgico, su piel casi tan blanca como sus cabellos. Un superviviente nato.
–Gracias por resguardarme de la lluvia, anciano. Estaba a punto de licuarme ahí fuera.
El hombre me mira, como miraban antes los padres a sus hijos cuando llegaban de una borrachera, intentando adivinar qué se agita en la cabeza de este desconocido para él.
–¿Cómo se te ocurre salir de noche? –me pregunta–. Y lloviendo, encima.
–Tenía… tenía que salir. Es algo que no puedo… evitar.
El anciano se estremece en un escalofrío. Se arropa un poco más con su apestosa tela.
–Comprendo. Eres joven, con impulsos propios de joven –susurra, como recordando.
–No… no es eso –respondo, pero no continúo por ahí–. Y soy mucho más viejo de lo que aparento, créame.
Ni siquiera recuerdo ya cuándo nací. Ni cuántas décadas han podido transcurrir desde aquel momento.
–Entonces… imagínate qué podría decirte yo, hijo –Sonríe, mirándome con esos ojos que evocan los mares que ya no existen.
Empiezo a comprender que este anciano fue, es un hombre especial; un vestigio de la humanidad, como era antes de que todo… cambiara. No, no podría matarlo ni aunque lo deseara. Estando a su lado, siento la entrañabilidad renacer en mí otra vez, el afecto, aunque sea como un leve eco entre las entrañas metálicas. Me recuerda lo que fui y ya no soy, ni seré. Pero la ilusión es poderosa, tanto, que me siento plenamente humano de nuevo hablando con él. En este agujero hediondo he encontrado un fugaz paraíso.
Respiro el aire viciado, miro una vez más a mi alrededor. Y la pregunta surge sin pensarla:
–¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí, anciano? Es una buena guarida, bien camuflada.
–Oh sí… Tendría tu edad cuando decidí huir de allá abajo, hacia la superficie. Y lo primero que hice fue buscar el lugar adecuado para construirme el refugio, tal vez lo mejor que haya hecho en mi vida. Y desde entonces estoy aquí. Ya ves, hijo; ha conseguido mantenerme de una pieza.
Observé al anciano con renovada sorpresa, e interés.
¿Usted ha estado… abajo? –Casi no podía creerlo.
Me devolvió una mirada de sus ojos tristísimos. Suspiró.
–Varias generaciones habían vivido ya en el subsuelo cuando mis tatarabuelos decidieron bajar para no volver. Todo se tornaba ominoso aquí arriba, salvaje… y el tiempo les dio la razón. Pero con el paso de los años, las cosas no fueron mucho mejor para los supervivientes del subsuelo; como si la maldad se hubiese filtrado a través de la tierra, impregnando hasta el estrato más profundo.
–Tal vez fue justo así, como dice usted.
–No sé hijo… topamos con algo que no debimos desenterrar; o la naturaleza nos tiró a la cara siglos de ofensas acumuladas contra ella –Sus ojos estaban empañados– Los libros antiguos ya avisaban, antes de que existiera, que el infierno se hallaba bajo tierra. Qué visionarios fueron, hijo… no imaginas cuánto. Allí todo es tan… diferente, terrible… Yo nací allí, y jamás conocí un segundo de paz. Siempre en alerta, siempre con miedo… Cada vez que recuerdo a mis padres… hermanos… todo lo que ocurrió… –El anciano se llevó una mano a los ojos. Y comenzó a llorar tras ella–.
–Tranquilo –le acaricié un hombro con suavidad– Usted hizo lo correcto al escapar de allí; esa fue su victoria. Y su familia vive con orgullo en su interior.
–Gracias, hijo –gimoteó, mientras se secaba la cara sucia de lágrimas–. Para mí es todavía como si fuera ayer.
Me mantuve en silencio mientras se recuperaba de sus emociones, abiertas como heridas en la carne. Después intenté desviar su atención, cambiar de tema.
–¿Y cómo se alimenta usted aquí? ¿Sale a cazar? ¿Pone trampas?
–No… ya no –Bajó sus cansados ojos con vergüenza–, mis piernas ya no me lo permiten. Algunas personas se acercan a charlar un rato conmigo, nos damos compañía; y siempre me traen algo… poco, para ir tirando. ¿Sabes, hijo? Aún quedan almas buenas en el mundo, aunque no lo parezca.
–Sí... –Aunque yo no sea una de ellas, pensé.
Afuera, muy amortiguado, se escuchaba el repiquetear de la lluvia ácida. El fulgor verde de las paredes nos iluminaba con su tono espectral.
–Dicen… dicen –Parecía soñar despierto– que en el pasado había bosques cubriendo la tierra, arroyos de agua que podías beber, animales sanos en libertad, llenar los pulmones de aire sin utilizar filtros… ¿Puedes creerlo? Los ojos podían recrearse en colores que no fueran el gris: el azul del cielo, el verde en los campos hasta donde alcanzaba la vista, el marrón de la tierra sin contaminar… hasta el blanco de las estrellas sobre el negro de la noche… ¿Dónde quedó todo aquello?
–En libros medio quemados, imágenes… –susurré, arrastrado por su nostalgia melancólica. A su lado, sólo con escuchar su voz de otros tiempos, la magia del sentir volvía a surtir su efecto, como antes de los implantes. Recuerdo cómo era la persona que fui, y casi consigo emocionarme. No me extraña que algunos compartan la escasa comida con él, por recuperar aunque sean breves instantes de sentimiento. Por eso aún sigue vivo y no lo han devorado. No… no me extraña en absoluto.
–Los hombres de antaño estamos condenados a extinguirnos, hijo –Apoya una mano en mi rodilla, como buscando algo sólido– La humanidad ya ha dado su siguiente paso, tan distante del anterior… Y cuando las ciudades subterráneas estén abarrotadas, la cavernas, las pozas, las simas, las galerías, repletas… entonces, como paridas por la rencorosa Madre Tierra, los nuevos hombres saldrán en masa para cubrir la superficie…
Eso empezaba a ser cierto. Cada noche que salgo, debo enfrentar más y más de esas cosas… cada vez más deformes, grotescas…
–… y nada podrá detenerlos –continuó–. Así que, las personas que aún quedéis por entonces…
Pobre. Cree que aún soy humano.
–…debéis esconderos fuera de su alcance. Proteged vuestras vidas tanto tiempo como podáis. Tal vez… tal vez ocurra algo inesperado; algo que permita salvar los restos de lo que fuimos, y empezar de nuevo…
Le palmeé el hombro, agradeciendo sus palabras de esperanza. Ambos sabíamos que nada de eso sería cierto. Después, guardamos silencio.
Durante largos minutos permanecimos así, hasta que él giro su cabeza y me miró con sus ojos de un azul intenso, como si se hubiesen iluminado por dentro.
–Ha sido muy agradable charlar contigo, hijo. Gracias por tu compañía. Y por la cena.
En ese instante no entendí qué quería decir; pero entonces retiró hacia un lado el pliegue cartilaginoso con el que se cubría, y que yo había confundido con una sabana repugnante, mostrándome que, de pecho para abajo, era una amalgama de tubos musculares y arterias hinchadas que se hundían en el suelo –su cuerpo también–, como lo era el resto del refugio.
–Nada personal, hijo –me sonrió, con un brillo cruel en aquellos ojos hipócritas mientras se hundía, como un apéndice retráctil, en la masa cárnica de lo que yo creí su catre.
Y aunque activé con extrema velocidad el carbonizador subcutáneo de mi brazo, la condensación en ácido del fulgor verdoso de las paredes estomacales fue aún más rápida. Y en esos segundos eternos, previos al baño corrosivo que disolvería mi vida, comprendí todo como en un relámpago neural: comprendí el olor, comprendí a qué se refería con aquellos que venían a alimentarle, comprendí que los montículos de metal del exterior eran lo que quedaba de ellos, como será lo único que quedará de mí; comprendí que la existencia entera se fundamenta en la mentira, el arma de los que quieren sobrevivir. Comprendí que los monstruos y pesadillas de la humanidad del pasado no eran imaginaciones y desvaríos, sino pura premonición.
Una visión futura.
domingo, 15 de mayo de 2011
cuento para el 201
Possessionem
Luis Llamas
1
El sacerdote, de nombre Salvador, enfadado de caminar por el sendero de piedras del pequeño pueblo, se dispuso a preguntar por la dirección correcta de la casa a donde se dirigía. Sudando y con sed, preguntó por su destino a la primera mujer que se le atravesó en aquel solitario día. El rostro de la mujer se desfiguró y palideció, su respiración se exaltó y, en ese instante, comenzó a rezar, sin soltar el crucifijo que mantenía con fuerza en su mano. No dijo nada; sólo se retiró de él. Al sacerdote se le hizo curiosa la actitud de la mujer. Siguió sólo con su maleta con un cambio de ropa y sus herramientas de trabajos: cruz, agua bendita, biblia, etc.
Hacía algunos días, el sacerdote de la comunidad, había mandado una carta en la cual exponía ciertas “cosas raras” en lo que respectaba en una muchacha de apenas dieciseises años. La joven (no mencionaba nombre) había sido tratada por el médico del lugar y por varios chamanes sin encontrar una causa a sus males. La madre lo mandó llamar y él, por sus lecturas, podría decir, con certeza, que se trataba de un caso de posesión. La carta se pasó al consejo episcopal y se nombró a Salvador para que verificara lo expuesto en la misiva. Sólo investigaría las causas y se canalizaría a un hospital psiquiátrico en la ciudad, si era necesario. Salvador quiso apoyar en el caso, pues, en efecto, había realizado algunos cursos en Roma.
La intensión del sacerdote era, primero, analizar a la muchacha, para poder dar el diagnóstico; sin embargo, decidió, mejor, dirigirse primero a la iglesia para que el sacerdote le informara los últimos detalles de la supuesta poseída. Tocó varias veces el portón de ésta. Nadie abrió. Después de unos minutos, volvió a tocar con más fuerza. Una voz junto a él hizo que desistiera del golpe de la puerta. Una mujer entrada en edad le informó que la iglesia no se ha abierto en días. Salvador preguntó por el sacerdote, la mujer contestó que se encontraba en la casa parroquial, atrás del templo. Sin tardar más, Salvador se dirigió a su objetivo. La puerta estaba entreabierta. Entró. Un hedor amargo contaminó las fosas nasales de Salvador. Todo estaba sucio. Se acercó a un crucifico que estaba junto al pequeño comedor y verificó que estaba volteado de cabeza.
—¡Vaya! Alguien prestó atención a la carta —dijo el padre sin dejar de ver a Salvador. Unas ojeras pronunciadas quitaban matiz a los ojos claros del hombre.
—Octavio, me espantaste.
—Ven, siéntate.
Salvador vio a Octavio nervioso, tembloroso, sucio. Observó sus las uñas, sin cortar en días, estaban llenas de mugre. Los dientes del hombre se encontraban amarillentos. Y veía a todas partes, como si alguien lo siguiera o mirara.
—Es fuerte, muy fuerte. Él… él… él…
—¿Él? En la carta se menciona que es una mujer.
—No entiendes, hablo de él, del que está dentro de ella.
—¿Cómo está la situación? —Salvador se dispuso a escuchar todo lo que le dijera Octavio, sin hacer ninguna objeción.
Después de que le explicó algunas situaciones, Salvador indagó más:
—¿Qué otro idioma dices que habla?
—Latín.
—¿Y la muchacha no lo estudió antes?
—Es un pueblo. Si acaso en la escuela sólo dan español, y eso, mal hablado.
—Y dices que una vez escaló la pared.
—Sí, sí, sí… sin nada, así nada más.
—En la carta se menciona que vive sólo con su mamá. ¿Y el papá?
—La abandonó cuando nació.
—¿Y la madre qué hace, o dice, ante esta situación?
—Se suicidó. No pudo aguantar tanto.
—Bien. Me gustaría visitarla.
—Sólo te llevaré a ella. No quiero entrar al infierno otra vez.

2
Octavio dejó a Salvador en la puerta de la casa. Salvador sujetaba con fuerza la maleta donde mantenía sus implementos de trabajo. Se acercó y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al abrir la puerta, olió el mismo hedor de la casa parroquial. No le tomó importancia. El lugar estaba sucio también. En eso, una voz de niña se escuchó en aquella suciedad.
—Papi, soy yo, María.
El sacerdote se estremeció. No quiso hacerle caso.
—Soy María, tu hija, papi. Mírame… juego con un demonio. Juego a las muñecas.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Salvador sin voltearla a ver.
—Papi, recuerdas cómo ardía en la casa.
—¡Qué te calles! Tú no hablas aquí.
Salvador volteó por fin a verla. Ahí estaba parada, con una bata blanca, sucia de excremento. La muchacha, que era una niña todavía, se mantuvo frente a él. Lo vio con ternura, y se acercó a él. Salvador retrocedió de inmediato. Sacó de su maletín una botellita con agua bendita, empezó a rociar a la muchacha. Ésta, comenzó a gritar, una voz aguda, de hombre se escuchó por la casa.
—Potest nec te Deum.
—En el Nombre del Padre, exijo que me des tu nombre.
Ella rió y empezó a escalar por las paredes, como una araña.
—Quieres jugar con tu hija, mírala, tan inocente.
Salvador, no quería escucharla. Hacía años que había perdonado a Dios, por la muerte de su hija de tres años. Él la había visto arder en el fuego cuando una fuga de gas ocasionó el incendio.
La muchacha bajó lentamente y se despojó de la bata. Se mostró ante él desnuda. Salvador no puso atención al cuerpo virginal de ella. Se acercó a él.
—Mírame —dijo con una voz muy delgada, femenina—. Toma este cuerpo. Toma este cuerpo.
Salvador se acercó lentamente a ella. Cuando la tuvo recargada en la pared, le puso un crucifijo en el pecho.
—¡En el nombre de Cristo! ¡Dame tu nombre!
Los ojos de la muchacha cambiaron a negros, y una voz ronca, demoniaca se escuchó:
—No, tú ni tu Dios me harán salir de aquí.
—¡Te ordeno que me des tu nombre!
—¡No, no!
La muchacha agonizaba, las venas del cuello se le marcaban casi a reventar. Salvador, sin dejar de presionar el cuerpo de la niña contra la pared, siguió esforzando la situación para que el demonio le diera su nombre.
—Papi, papi, no me hagas daño —se volvió a escuchar la voz de María.
—No. Perdón hijita, perdóname —por fin Salvador se soltó a llorar.
3
Hacía unas horas que el sol murió en el horizonte. Salvador abrazaba aquel cuerpecito cálido. Sollozaba como un niño.
—Papi, por qué me dejaste aquella tarde. No me hubiera quemado.
—Perdóname, hijita, perdóname. No volverá a pasar.
Silencio.
Silencio.
—Papi, si mueres en este momento, aquí te esperaré y jugaremos como antes…
—¡Tú no eres mi hija! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ordeno que me des tu nombre!
Salvador corrió por el agua bendita.
—No —se volvió a escuchar la voz gruesa del demonio. La niña empezó a caminar de espaldas, viendo hacia el frente. Sus pies se arrastraban al impulso. Cuando llegó con Salvador, éste la tomó de nuevo en el cuello, y volvió a aclamar el nombre del demonio.
—En el nombre de Cristo, dame tu nombre
Roció el cuerpo, casi mutilado de la joven.
Cuando él le dio su nombre, Salvador aprovechó para exorcizar a la muchacha. Una vez liberada y de que ella vomitó, el ambiente cambió: el olor a hedor se convirtió en un aroma dulce. La muchacha murió.
Salvador salió de la casa con la luz del sol. Caminó sobre las piedras de la calle. En su mente quitaba la idea de su hija, sólo la dejó a la Gloria de Dios.
Luis Llamas
1
El sacerdote, de nombre Salvador, enfadado de caminar por el sendero de piedras del pequeño pueblo, se dispuso a preguntar por la dirección correcta de la casa a donde se dirigía. Sudando y con sed, preguntó por su destino a la primera mujer que se le atravesó en aquel solitario día. El rostro de la mujer se desfiguró y palideció, su respiración se exaltó y, en ese instante, comenzó a rezar, sin soltar el crucifijo que mantenía con fuerza en su mano. No dijo nada; sólo se retiró de él. Al sacerdote se le hizo curiosa la actitud de la mujer. Siguió sólo con su maleta con un cambio de ropa y sus herramientas de trabajos: cruz, agua bendita, biblia, etc.
Hacía algunos días, el sacerdote de la comunidad, había mandado una carta en la cual exponía ciertas “cosas raras” en lo que respectaba en una muchacha de apenas dieciseises años. La joven (no mencionaba nombre) había sido tratada por el médico del lugar y por varios chamanes sin encontrar una causa a sus males. La madre lo mandó llamar y él, por sus lecturas, podría decir, con certeza, que se trataba de un caso de posesión. La carta se pasó al consejo episcopal y se nombró a Salvador para que verificara lo expuesto en la misiva. Sólo investigaría las causas y se canalizaría a un hospital psiquiátrico en la ciudad, si era necesario. Salvador quiso apoyar en el caso, pues, en efecto, había realizado algunos cursos en Roma.
La intensión del sacerdote era, primero, analizar a la muchacha, para poder dar el diagnóstico; sin embargo, decidió, mejor, dirigirse primero a la iglesia para que el sacerdote le informara los últimos detalles de la supuesta poseída. Tocó varias veces el portón de ésta. Nadie abrió. Después de unos minutos, volvió a tocar con más fuerza. Una voz junto a él hizo que desistiera del golpe de la puerta. Una mujer entrada en edad le informó que la iglesia no se ha abierto en días. Salvador preguntó por el sacerdote, la mujer contestó que se encontraba en la casa parroquial, atrás del templo. Sin tardar más, Salvador se dirigió a su objetivo. La puerta estaba entreabierta. Entró. Un hedor amargo contaminó las fosas nasales de Salvador. Todo estaba sucio. Se acercó a un crucifico que estaba junto al pequeño comedor y verificó que estaba volteado de cabeza.
—¡Vaya! Alguien prestó atención a la carta —dijo el padre sin dejar de ver a Salvador. Unas ojeras pronunciadas quitaban matiz a los ojos claros del hombre.
—Octavio, me espantaste.
—Ven, siéntate.
Salvador vio a Octavio nervioso, tembloroso, sucio. Observó sus las uñas, sin cortar en días, estaban llenas de mugre. Los dientes del hombre se encontraban amarillentos. Y veía a todas partes, como si alguien lo siguiera o mirara.
—Es fuerte, muy fuerte. Él… él… él…
—¿Él? En la carta se menciona que es una mujer.
—No entiendes, hablo de él, del que está dentro de ella.
—¿Cómo está la situación? —Salvador se dispuso a escuchar todo lo que le dijera Octavio, sin hacer ninguna objeción.
Después de que le explicó algunas situaciones, Salvador indagó más:
—¿Qué otro idioma dices que habla?
—Latín.
—¿Y la muchacha no lo estudió antes?
—Es un pueblo. Si acaso en la escuela sólo dan español, y eso, mal hablado.
—Y dices que una vez escaló la pared.
—Sí, sí, sí… sin nada, así nada más.
—En la carta se menciona que vive sólo con su mamá. ¿Y el papá?
—La abandonó cuando nació.
—¿Y la madre qué hace, o dice, ante esta situación?
—Se suicidó. No pudo aguantar tanto.
—Bien. Me gustaría visitarla.
—Sólo te llevaré a ella. No quiero entrar al infierno otra vez.

2
Octavio dejó a Salvador en la puerta de la casa. Salvador sujetaba con fuerza la maleta donde mantenía sus implementos de trabajo. Se acercó y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al abrir la puerta, olió el mismo hedor de la casa parroquial. No le tomó importancia. El lugar estaba sucio también. En eso, una voz de niña se escuchó en aquella suciedad.
—Papi, soy yo, María.
El sacerdote se estremeció. No quiso hacerle caso.
—Soy María, tu hija, papi. Mírame… juego con un demonio. Juego a las muñecas.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Salvador sin voltearla a ver.
—Papi, recuerdas cómo ardía en la casa.
—¡Qué te calles! Tú no hablas aquí.
Salvador volteó por fin a verla. Ahí estaba parada, con una bata blanca, sucia de excremento. La muchacha, que era una niña todavía, se mantuvo frente a él. Lo vio con ternura, y se acercó a él. Salvador retrocedió de inmediato. Sacó de su maletín una botellita con agua bendita, empezó a rociar a la muchacha. Ésta, comenzó a gritar, una voz aguda, de hombre se escuchó por la casa.
—Potest nec te Deum.
—En el Nombre del Padre, exijo que me des tu nombre.
Ella rió y empezó a escalar por las paredes, como una araña.
—Quieres jugar con tu hija, mírala, tan inocente.
Salvador, no quería escucharla. Hacía años que había perdonado a Dios, por la muerte de su hija de tres años. Él la había visto arder en el fuego cuando una fuga de gas ocasionó el incendio.
La muchacha bajó lentamente y se despojó de la bata. Se mostró ante él desnuda. Salvador no puso atención al cuerpo virginal de ella. Se acercó a él.
—Mírame —dijo con una voz muy delgada, femenina—. Toma este cuerpo. Toma este cuerpo.
Salvador se acercó lentamente a ella. Cuando la tuvo recargada en la pared, le puso un crucifijo en el pecho.
—¡En el nombre de Cristo! ¡Dame tu nombre!
Los ojos de la muchacha cambiaron a negros, y una voz ronca, demoniaca se escuchó:
—No, tú ni tu Dios me harán salir de aquí.
—¡Te ordeno que me des tu nombre!
—¡No, no!
La muchacha agonizaba, las venas del cuello se le marcaban casi a reventar. Salvador, sin dejar de presionar el cuerpo de la niña contra la pared, siguió esforzando la situación para que el demonio le diera su nombre.
—Papi, papi, no me hagas daño —se volvió a escuchar la voz de María.
—No. Perdón hijita, perdóname —por fin Salvador se soltó a llorar.
3
Hacía unas horas que el sol murió en el horizonte. Salvador abrazaba aquel cuerpecito cálido. Sollozaba como un niño.
—Papi, por qué me dejaste aquella tarde. No me hubiera quemado.
—Perdóname, hijita, perdóname. No volverá a pasar.
Silencio.
Silencio.
—Papi, si mueres en este momento, aquí te esperaré y jugaremos como antes…
—¡Tú no eres mi hija! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ordeno que me des tu nombre!
Salvador corrió por el agua bendita.
—No —se volvió a escuchar la voz gruesa del demonio. La niña empezó a caminar de espaldas, viendo hacia el frente. Sus pies se arrastraban al impulso. Cuando llegó con Salvador, éste la tomó de nuevo en el cuello, y volvió a aclamar el nombre del demonio.
—En el nombre de Cristo, dame tu nombre
Roció el cuerpo, casi mutilado de la joven.
Cuando él le dio su nombre, Salvador aprovechó para exorcizar a la muchacha. Una vez liberada y de que ella vomitó, el ambiente cambió: el olor a hedor se convirtió en un aroma dulce. La muchacha murió.
Salvador salió de la casa con la luz del sol. Caminó sobre las piedras de la calle. En su mente quitaba la idea de su hija, sólo la dejó a la Gloria de Dios.
miércoles, 4 de mayo de 2011
ensayo para el 201
Asesinos Seriales.
Adrián González Arroyo
Los asesinos seriales tienen como instinto un día se vuelven peligrosos y matan a una cantidad de gente sin darse cuenta de lo que está sucediendo delante de ellos. Hay una pregunta fundamental en el aire: ¿Qué es lo que hace que un asesino mate a una o varias personas, realizando la misma acción en periodos de días, meses o años? Esta pregunta se la han hecho los investigadores desde hace los años 70's por el director del FBI Robert Ressler.
Gracias a esto surgió una clasificación de los asesinos seriales que se da dependiendo del motivo que se basa en la forma en la que desarrollaron el crimen que tienen una manera de operar mediante el acto o el proceso; y dentro de éste hay un asesino visionario que es aquel que tiene visiones, que le dicen qué es lo haga. Y el misionero, es el que cree que es elegido para liberar al mundo de un tipo particular de personas. De estos se clasifican un par de tipos, más el hedonista. Están compuestos por los asesinos lujuriosos, de suspenso y los que tienen una ganancia económica y los buscadores de poder, quienes basan su instinto de asesinar a jugar a ser dios con las víctimas.
La segunda clasificación de los asesinos seriales es la que los clasifica por sus patrones, organizaciones y sociales; estos se clasifican como organizados, estas personas suelen tener un coeficiente ente 105 a 120 de IQ (Pon el significado) son socialmente activos, tienen una buena apariencia y regresan a la escena del crimen para ver trabajar a la policía entre muchas otras características.
Los desorganizados son aquellos con un coeficiente intelectual menor al del promedio andan entre unos 80 a 95 IQ, son socialmente inadecuados, su apariencia deja mucho que desear ante la sociedad contactan a los familiares de la victima para jugar con ellos y dejan la escena del crimen caótica.
Esto nos lleva a otra pregunta con una respuesta inconclusa directa o satisfactoria el ¿Por qué? Para esta pregunta hay sólo teorías propuestas, no hay en realidad una explicación acertada de cómo se forja a mi parecer. Es una pregunta que no tiene una respuesta como tal, es cuando un niño pequeño le pregunta a su mamá ¿Por qué el cielo es azul?, aunque basándonos en algunas teorías sobre el por qué el comportamiento de los asesinos seriales es que de pequeños sufrieron algún abuso ya sea físico mental, sexual o en algunos de os caso que sus padres los abandonaran o su madres fuera prostituta y no pudiera colocar su atención en el pequeño y esto conllevo a tener algún resentimiento con la sociedad.
La salud mental de los asesino seriales es importante ya que en algunos de los juicios algunos asesinos se han declarado con “insania” esto significa que al estar realizando los actos de asesinato no tenían control sobre sus actos y que no sabían separar lo incorrecto de lo correcto de lo que estaba pasando en realidad, en este caso, sólo a dos personas les ha funcionado declarase con esta enfermedad, algunos de estos han sido declarados como psicópatas por los especialistas que han estudiado a detalle su caso. Gracias a esto se han encontrando algunos puntos importantes de el por qué no son capases de poderse adaptar a la sociedad irritabilidad agresividad y la más importante de todas ellas carencia de remordimiento sobre sus actos.
Algunos otros investigadores basan su teoría daño cerebral o alguna anormalidad en su cerebro, aunque se han estudiado al menos 11 cerebros de asesinos potenciales, sólo se ha encontrado unos detalles como problemas en el lóbulo frontal hipotálamo y el sistema límbico, que pude contribuir a la agresividad extrema a la pérdida de control perdida de juicio y violencia excesiva en la mayoría de los casos.
Revelaciones de una mente siniestra.
Cuando se nos habla sobre el término de asesino serial nos crea mucha especulación, ya que si analizamos la conducta y personalidad del criminal quedan reflejadas en la escena del crimen.
Lo primordial que se debe pensar es como el asesino se relaciono con la víctima, o porque exactamente asesinar a esa persona a continuación describiré los perfiles de los asesinos que sinceramente su forma de actuar y de convertirse en historia mundial son de una forma rara y muy particular.
Empezaré por una de las leyendas más grande y de uno de los pocos asesinos seriales que no han sido atrapado llamado “Jack el Destripador” quien realizó su series de crímenes en 1988 en Londres, Inglaterra. Se dice que victimó a 5 mujeres las cuales eran prostitutas del pues no se tiene registro o dato de cómo era físicamente solo que por el modo en el que operaba para asesinar era muy ordenado y por los cortes que tenían los cuerpos encontrados se pensaba que era doctor.
Otro de los asesinos que llaman mi atención por la forma en la que actuaba es Andrei Chikatilo mejor conocido como “El carnicero de Rostov” el era maestro de una escuela en Ucrania el cual para su esposa ere un hombre trabajador y responsable el cual tenía una doble vida se dice que uno de los motivos principales de que se convirtiera en asesino seria es a ver descubierto que su hermano había sido raptado y devorado junto con una eyaculación precoz con sus parejas; antes de casarse así que, a las mujeres, divulgar su problema sexual, el tomó como rencor hacia el lado femenino, como era maestro tenía la facilidad de relacionarse con las personas; así que, en las paradas del tren, hacia amistad con sus víctimas, las cuales después eran sometidas y cruelmente torturadas en algunos de los casos, cometió canibalismo comiendo los pezones de sus víctimas fue capturado en 1990, y declaró a ver tenido 53 víctimas. En 1994 fue ejecutado con un tiro en la nuca.
Jhon Wayne Gacy “El Payaso Asesino” era una persona de carácter amable y muy agradable. Con vocación de payaso, se propuso como candidato a concejal y llegó a actual de payaso para la primera dama y esto le llevó a ser nombrado el “Hombre del Año” en los estudios que se realizaron se dieron cuenta que el ser asesino serial era a que tenía una arteria del cerebro tapada por producto de un golpe que sufrió de pequeño. Su forma de operar o de atraer a sus víctimas solía conducir por la ciudad en busca de jóvenes solitarios de prostitutas y en algunos de los casos en homosexuales le invitaba un trago en alguna cantina o bar y después los sometía llevándolos a su casa a punta de pistola donde eran violados y torturados hasta morir guardaba los cuerpos sin vida en su jardín y debajo de su casa en 1980 fue atrapado y se le comprobaron cerca de 33 crímenes.
Albert Fish mejor conocido como “El Abuelo Caníbal”; él lo traía en la sangre ya que su madre oía voces por la calle y sus tíos fueron internados en un centro psiquiátrico a los 12 años; tuvo su primer contacto sexual a los 20 años, pues ejercía la prostitución. Violó a un niño y mató a una prostituta; tuvo una vida muy dura y se auto castigaba con peines de clavos en la espalda o en camas de rosas con espinas. Realizó algunas violaciones y actos escalofriantes con más de 100 niños, llegando a matar a 15 de ellos, entre ellos su hija de 12 años de edad, para encontrar el perdón de Dios. Fue atrapado en 1935, murió en la silla eléctrica tras ayudar a sus verdugos a colocarle los electrodos, se mostró entusiasmado y dijo "Qué alegría morir en la silla eléctrica será el último escalofrío y es el único que todavía no he experimentado"
Charles Miles Manso mejor conocido como “Satán”, aunque él no era un asesino seria como tal. Era manipulador nació en 1934 su madre era una prostituta de 17 años de edad su infancia no fue la más sana para un joven como él. A los 14 años había sido capturado y a partir de esto su vida fue entre fugas y prisión en 1967 se traslada a San Francisco y crea un grupo llamado “La Familia” la cual se guía sobre la biblia su primera víctima de su secta fue un traficante llamado Gary Hinman a quien Manson solo le cortó una oreja y ordeno a sus fieles seguidores que hicieran lo que quisieran con él en un ataque de ira en 1969 Satán llevó a cabo la operación delictiva que lo dio a conocer en el mundo entero ordenó la ejecución de todas las personas que se encontrasen en el 10050 de Cielo Drive, en Los Ángeles. La casa del director de cine Román Polanski, donde vivía con su mujer embarazada de ocho meses. En 1969 fue detenido y llevado a prisión; y fue condenado a cadena perpetua.
En general los criminales que me han impacto a nivel internacional fueron los que redacte en los párrafos anteriores los cuales tienen modos de operar diferente y las acciones que realizaban eran a partir de algún resentimiento y en algunos otros casos por enfermedad daré una pequeña reseña de lo que son los asesinos seriales del país.
Gregorio Cárdenas “El Estrangulador de Tacuba”, nace en la ciudad de México en 1915. Sostuvo a los 14 años de edad una relación enfermiza con su madre; fue reprimido en la adolescencia por su madre y era estudiante de Química. Su primera víctima fue en 1942 y aunque su carrera delictiva fue corta, era en contra de prostitutas, las cuales llevaba a su casa y las estrangulaba con un cordón. Una vez muertas, las llevaba al patio trasero para enterrarlas, y utilizó el mismo modo de operar con las siguientes 4 víctimas. Fue arrestado en Septiembre del mismo año, ya que sus crímenes eran en períodos de tiempo cortos, y fue más fácil su captura.
Adolfo de Jesús Constanso mejor conocido como “El Narco Satánico”, el cual traficaba con drogas y se creía una especie de chaman a sus seguidores los manada a levantar a las víctimas y las torturaban. Llegó al punto donde comían sus cerebros y bebían la sangre para tener vida eterna e inmunidad a las balas al verse acorralado por la policía le dice a su fiel escudero que lo mate con una metralleta que cargaba con él para no ir a la cárcel.
Como podemos ver el modo de operar de los asesinos seriales mexicanos, era por que buscaban algo en el caso de Constanso, ser invisible e inmune a las balas y en el caso de Gregorio pues el intentar mediante sus crímenes ser invisible.
Para recordar.
Para abordar detalladamente se le determina el nombre de asesino serial aquel que se defina con algunas características:
* Un período de corto tiempo en el que haga un crimen y el siguiente.
* El asesino no tiene relación con las víctimas, aparentemente el crimen ocurre al azar o sin conexión con los otros.
* Los asesinatos reflejan el sadismo del criminal, y su necesidad de tomar el control de la víctima.
* Raramente el asesino obtiene una ganancia material, el motivo siempre es de orden psicológico.
* Las víctimas tienen un valor "simbólico" para el asesino, esto se entiende tras ver que hay un método específico para matar.
* El asesino casi siempre escoge víctimas vulnerables, tales como prostitutas, niños, etc.
A través de averiguaciones algunos de los puntos que quedan en claro es que los padres que abusan de sus hijos tanto física como psicológicamente. Instalan en ellos instintos de violencia, recurso al cual acudirán en primer lugar para resolver sus retos y problemas personales, debido a todo esto les crea una alteración psicológica.
El asesino conoce bien lo que es bueno y lo que no lo es dentro de una sociedad, se comporta con tanta sinceridad que hace pensar a los demás que cree en los valores humanos.
Lo que se ha comprobado es que los asesinos seriales comparten características en común, la gran mayoría proviene de hogares donde no hay una funcionalidad como tal, en donde puede apreciarse la presencia de un padre o madre dominante aunque algunos otros fueron víctimas de abandono y rechazo, aunque existen casos de disposiciones genéticas o anomalías en el cerebro en donde hubo un factor externo a lo que actuó en sus cabezas como detonante para realizar estas brutales acciones.
Los homicidios seriales son un delito que requieren de un control social, para evitar reincidencia de un comportamiento que parece inmodificable e imparable, algo que puede hacer nuestra sociedad es intentar que se estableciera una política de prevención ya que la detección temprana permitiría a estas personas obtuvieran un tratamiento y estudiar a fondo el porqué de estas conductas.
Cita: Artículo Sobre Asesinos Seriales por el FBI publicados en la Revista Asesinos Seriales por la editorial MINA y Visita al Museo de la Policía exposición sobre Asesinos Seriales.
Adrián González Arroyo
Los asesinos seriales tienen como instinto un día se vuelven peligrosos y matan a una cantidad de gente sin darse cuenta de lo que está sucediendo delante de ellos. Hay una pregunta fundamental en el aire: ¿Qué es lo que hace que un asesino mate a una o varias personas, realizando la misma acción en periodos de días, meses o años? Esta pregunta se la han hecho los investigadores desde hace los años 70's por el director del FBI Robert Ressler.
Gracias a esto surgió una clasificación de los asesinos seriales que se da dependiendo del motivo que se basa en la forma en la que desarrollaron el crimen que tienen una manera de operar mediante el acto o el proceso; y dentro de éste hay un asesino visionario que es aquel que tiene visiones, que le dicen qué es lo haga. Y el misionero, es el que cree que es elegido para liberar al mundo de un tipo particular de personas. De estos se clasifican un par de tipos, más el hedonista. Están compuestos por los asesinos lujuriosos, de suspenso y los que tienen una ganancia económica y los buscadores de poder, quienes basan su instinto de asesinar a jugar a ser dios con las víctimas.
La segunda clasificación de los asesinos seriales es la que los clasifica por sus patrones, organizaciones y sociales; estos se clasifican como organizados, estas personas suelen tener un coeficiente ente 105 a 120 de IQ (Pon el significado) son socialmente activos, tienen una buena apariencia y regresan a la escena del crimen para ver trabajar a la policía entre muchas otras características.
Los desorganizados son aquellos con un coeficiente intelectual menor al del promedio andan entre unos 80 a 95 IQ, son socialmente inadecuados, su apariencia deja mucho que desear ante la sociedad contactan a los familiares de la victima para jugar con ellos y dejan la escena del crimen caótica.
Esto nos lleva a otra pregunta con una respuesta inconclusa directa o satisfactoria el ¿Por qué? Para esta pregunta hay sólo teorías propuestas, no hay en realidad una explicación acertada de cómo se forja a mi parecer. Es una pregunta que no tiene una respuesta como tal, es cuando un niño pequeño le pregunta a su mamá ¿Por qué el cielo es azul?, aunque basándonos en algunas teorías sobre el por qué el comportamiento de los asesinos seriales es que de pequeños sufrieron algún abuso ya sea físico mental, sexual o en algunos de os caso que sus padres los abandonaran o su madres fuera prostituta y no pudiera colocar su atención en el pequeño y esto conllevo a tener algún resentimiento con la sociedad.
La salud mental de los asesino seriales es importante ya que en algunos de los juicios algunos asesinos se han declarado con “insania” esto significa que al estar realizando los actos de asesinato no tenían control sobre sus actos y que no sabían separar lo incorrecto de lo correcto de lo que estaba pasando en realidad, en este caso, sólo a dos personas les ha funcionado declarase con esta enfermedad, algunos de estos han sido declarados como psicópatas por los especialistas que han estudiado a detalle su caso. Gracias a esto se han encontrando algunos puntos importantes de el por qué no son capases de poderse adaptar a la sociedad irritabilidad agresividad y la más importante de todas ellas carencia de remordimiento sobre sus actos.
Algunos otros investigadores basan su teoría daño cerebral o alguna anormalidad en su cerebro, aunque se han estudiado al menos 11 cerebros de asesinos potenciales, sólo se ha encontrado unos detalles como problemas en el lóbulo frontal hipotálamo y el sistema límbico, que pude contribuir a la agresividad extrema a la pérdida de control perdida de juicio y violencia excesiva en la mayoría de los casos.
Revelaciones de una mente siniestra.
Cuando se nos habla sobre el término de asesino serial nos crea mucha especulación, ya que si analizamos la conducta y personalidad del criminal quedan reflejadas en la escena del crimen.
Lo primordial que se debe pensar es como el asesino se relaciono con la víctima, o porque exactamente asesinar a esa persona a continuación describiré los perfiles de los asesinos que sinceramente su forma de actuar y de convertirse en historia mundial son de una forma rara y muy particular.
Empezaré por una de las leyendas más grande y de uno de los pocos asesinos seriales que no han sido atrapado llamado “Jack el Destripador” quien realizó su series de crímenes en 1988 en Londres, Inglaterra. Se dice que victimó a 5 mujeres las cuales eran prostitutas del pues no se tiene registro o dato de cómo era físicamente solo que por el modo en el que operaba para asesinar era muy ordenado y por los cortes que tenían los cuerpos encontrados se pensaba que era doctor.
Otro de los asesinos que llaman mi atención por la forma en la que actuaba es Andrei Chikatilo mejor conocido como “El carnicero de Rostov” el era maestro de una escuela en Ucrania el cual para su esposa ere un hombre trabajador y responsable el cual tenía una doble vida se dice que uno de los motivos principales de que se convirtiera en asesino seria es a ver descubierto que su hermano había sido raptado y devorado junto con una eyaculación precoz con sus parejas; antes de casarse así que, a las mujeres, divulgar su problema sexual, el tomó como rencor hacia el lado femenino, como era maestro tenía la facilidad de relacionarse con las personas; así que, en las paradas del tren, hacia amistad con sus víctimas, las cuales después eran sometidas y cruelmente torturadas en algunos de los casos, cometió canibalismo comiendo los pezones de sus víctimas fue capturado en 1990, y declaró a ver tenido 53 víctimas. En 1994 fue ejecutado con un tiro en la nuca.
Jhon Wayne Gacy “El Payaso Asesino” era una persona de carácter amable y muy agradable. Con vocación de payaso, se propuso como candidato a concejal y llegó a actual de payaso para la primera dama y esto le llevó a ser nombrado el “Hombre del Año” en los estudios que se realizaron se dieron cuenta que el ser asesino serial era a que tenía una arteria del cerebro tapada por producto de un golpe que sufrió de pequeño. Su forma de operar o de atraer a sus víctimas solía conducir por la ciudad en busca de jóvenes solitarios de prostitutas y en algunos de los casos en homosexuales le invitaba un trago en alguna cantina o bar y después los sometía llevándolos a su casa a punta de pistola donde eran violados y torturados hasta morir guardaba los cuerpos sin vida en su jardín y debajo de su casa en 1980 fue atrapado y se le comprobaron cerca de 33 crímenes.
Albert Fish mejor conocido como “El Abuelo Caníbal”; él lo traía en la sangre ya que su madre oía voces por la calle y sus tíos fueron internados en un centro psiquiátrico a los 12 años; tuvo su primer contacto sexual a los 20 años, pues ejercía la prostitución. Violó a un niño y mató a una prostituta; tuvo una vida muy dura y se auto castigaba con peines de clavos en la espalda o en camas de rosas con espinas. Realizó algunas violaciones y actos escalofriantes con más de 100 niños, llegando a matar a 15 de ellos, entre ellos su hija de 12 años de edad, para encontrar el perdón de Dios. Fue atrapado en 1935, murió en la silla eléctrica tras ayudar a sus verdugos a colocarle los electrodos, se mostró entusiasmado y dijo "Qué alegría morir en la silla eléctrica será el último escalofrío y es el único que todavía no he experimentado"
Charles Miles Manso mejor conocido como “Satán”, aunque él no era un asesino seria como tal. Era manipulador nació en 1934 su madre era una prostituta de 17 años de edad su infancia no fue la más sana para un joven como él. A los 14 años había sido capturado y a partir de esto su vida fue entre fugas y prisión en 1967 se traslada a San Francisco y crea un grupo llamado “La Familia” la cual se guía sobre la biblia su primera víctima de su secta fue un traficante llamado Gary Hinman a quien Manson solo le cortó una oreja y ordeno a sus fieles seguidores que hicieran lo que quisieran con él en un ataque de ira en 1969 Satán llevó a cabo la operación delictiva que lo dio a conocer en el mundo entero ordenó la ejecución de todas las personas que se encontrasen en el 10050 de Cielo Drive, en Los Ángeles. La casa del director de cine Román Polanski, donde vivía con su mujer embarazada de ocho meses. En 1969 fue detenido y llevado a prisión; y fue condenado a cadena perpetua.
En general los criminales que me han impacto a nivel internacional fueron los que redacte en los párrafos anteriores los cuales tienen modos de operar diferente y las acciones que realizaban eran a partir de algún resentimiento y en algunos otros casos por enfermedad daré una pequeña reseña de lo que son los asesinos seriales del país.
Gregorio Cárdenas “El Estrangulador de Tacuba”, nace en la ciudad de México en 1915. Sostuvo a los 14 años de edad una relación enfermiza con su madre; fue reprimido en la adolescencia por su madre y era estudiante de Química. Su primera víctima fue en 1942 y aunque su carrera delictiva fue corta, era en contra de prostitutas, las cuales llevaba a su casa y las estrangulaba con un cordón. Una vez muertas, las llevaba al patio trasero para enterrarlas, y utilizó el mismo modo de operar con las siguientes 4 víctimas. Fue arrestado en Septiembre del mismo año, ya que sus crímenes eran en períodos de tiempo cortos, y fue más fácil su captura.
Adolfo de Jesús Constanso mejor conocido como “El Narco Satánico”, el cual traficaba con drogas y se creía una especie de chaman a sus seguidores los manada a levantar a las víctimas y las torturaban. Llegó al punto donde comían sus cerebros y bebían la sangre para tener vida eterna e inmunidad a las balas al verse acorralado por la policía le dice a su fiel escudero que lo mate con una metralleta que cargaba con él para no ir a la cárcel.
Como podemos ver el modo de operar de los asesinos seriales mexicanos, era por que buscaban algo en el caso de Constanso, ser invisible e inmune a las balas y en el caso de Gregorio pues el intentar mediante sus crímenes ser invisible.
Para recordar.
Para abordar detalladamente se le determina el nombre de asesino serial aquel que se defina con algunas características:
* Un período de corto tiempo en el que haga un crimen y el siguiente.
* El asesino no tiene relación con las víctimas, aparentemente el crimen ocurre al azar o sin conexión con los otros.
* Los asesinatos reflejan el sadismo del criminal, y su necesidad de tomar el control de la víctima.
* Raramente el asesino obtiene una ganancia material, el motivo siempre es de orden psicológico.
* Las víctimas tienen un valor "simbólico" para el asesino, esto se entiende tras ver que hay un método específico para matar.
* El asesino casi siempre escoge víctimas vulnerables, tales como prostitutas, niños, etc.
A través de averiguaciones algunos de los puntos que quedan en claro es que los padres que abusan de sus hijos tanto física como psicológicamente. Instalan en ellos instintos de violencia, recurso al cual acudirán en primer lugar para resolver sus retos y problemas personales, debido a todo esto les crea una alteración psicológica.
El asesino conoce bien lo que es bueno y lo que no lo es dentro de una sociedad, se comporta con tanta sinceridad que hace pensar a los demás que cree en los valores humanos.
Lo que se ha comprobado es que los asesinos seriales comparten características en común, la gran mayoría proviene de hogares donde no hay una funcionalidad como tal, en donde puede apreciarse la presencia de un padre o madre dominante aunque algunos otros fueron víctimas de abandono y rechazo, aunque existen casos de disposiciones genéticas o anomalías en el cerebro en donde hubo un factor externo a lo que actuó en sus cabezas como detonante para realizar estas brutales acciones.
Los homicidios seriales son un delito que requieren de un control social, para evitar reincidencia de un comportamiento que parece inmodificable e imparable, algo que puede hacer nuestra sociedad es intentar que se estableciera una política de prevención ya que la detección temprana permitiría a estas personas obtuvieran un tratamiento y estudiar a fondo el porqué de estas conductas.
Cita: Artículo Sobre Asesinos Seriales por el FBI publicados en la Revista Asesinos Seriales por la editorial MINA y Visita al Museo de la Policía exposición sobre Asesinos Seriales.
sábado, 16 de abril de 2011
NOTA
La primera entrada es para los trabajos de los extraordinarios. y las 2 siguientes son para el 2do. semestre, son los 2 cuentos:
1. La caída de la casa Ucher
2. la máscara de la muerte roja
Ambos de Edgar Allan Poe
1. La caída de la casa Ucher
2. la máscara de la muerte roja
Ambos de Edgar Allan Poe
Instrucciones para los extraordinarios
Para todos los niveles (1ro. 3ro. y 5to.)
Transcribirán los apuntes del primer y segundo parcial de cada materia a computadora, letra arial, número 12.
Nota: con todo y ejercicios (y si no los tiene realizar unos ejemplos)
Transcribirán los apuntes del primer y segundo parcial de cada materia a computadora, letra arial, número 12.
Nota: con todo y ejercicios (y si no los tiene realizar unos ejemplos)
cuento 1 para el 201
La caída de la Casa Usher
Edgar Allan Poe
Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.
En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo, acababa de recibir una carta en una región distinta del país -una carta suya-, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.
Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había producido, en ningún periodo, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo usaban, la familia y la mansión familiar.
He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil -el de mirar en el estanque- había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo.
Sacudiendo de mi espíritu eso que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad. Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta adaptación de las partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque.
Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes -los relieves de los cielorrasos, los oscuros tapices de las paredes, el ébano negro de los pisos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban a mi paso- eran cosas a las cuales, o a sus semejantes, estaba acostumbrado desde la infancia, mientras cavilaba en reconocer lo familiar que era todo aquello, me asombraban por lo insólitas las fantasías que esas imágenes no habituales provocaban en mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de baja astucia y de perplejidad. El criado abrió entonces una puerta y me dejó en presencia de su amo.
La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, estrechas y puntiagudas, y a distancia tan grande del piso de roble negro, que resultaban absolutamente inaccesibles desde dentro. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para diferenciar suficientemente los principales objetos; los ojos, sin embargo, luchaban en vano para alcanzar los más remotos ángulos del aposento, a los huecos del techo abovedado y esculpido. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El moblaje general era profuso, incómodo, antiguo y destartalado. Había muchos libros e instrumentos musicales en desorden, que no lograban dar ninguna vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de dura, profunda e irremediable melancolía lo envolvía y penetraba todo.
A mi entrada, Usher se incorporó de un sofá donde estaba tendido cuan largo era y me recibió con calurosa vivacidad, que mucho tenía, pensé al principio, de cordialidad excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo ennuyé. Pero una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes, mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de compasión, en parte de espanto. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan terriblemente, en un periodo tan breve, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir la identidad del ser exangüe que tenía ante mí, con el compañero de mi adolescencia. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. La tez cadavérica; los ojos, grandes, líquidos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y muy pálidos, pero de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado, revelador, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; los cabellos, más suaves y más tenues que tela de araña: estos rasgos y el excesivo desarrollo de la región frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple exageración del carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban un cambio tan grande, que dudé de la persona con quien estaba hablando. La palidez espectral de la piel, el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple humanidad.
En las maneras de mi amigo me sorprendió encontrar incoherencia, inconsistencia, y pronto descubrí que era motivada por una serie de débiles y fútiles intentos de vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. A decir verdad, ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su temperamento. Sus gestos eran alternativamente vivaces y lentos. Su voz pasaba de una indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho perdido o en el opiómano incorregible durante los periodos de mayor excitación.
Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aun la luz más débil torturaba sus ojos, y sólo pocos sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.
Vi que era un esclavo sometido a una suerte anormal de terror. "Moriré -dijo-, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo."
Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones supersticiosas relativas a la morada que ocupaba y de donde, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía fue descrita en términos demasiado sombríos para repetirlos aquí; influencia que algunas peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los muros y las torrecillas grises y el oscuro estanque en el cual éstos se miraban había producido, a la larga, en la moral de su existencia.
Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. "Su muerte -decía con una amargura que nunca podré olvidar- hará de mí (de mí, el desesperado, el frágil) el último de la antigua raza de los Usher." Mientras hablaba, Madeline (que así se llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia, desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de temor, y sin embargo me es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras seguía con la mirada sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella, mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había hundido la cara entre las manos y sólo pude percibir que una palidez mayor que la habitual se extendía en los dedos descarnados, por entre los cuales se filtraban apasionadas lágrimas.
La enfermedad de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que nunca más vería a Madeline, por lo menos en vida.
En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este periodo me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con amargura la futileza de todo intento de alegrar un espíritu cuya oscuridad, como una cualidad positiva, inherente, se derramaba sobre todos los objetos del universo físico y moral, en una incesante irradiación de tinieblas.
Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las cosas. Sus largos e improvisados cantos fúnebres resonarán eternamente en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutrían su laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas (tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos -en las circunstancias que entonces me rodeaban-, surgía de las puras abstracciones que el hipocondríaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable espanto, cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Fuseli, resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.
Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa, débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos que bañaban el conjunto con un esplendor inadecuado y espectral.
He hablado ya de ese estado mórbido del nervio auditivo que hacía intolerable al paciente toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser -y lo eran, tanto las notas como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas)-, debían de ser los resultados de ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera vez, una acabada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón vacilaba sobre su trono. Los versos, que él tituló El palacio encantado, decían poco más o menos así:
En el más verde de los valles
que habitan ángeles benéficos,
erguíase un palacio lleno
de majestad y hermosura.
¡Dominio del rey Pensamiento,
allí se alzaba!
Y nunca un serafín batió sus alas
sobre cosa tan bella.
Amarillos pendones, sobre el techo
flotaban, áureos y gloriosos
(todo eso fue hace mucho,
en los más viejos tiempos);
y con la brisa que jugaba
en tan gozosos días,
por las almenas se expandía
una fragancia alada.
Y los que erraban en el valle,
por dos ventanas luminosas
a los espíritus veían
danzar al ritmo de laúdes,
en torno al trono donde
(¡porfirogéneto!)
envuelto en merecida pompa,
sentábase el señor del reino.
Y de rubíes y de perlas
era la puerta del palacio,
de donde como un río fluían,
fluían centelleando,
los Ecos, de gentil tarea:
la de cantar con altas voces
el genio y el ingenio
de su rey soberano.
Mas criaturas malignas invadieron,
vestidas de tristeza, aquel dominio.
(¡Ah, duelo y luto! ¡Nunca más
nacerá otra alborada!)
Y en torno del palacio, la hermosura
que antaño florecía entre rubores,
es sólo una olvidada historia
sepulta en viejos tiempos.
Y los viajeros, desde el valle,
por las ventanas ahora rojas,
ven vastas formas que se mueven
en fantasmales discordancias,
mientras, cual espectral torrente,
por la pálida puerta
sale una horrenda multitud que ríe...
pues la sonrisa ha muerto.
Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad (pues otros hombres han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió. En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su desordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo he insinuado) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los marchitos árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación inmodificada de este orden y su duplicación en las quietas aguas del estanque. Su evidencia -la evidencia de esa sensibilidad- podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas importuna y terrible influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.
Nuestros libros -los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia intelectual del enfermo- estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este carácter espectral. Estudiábamos juntos obras tales como el Verver et Chartreuse, de Gresset; el Belfegor, de Maquiavelo; Del cielo y del infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean D'Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y La ciudad del sol, de Campanella. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo del Directorium Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne, y había pasajes de Pomponius Mela sobre los viejos sátiros africanos y egibanos, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo y curioso libro gótico en cuarto -el manual de una iglesia olvidada-, las Vigiliæ Mortuorum Chorum Eclesiæ Maguntiæ.
No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando una noche, tras informarme bruscamente que Madeline había dejado de existir, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de su inhumación definitiva) en una de las numerosas criptas del edificio. El humano motivo que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito de la enfermedad de la difunta, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus médicos, la remota y expuesta situación del cementerio familiar. No he de negar que, cuando evoqué el siniestro aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución inofensiva y en modo alguno, extraña.
A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura temporaria. Ya en el ataúd, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cripta donde lo depositamos (por tanto tiempo clausurada, que las antorchas casi se apagaron en su atmósfera opresiva, dándonos poca oportunidad para examinarla) era pequeña, húmeda y desprovista de toda fuente de luz; estaba a gran profundidad, justamente bajo la parte de la casa que ocupaba mi dormitorio. Evidentemente había desempeñado, en remotos tiempos feudales, el siniestro oficio de mazmorra, y en los últimos tiempos el de depósito de pólvora o alguna otra sustancia combustible, pues una parte del piso y todo el interior del largo pasillo abovedado que nos llevara hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, tenía una protección semejante. Su inmenso peso, al moverse sobre los goznes, producía un chirrido agudo, insólito.
Una vez depositada la fúnebre carga sobre los caballetes, en aquella región de horror, retiramos parcialmente hacia un lado la tapa todavía suelta del ataúd, y miramos la cara de su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras, por las cuales supe que la muerta y él eran mellizos y que entre ambos habían existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron mucho en la muerta, porque no podíamos mirarla sin espanto. El mal que llevara a Madeline a la tumba en la fuerza de la juventud había dejado, como es frecuente en todas las enfermedades de naturaleza estrictamente cataléptica, la ironía de un débil rubor en el pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, lánguida, que es tan terrible en la muerte. Volvimos la tapa a su sitio, la atornillamos y, asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, con fatiga, hacia los aposentos apenas menos lúgubres de la parte superior de la casa.
Y entonces, transcurridos algunos días de amarga pena, sobrevino un cambio visible en las características del desorden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. La palidez de su semblante había adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más espectral, pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una vacilación trémula, como en el colmo del terror, caracterizaba ahora su pronunciación. Por momentos, en verdad, pensé que algún secreto opresivo dominaba su mente agitada sin descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e inexplicables divagaciones de la locura, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me aterrara, que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las extrañas influencias de sus supersticiones fantásticas y contagiosas.
Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Madeline fuera depositada en la mazmorra, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante influencia del lúgubre moblaje de la habitación, de los tapices oscuros y raídos que, atormentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de aquí para allá sobre los muros y crujían desagradablemente alrededor de los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de una alarma por completo inmotivada. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa oscuridad del aposento, presté atención -ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva- a ciertos sonidos ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable pero insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e intenté salir de la lamentable condición en que había caído, recorriendo rápidamente la habitación de un extremo al otro.
Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque suave a mi puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una palidez cadavérica, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una histeria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire me espantó, pero todo era preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y hasta acogí su presencia con alivio.
-¿No lo has visto? -dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en silencio-. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás -y diciendo esto protegió cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.
La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su terror y en su hermosura. Al parecer, un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de una exhalación gaseosa, apenas luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y la amortajaba.
-¡No debes mirar, no mirarás eso! -dije, estremeciéndome, mientras con suave violencia apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento-. Estos espectáculos, que te confunden, son simples fenómenos eléctricos nada extraños, o quizá tengan su horrible origen en el miasma corrupto del estanque. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso para tu salud. Aquí tienes una de tus novelas favoritas. Yo leeré y me escucharás, y así pasaremos juntos esta noche terrible.
El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de Launcelot Canning; pero lo había calificado de favorito de Usher más por triste broma que en serio, pues poco había en su prolijidad tosca, sin imaginación, que pudiera interesar a la elevada e ideal espiritualidad de mi amigo. Pero era el único libro que tenía a mano, y alimenté la vaga esperanza de que la excitación que en ese momento agitaba al hipocondríaco pudiera hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) aun en la exageración de la locura que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia, me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.
Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, después de sus vanos intentos de introducirse por las buenas en la morada del eremita, procede a entrar por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:
"Y Ethelred, que era por naturaleza un corazón valeroso, y fortalecido, además, gracias al poder del vino que había bebido, no aguardó el momento de parlamentar con el eremita, quien, en realidad, era de índole obstinada y maligna; mas sintiendo la lluvia sobre sus hombros, y temiendo el estallido de la tempestad, alzó resueltamente su maza y a golpes abrió un rápido camino en las tablas de la puerta para su mano con guantelete, y, tirando con fuerza hacia sí, rajó, rompió, lo destrozó todo en tal forma que el ruido de la madera seca y hueca retumbó en el bosque y lo llenó de alarma."
Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos algo que podía ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido de rotura, de destrozo que Launcelot había descrito con tanto detalle. Fue, sin duda alguna, la coincidencia lo que atrajo mi atención pues, entre el crujir de los bastidores de las ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:
"Pero el buen campeón Ethelred pasó la puerta y quedó muy furioso y sorprendido al no percibir señales del maligno eremita y encontrar, en cambio, un dragón prodigioso, cubierto de escamas, con lengua de fuego, sentado en guardia delante de un palacio de oro con piso de plata, y del muro colgaba un escudo de bronce reluciente con esta leyenda:
Quien entre aquí, conquistador será;
Quien mate al dragón, el escudo ganará.
"Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus pies y lanzó su apestado aliento con un rugido tan hórrido y bronco y además tan penetrante que Ethelred se tapó de buena gana los oídos con las manos para no escuchar el horrible ruido, tal como jamás se había oído hasta entonces."
Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro, pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido chirriante, sofocado y aparentemente lejano, pero áspero, prolongado, la exacta réplica de lo que mi imaginación atribuyera al extranatural alarido del dragón, tal como lo describía el novelista.
Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y un extremado terror, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir rápidamente todo esto, proseguí el relato de Launcelot, que decía así:
"Y entonces el campeón, después de escapar a la terrible furia del dragón, se acordó del escudo de bronce y del encantamiento roto, apartó el cuerpo muerto de su camino y avanzó valerosamente sobre el argentado pavimento del castillo hasta donde colgaba del muro el escudo, el cual, entonces, no esperó su llegada, sino que cayó a sus pies sobre el piso de plata con grandísimo y terrible fragor."
Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando -como si realmente un escudo de bronce, en ese momento, hubiera caído con todo su peso sobre un pavimento de plata- percibí un eco claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado. Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto; pero el acompasado movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una rigidez pétrea. Pero, cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa malsana tembló en sus labios, y vi que hablaba con un murmullo bajo, apresurado, ininteligible, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí, por fin, el horrible significado de sus palabras:
-¿No lo oyes? Sí, yo lo oigo y lo he oído. Mucho, mucho, mucho tiempo... muchos minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía... ¡Ah, compadéceme, mísero de mí, desventurado! ¡No me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La encerramos viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que oí sus primeros movimientos, débiles, en el fondo del ataúd. Los oí hace muchos, muchos días, y no me atreví, ¡no me atrevía hablar! ¡Y ahora, esta noche, Ethelred, ja, ja! ¡La puerta rota del eremita, y el grito de muerte del dragón, y el estruendo del escudo!... ¡Di, mejor, el ruido del ataúd al rajarse, y el chirriar de los férreos goznes de su prisión, y sus luchas dentro de la cripta, por el pasillo abovedado, revestido de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huiré? ¿No estará aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi prisa? ¿No he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latido de su corazón? ¡INSENSATO! -y aquí, furioso, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara su alma-: ¡INSENSATO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA!
Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y antiguos batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta, ESTABA la alta y amortajada figura de Madeline Usher. Había sangre en sus ropas blancas, y huellas de acerba lucha en cada parte de su descarnada persona. Por un momento permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final lo arrastró al suelo, muerto, víctima de los terrores que había anticipado.
De aquel aposento, de aquella mansión huí aterrado. Afuera seguía la tormenta en toda su ira cuando me encontré cruzando la vieja avenida. De pronto surgió en el sendero una luz extraña y me volví para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus sombras quedaban solas a mis espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig-zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.
Edgar Allan Poe
Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables, por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados- con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era -me detuve a pensar-, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.
En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo, acababa de recibir una carta en una región distinta del país -una carta suya-, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.
Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había producido, en ningún periodo, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo usaban, la familia y la mansión familiar.
He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil -el de mirar en el estanque- había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición -pues, ¿por qué no he de darle este nombre?- servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo.
Sacudiendo de mi espíritu eso que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad. Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta adaptación de las partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque.
Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes -los relieves de los cielorrasos, los oscuros tapices de las paredes, el ébano negro de los pisos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban a mi paso- eran cosas a las cuales, o a sus semejantes, estaba acostumbrado desde la infancia, mientras cavilaba en reconocer lo familiar que era todo aquello, me asombraban por lo insólitas las fantasías que esas imágenes no habituales provocaban en mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de baja astucia y de perplejidad. El criado abrió entonces una puerta y me dejó en presencia de su amo.
La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, estrechas y puntiagudas, y a distancia tan grande del piso de roble negro, que resultaban absolutamente inaccesibles desde dentro. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para diferenciar suficientemente los principales objetos; los ojos, sin embargo, luchaban en vano para alcanzar los más remotos ángulos del aposento, a los huecos del techo abovedado y esculpido. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El moblaje general era profuso, incómodo, antiguo y destartalado. Había muchos libros e instrumentos musicales en desorden, que no lograban dar ninguna vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de dura, profunda e irremediable melancolía lo envolvía y penetraba todo.
A mi entrada, Usher se incorporó de un sofá donde estaba tendido cuan largo era y me recibió con calurosa vivacidad, que mucho tenía, pensé al principio, de cordialidad excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo ennuyé. Pero una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes, mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de compasión, en parte de espanto. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan terriblemente, en un periodo tan breve, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir la identidad del ser exangüe que tenía ante mí, con el compañero de mi adolescencia. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. La tez cadavérica; los ojos, grandes, líquidos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y muy pálidos, pero de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado, revelador, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; los cabellos, más suaves y más tenues que tela de araña: estos rasgos y el excesivo desarrollo de la región frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple exageración del carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban un cambio tan grande, que dudé de la persona con quien estaba hablando. La palidez espectral de la piel, el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple humanidad.
En las maneras de mi amigo me sorprendió encontrar incoherencia, inconsistencia, y pronto descubrí que era motivada por una serie de débiles y fútiles intentos de vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. A decir verdad, ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su temperamento. Sus gestos eran alternativamente vivaces y lentos. Su voz pasaba de una indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho perdido o en el opiómano incorregible durante los periodos de mayor excitación.
Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aun la luz más débil torturaba sus ojos, y sólo pocos sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.
Vi que era un esclavo sometido a una suerte anormal de terror. "Moriré -dijo-, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo."
Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones supersticiosas relativas a la morada que ocupaba y de donde, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía fue descrita en términos demasiado sombríos para repetirlos aquí; influencia que algunas peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los muros y las torrecillas grises y el oscuro estanque en el cual éstos se miraban había producido, a la larga, en la moral de su existencia.
Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. "Su muerte -decía con una amargura que nunca podré olvidar- hará de mí (de mí, el desesperado, el frágil) el último de la antigua raza de los Usher." Mientras hablaba, Madeline (que así se llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia, desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de temor, y sin embargo me es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras seguía con la mirada sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella, mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había hundido la cara entre las manos y sólo pude percibir que una palidez mayor que la habitual se extendía en los dedos descarnados, por entre los cuales se filtraban apasionadas lágrimas.
La enfermedad de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que nunca más vería a Madeline, por lo menos en vida.
En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este periodo me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con amargura la futileza de todo intento de alegrar un espíritu cuya oscuridad, como una cualidad positiva, inherente, se derramaba sobre todos los objetos del universo físico y moral, en una incesante irradiación de tinieblas.
Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las cosas. Sus largos e improvisados cantos fúnebres resonarán eternamente en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutrían su laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas (tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos -en las circunstancias que entonces me rodeaban-, surgía de las puras abstracciones que el hipocondríaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable espanto, cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Fuseli, resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.
Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa, débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos que bañaban el conjunto con un esplendor inadecuado y espectral.
He hablado ya de ese estado mórbido del nervio auditivo que hacía intolerable al paciente toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser -y lo eran, tanto las notas como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas)-, debían de ser los resultados de ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera vez, una acabada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón vacilaba sobre su trono. Los versos, que él tituló El palacio encantado, decían poco más o menos así:
En el más verde de los valles
que habitan ángeles benéficos,
erguíase un palacio lleno
de majestad y hermosura.
¡Dominio del rey Pensamiento,
allí se alzaba!
Y nunca un serafín batió sus alas
sobre cosa tan bella.
Amarillos pendones, sobre el techo
flotaban, áureos y gloriosos
(todo eso fue hace mucho,
en los más viejos tiempos);
y con la brisa que jugaba
en tan gozosos días,
por las almenas se expandía
una fragancia alada.
Y los que erraban en el valle,
por dos ventanas luminosas
a los espíritus veían
danzar al ritmo de laúdes,
en torno al trono donde
(¡porfirogéneto!)
envuelto en merecida pompa,
sentábase el señor del reino.
Y de rubíes y de perlas
era la puerta del palacio,
de donde como un río fluían,
fluían centelleando,
los Ecos, de gentil tarea:
la de cantar con altas voces
el genio y el ingenio
de su rey soberano.
Mas criaturas malignas invadieron,
vestidas de tristeza, aquel dominio.
(¡Ah, duelo y luto! ¡Nunca más
nacerá otra alborada!)
Y en torno del palacio, la hermosura
que antaño florecía entre rubores,
es sólo una olvidada historia
sepulta en viejos tiempos.
Y los viajeros, desde el valle,
por las ventanas ahora rojas,
ven vastas formas que se mueven
en fantasmales discordancias,
mientras, cual espectral torrente,
por la pálida puerta
sale una horrenda multitud que ríe...
pues la sonrisa ha muerto.
Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad (pues otros hombres han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió. En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su desordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo he insinuado) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los marchitos árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación inmodificada de este orden y su duplicación en las quietas aguas del estanque. Su evidencia -la evidencia de esa sensibilidad- podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas importuna y terrible influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.
Nuestros libros -los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia intelectual del enfermo- estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este carácter espectral. Estudiábamos juntos obras tales como el Verver et Chartreuse, de Gresset; el Belfegor, de Maquiavelo; Del cielo y del infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean D'Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y La ciudad del sol, de Campanella. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo del Directorium Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne, y había pasajes de Pomponius Mela sobre los viejos sátiros africanos y egibanos, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo y curioso libro gótico en cuarto -el manual de una iglesia olvidada-, las Vigiliæ Mortuorum Chorum Eclesiæ Maguntiæ.
No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando una noche, tras informarme bruscamente que Madeline había dejado de existir, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de su inhumación definitiva) en una de las numerosas criptas del edificio. El humano motivo que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito de la enfermedad de la difunta, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus médicos, la remota y expuesta situación del cementerio familiar. No he de negar que, cuando evoqué el siniestro aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución inofensiva y en modo alguno, extraña.
A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura temporaria. Ya en el ataúd, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cripta donde lo depositamos (por tanto tiempo clausurada, que las antorchas casi se apagaron en su atmósfera opresiva, dándonos poca oportunidad para examinarla) era pequeña, húmeda y desprovista de toda fuente de luz; estaba a gran profundidad, justamente bajo la parte de la casa que ocupaba mi dormitorio. Evidentemente había desempeñado, en remotos tiempos feudales, el siniestro oficio de mazmorra, y en los últimos tiempos el de depósito de pólvora o alguna otra sustancia combustible, pues una parte del piso y todo el interior del largo pasillo abovedado que nos llevara hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, tenía una protección semejante. Su inmenso peso, al moverse sobre los goznes, producía un chirrido agudo, insólito.
Una vez depositada la fúnebre carga sobre los caballetes, en aquella región de horror, retiramos parcialmente hacia un lado la tapa todavía suelta del ataúd, y miramos la cara de su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras, por las cuales supe que la muerta y él eran mellizos y que entre ambos habían existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron mucho en la muerta, porque no podíamos mirarla sin espanto. El mal que llevara a Madeline a la tumba en la fuerza de la juventud había dejado, como es frecuente en todas las enfermedades de naturaleza estrictamente cataléptica, la ironía de un débil rubor en el pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, lánguida, que es tan terrible en la muerte. Volvimos la tapa a su sitio, la atornillamos y, asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, con fatiga, hacia los aposentos apenas menos lúgubres de la parte superior de la casa.
Y entonces, transcurridos algunos días de amarga pena, sobrevino un cambio visible en las características del desorden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. La palidez de su semblante había adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más espectral, pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una vacilación trémula, como en el colmo del terror, caracterizaba ahora su pronunciación. Por momentos, en verdad, pensé que algún secreto opresivo dominaba su mente agitada sin descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e inexplicables divagaciones de la locura, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me aterrara, que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las extrañas influencias de sus supersticiones fantásticas y contagiosas.
Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Madeline fuera depositada en la mazmorra, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante influencia del lúgubre moblaje de la habitación, de los tapices oscuros y raídos que, atormentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de aquí para allá sobre los muros y crujían desagradablemente alrededor de los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de una alarma por completo inmotivada. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa oscuridad del aposento, presté atención -ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva- a ciertos sonidos ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable pero insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e intenté salir de la lamentable condición en que había caído, recorriendo rápidamente la habitación de un extremo al otro.
Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque suave a mi puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una palidez cadavérica, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una histeria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire me espantó, pero todo era preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y hasta acogí su presencia con alivio.
-¿No lo has visto? -dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en silencio-. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás -y diciendo esto protegió cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.
La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su terror y en su hermosura. Al parecer, un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de una exhalación gaseosa, apenas luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y la amortajaba.
-¡No debes mirar, no mirarás eso! -dije, estremeciéndome, mientras con suave violencia apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento-. Estos espectáculos, que te confunden, son simples fenómenos eléctricos nada extraños, o quizá tengan su horrible origen en el miasma corrupto del estanque. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso para tu salud. Aquí tienes una de tus novelas favoritas. Yo leeré y me escucharás, y así pasaremos juntos esta noche terrible.
El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de Launcelot Canning; pero lo había calificado de favorito de Usher más por triste broma que en serio, pues poco había en su prolijidad tosca, sin imaginación, que pudiera interesar a la elevada e ideal espiritualidad de mi amigo. Pero era el único libro que tenía a mano, y alimenté la vaga esperanza de que la excitación que en ese momento agitaba al hipocondríaco pudiera hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) aun en la exageración de la locura que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia, me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.
Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, después de sus vanos intentos de introducirse por las buenas en la morada del eremita, procede a entrar por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:
"Y Ethelred, que era por naturaleza un corazón valeroso, y fortalecido, además, gracias al poder del vino que había bebido, no aguardó el momento de parlamentar con el eremita, quien, en realidad, era de índole obstinada y maligna; mas sintiendo la lluvia sobre sus hombros, y temiendo el estallido de la tempestad, alzó resueltamente su maza y a golpes abrió un rápido camino en las tablas de la puerta para su mano con guantelete, y, tirando con fuerza hacia sí, rajó, rompió, lo destrozó todo en tal forma que el ruido de la madera seca y hueca retumbó en el bosque y lo llenó de alarma."
Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos algo que podía ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido de rotura, de destrozo que Launcelot había descrito con tanto detalle. Fue, sin duda alguna, la coincidencia lo que atrajo mi atención pues, entre el crujir de los bastidores de las ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:
"Pero el buen campeón Ethelred pasó la puerta y quedó muy furioso y sorprendido al no percibir señales del maligno eremita y encontrar, en cambio, un dragón prodigioso, cubierto de escamas, con lengua de fuego, sentado en guardia delante de un palacio de oro con piso de plata, y del muro colgaba un escudo de bronce reluciente con esta leyenda:
Quien entre aquí, conquistador será;
Quien mate al dragón, el escudo ganará.
"Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus pies y lanzó su apestado aliento con un rugido tan hórrido y bronco y además tan penetrante que Ethelred se tapó de buena gana los oídos con las manos para no escuchar el horrible ruido, tal como jamás se había oído hasta entonces."
Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro, pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido chirriante, sofocado y aparentemente lejano, pero áspero, prolongado, la exacta réplica de lo que mi imaginación atribuyera al extranatural alarido del dragón, tal como lo describía el novelista.
Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y un extremado terror, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir rápidamente todo esto, proseguí el relato de Launcelot, que decía así:
"Y entonces el campeón, después de escapar a la terrible furia del dragón, se acordó del escudo de bronce y del encantamiento roto, apartó el cuerpo muerto de su camino y avanzó valerosamente sobre el argentado pavimento del castillo hasta donde colgaba del muro el escudo, el cual, entonces, no esperó su llegada, sino que cayó a sus pies sobre el piso de plata con grandísimo y terrible fragor."
Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando -como si realmente un escudo de bronce, en ese momento, hubiera caído con todo su peso sobre un pavimento de plata- percibí un eco claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado. Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto; pero el acompasado movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una rigidez pétrea. Pero, cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa malsana tembló en sus labios, y vi que hablaba con un murmullo bajo, apresurado, ininteligible, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí, por fin, el horrible significado de sus palabras:
-¿No lo oyes? Sí, yo lo oigo y lo he oído. Mucho, mucho, mucho tiempo... muchos minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía... ¡Ah, compadéceme, mísero de mí, desventurado! ¡No me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La encerramos viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? Ahora te digo que oí sus primeros movimientos, débiles, en el fondo del ataúd. Los oí hace muchos, muchos días, y no me atreví, ¡no me atrevía hablar! ¡Y ahora, esta noche, Ethelred, ja, ja! ¡La puerta rota del eremita, y el grito de muerte del dragón, y el estruendo del escudo!... ¡Di, mejor, el ruido del ataúd al rajarse, y el chirriar de los férreos goznes de su prisión, y sus luchas dentro de la cripta, por el pasillo abovedado, revestido de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huiré? ¿No estará aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi prisa? ¿No he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latido de su corazón? ¡INSENSATO! -y aquí, furioso, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara su alma-: ¡INSENSATO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA!
Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y antiguos batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta, ESTABA la alta y amortajada figura de Madeline Usher. Había sangre en sus ropas blancas, y huellas de acerba lucha en cada parte de su descarnada persona. Por un momento permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final lo arrastró al suelo, muerto, víctima de los terrores que había anticipado.
De aquel aposento, de aquella mansión huí aterrado. Afuera seguía la tormenta en toda su ira cuando me encontré cruzando la vieja avenida. De pronto surgió en el sendero una luz extraña y me volví para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus sombras quedaban solas a mis espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig-zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la Casa Usher.
cuento 2 para el 201
La máscara de la muerte roja
Edgar Allan Poe
La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
Edgar Allan Poe
La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
domingo, 3 de abril de 2011
cuento para el 201
Frritt-Flacc
Julio Verne
I
¡Frritt...!, es el viento que se desencadena.
¡Flacc...!, es la lluvia que cae a torrentes.
La mugiente ráfaga encorva los árboles de la costa volsiniana, y va a estrellarse contra el flanco de las montañas de Crimma. Las altas rocas del litoral están incesantemente roídas por las olas del vasto mar del Megalocride.
¡Frritt...! ¡Flacc...!
En el fondo del puerto se oculta el pueblecillo de Luktrop.
Algunos centenares de casas, con verdes miradores que apenas las defienden contra los fuertes vientos. Cuatro o cinco calles empinadas, más barrancos que vías, empedradas con guijarros, manchadas por las escorias que proyectan los conos volcánicos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día, sus emanaciones se esparcen bajo la forma de vapores sulfurosos. Por la noche, de tanto en tanto, se producen fuertes erupciones de llamas. Como un faro, con un alcance de ciento cincuenta kilómetros, el Vanglor señala el puerto de Luktrop a los buques de cabotaje, barcos de pesca y transbordadores cuyas rodas cortan las aguas del Megalocride.
Al otro lado de la villa se amontonan algunas ruinas de la época crimmeriana. Tras un arrabal de aspecto árabe, una kasbah de blancas paredes, techos redondos y azoteas devoradas por el sol. Es un cúmulo de piedras arrojadas al azar, un verdadero montón de dados cuyos puntos hubieran sido borrados por la pátina del tiempo.
Entre todos ellos se destaca el Seis-Cuatro, nombre dado a una construcción extraña, de techo cuadrado, con seis ventanas en una cara y cuatro en la otra.
Un campanario domina la villa: el campanario cuadrado de Santa Philfilene, con campanas suspendidas del grosor de los muros, que el huracán hace resonar algunas veces. Mala señal. Cuando esto sucede, los habitantes tiemblan.
Esto es Luktrop. Unas cuantas moradas, miserables chozas esparcidas en la campiña, en medio de retamas y brezos, passim, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña. ¿Estamos en Francia? No lo sé. ¿En Europa? Lo ignoro.
De todos modos, no busquen Luktrop en el mapa, ni siquiera en el atlas de Stieler.
II
¡Froc...! Un discreto golpe resuena en la estrecha puerta del Seis-Cuatro, abierta en el ángulo izquierdo de la calle Messagliere.
Es una casa de las más confortables, si esa palabra tiene algún sentido en Luktrop; una de las más ricas, si el ganar un año por otro algunos miles de fretzers constituye alguna riqueza.
Al froc ha respondido uno de esos ladridos salvajes, en los que hay algo de aullido, y que recuerdan el ladrido del lobo. Luego se abre, por encima de la puerta del Seis-Cuatro, una ventana de guillotina.
-¡Al diablo los importunos! -dice una voz que revela mal humor.
Una jovencita, tiritando bajo la lluvia, envuelta en una mala capa, pregunta si el doctor Trifulgas está en casa.
-¡Está o no está, según!
-Vengo porque mi padre se está muriendo.
-¿Dónde se muere?
-En Val Karniu, a cuatro kertses de aquí.
-¿Y se llama...?
-Von Kartif.
III
El doctor Trifulgas es un hombre duro. Poco compasivo, no curaba si no era a cambio, y eso por adelantado. Su viejo Hurzof, mestizo de bulldog y faldero, tiene mas corazón que él. La casa del Seis-Cuatro inhospitalaria para los pobres, no se abre nada más que para los ricos. Además, hay una tarifa: tanto por una tifoidea, tanto por una congestión, tanto por una pericarditis, tanto por cualquier de las otras enfermedades que los médicos inventan por docenas. ¿Por qué tiene que molestarse en una noche como aquella al doctor Trifulgas?
-¡Sólo el haberme hecho levantar vale ya diez fretzers! -murmuró al acostarse de nuevo.
Apenas han transcurrido veinte minutos cuando el llamador de hierro vuelve a golpear la puerta del Seis-Cuatro.
El doctor abandona gruñendo su caliente lecho y se asoma a la ventana.
-¿Quién va? -grita.
-Soy yo: la mujer de Vort Kartif.
-¿El hornero de Val Karniu?
-¡Sí! ¡Y si usted se niega a venir, morirá!
-¡Pues bien, te quedarás viuda!
-Aquí traigo veinte fretzers...
-¡Veinte fretzers por ir hasta Val Karniu, a cuatro kertser de aquí!
-¡Por caridad!
-¡Vete al diablo!
Y la ventana vuelve a cerrarse.
"Veinte fretzers! ¡Bonito hallazgo! ¡Arriesgarse a un catarro o a unas agujetas por veinte fretzers, sobre todo cuando mañana me esperan en Kiltreno, en casa del rico Edzingov, el gotoso, cuya gota me representa cincuenta fretzers por cada visita!"
Pensando en esta agradable perspectiva, el doctor Trifulgas vuelve a dormirse más profundamente que antes.
IV
¡Frritt...! ¡Flacc...! Y luego: ¡froc...¡froc...! ¡froc...!
A la ráfaga se le han unido esta vez tres aldabonazos, aplicados por una mano más decidida.
El doctor duerme. Finalmente se despierta..., ¡pero de qué humor!
Al abrir la ventana, el huracán penetra como un saco de metralla.
-Es por el hornero...
-¿Aún ese miserable?
-¡Soy su madre!
-¡Que la madre, la mujer y la hija revienten con él!
-Ha sufrido un ataque..
-¡Pues que se defienda!
-Nos han enviado algún dinero -señala la vieja-. Un adelanto sobre la venta de la casa a Dontrup, el de la calle Messagliere. ¡Si usted no acude, mi nieta no tendrá padre, mi hija no tendrá esposo y yo no tendré hijo...!
Es a la vez conmovedora y terrible oír la voz de aquella anciana, pensar que el viento hiela la sangre en sus venas y que la lluvia cala sus huesos.
-¡Un ataque cuesta doscientos fretzers! -responde el desalmado Trifulgas.
-¡Sólo tenemos ciento veinte!
-¡Buenas noches!
Y la ventana vuelve a cerrarse.
Pero, mirándolo bien, ciento veinte fretzers por hora y media de camino, más media hora de visita, hacen sesenta fretzers la hora, un fretzers por minuto. Poco beneficio, pero tampoco para desdeñar.
En vez de volverse a acostar, el doctor se envuelve en su vestido de lana, se introduce en sus grandes botas impermeables, se cubre con su holopanda de bayeta, y con su gorro de piel en la cabeza y sus manoplas en las manos, deja encendida la lámpara cerca de su Códex, abierto en la página 197, y empujando la puerta del Seis-Cuatro se detiene en el umbral.
La vieja aun sigue allí, apoyada en su bastón, descarnada por sus ochenta años de miseria.
-¿Los ciento veinte fretzers...?
-¡Aquí están, y que Dios se los devuelva centuplicados!
-¡Dios! ¡El dinero de Dios! ¿Hay alguien acaso que haya visto de qué color es?
El doctor silba a Hurzof y, colocándole una linterna en la boca, emprende el camino. La vieja lo sigue.
V
¡Qué tiempo de Frritts y de Flaccs! Las campanas de Santa Philfilene se han puesto en movimiento a impulsos de la borrasca. Mala señal. ¡Bah! El doctor Trifulgas no es supersticioso, no cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto en lo que le produce.
¡Qué tiempo! Pero también, ¡qué camino! Guijarros y escorias; guijarros, despojos arrojados por el mar sobre la playa, escorias que crepitan como los residuos de las hullas en los hornos. Ninguna otra luz más que la vaga y vacilante de la linterna del perro Hurzof. A veces la erupción en llamas del Vanglor, en medio de las cuales parecen retorcerse extravagantes siluetas. No se sabe qué hay en el fondo de esos insondables cráteres. Tal vez las almas del mundo subterráneo que se volatilizan al salir.
El doctor y la vieja siguen el contorno de las pequeñas bahías del litoral. El mar está teñido de un blanco lívido, blanco de duelo, y chispea al atacar la línea fosforescente de la resaca, que parece verter gusanos de luz al extenderse sobre la playa.
Ambos suben así hasta el recodo del camino, entre las dunas, cuyas atochas y juncos entrechocan con ruido de bayonetas. El perro se aproxima a su amo y aparece querer decirle: «¡Vamos! ¡Ciento veinte fretzers para encerrarlos en el arca! ¡Así se hace fortuna! ¡Una fanega más que agregar al cercado de la vida! ¡Un plato más en la cena de la noche! ¡Una empanada más para el fiel Hurzof! ¡Cuidemos a los enfermos ricos, y cuidémoslos... por su bolsa!»
En aquel momento la vieja se detiene. Muestra con su tembloroso dedo una luz rojiza en la oscuridad. Es la casa de Vort Kartif, el hornero.
-¿Allí? -dice el doctor.
-Sí -responde la vieja.
-¡Harrahuau! -ladra el perro Hurzof.
De repente truena el Vanglor, conmovido hasta los contrafuertes de su base. Un haz de fuliginosas llamas asciende al cielo, agujereando las nubes.
El doctor Trifulgas rueda por el suelo. Jura como un cristiano, se levanta y mira.
La vieja ya no está detrás de él. ¿Ha desaparecido en alguna grieta del terreno, o ha volado a través del frotamiento de las brumas?
En cuanto al perro, allí está, de pie sobre sus patas traseras, con la boca abierta y la linterna apagada.
-¡Adelante! -murmura el doctor Trifulgas.
Ha recibido sus ciento veinte fretzers y, como hombre honrado que es, tiene que ganarlos.
VI
Sólo se ve un punto luminoso, a una distancia de medio kertse.
Es la lámpara del moribundo, del muerto tal vez.
Es, sin duda, la casa del hornero. La abuela la ha señalado con el dedo. No hay error posible.
En medio de los silbadores Frritts, de los crepitantes Flaccs, del ruido sordo y confuso de la tormenta, el doctor Trifulgas avanza a pasos apresurados.
A medida que avanza la casa se dibuja mejor, aislada como está en medio de la landa.
Es singular la semejanza que tiene con la del doctor, con el Seis-Cuatro de Luktrop, la misma disposición de ventanas en la fachada, la misma puertecita centrada.
El doctor Trifulgas se apresura tanto como se lo permite la ráfaga. La puerta está entreabierta; no hay más que empujarla. La empuja, entra, y el viento la cierra brutalmente tras él.
El perro Hurzof, fuera, aúlla, callándose por intervalos, como los chantres entre los versículos de un salmo de las Cuarenta Horas.
¡Es extraño! Diríase que el doctor ha vuelto a su propia casa. Sin embargo, no se ha extraviado.
No ha dado un rodeo que le haya conducido al punto de partida. Se halla sin lugar a dudas en Val Karniú, no en Luktrop. No obstante, el mismo corredor bajo y abovedado, la misma escalera de caracol de madera, gastada por el roce de las manos.
Sube, llega a la puerta de la habitación de arriba. Por debajo se filtra una débil claridad, como en el Seis-Cuatro.
¿Es una alucinación? A la vaga luz reconoce su habitación, el canapé amarillo, a la derecha el cofre de viejo peral, a la izquierda el arca ferrada donde pensaba depositar sus ciento veinte fretzers. Aquí su sillón con orejeras de cuero, allí su mesa de retorcidas patas, y encima, junto a la lámpara que se extingue, su Códex, abierto en la página 197.
-¿Qué me pasa? -murmura.
-¿Qué tiene? ¡Miedo! Sus pupilas están dilatadas, su cuerpo contraído. Un sudor helado enfría su piel, sobre la cual siente correr rápidas horripilaciones.
¡Pero apresúrate! ¡Falta aceite, la lámpara va a extinguirse, el moribundo también!
¡Sí! Allí está el lecho, su lecho de columnas, con su pabellón tan largo como ancho, cerrado por cortinas con dibujos de grandes ramajes. ¿Es posible que aquélla sea la cama de un miserable hornero?
Con mano temblorosa, el doctor Trifulgas agarra las cortinas. Las abre. Mira.
El moribundo, con la cabeza fuera de las ropas, permanece inmóvil, como a punto de dar su último suspiro.
El doctor se inclina sobre él...
¡Ah! ¡Qué grito escapa de su garganta, al cual responde, desde fuera, el siniestro aullido de su perro!
¡El moribundo no es el hornero Vort Kartif...! ¡Es el doctor Trifulgas...! Es él mismo, atacado de congestión: ¡él mismo! Una apoplejía cerebral, con brusca acumulación de serosidades en las cavidades del cerebro, con parálisis del cuerpo en el lado opuesto a aquel en que se encuentra la lesión.
¡Sí! ¡Es él quien ha venido a buscarlo, por quien han pagado ciento veinte fretzers! ¡Él, que por dureza de corazón se negaba a asistir al hornero pobre!
¡Él, el que va a morir! El doctor Trifulgas está como loco. Se siente perdido. Las consecuencias crecen de minuto en minuto. No sólo todas las funciones de relación se están suprimiendo en él, sino que de un momento a otro van a cesar los movimientos del corazón y de la respiración. Y, a pesar de todo, ¡aún no ha perdido por completo el conocimiento de sí mismo!
¿Qué hacer? ¿Disminuir la masa de la sangre mediante una emisión sanguínea? El doctor Trifulgas es hombre muerto si vacila...
Por aquel tiempo aún se sangraba y, como al presente, los médicos curaban de la apoplejía a todos aquellos que no debían morir.
El doctor Trifulgas agarra su bolsa, saca la lanceta y pincha la vena del brazo de su doble; la sangre no acude a su brazo. Le da enérgicas fricciones en el pecho: el juego del suyo se detiene. Le abrasa los pies con piedras candentes: los suyos se hielan.
Entonces su doble se incorpora, se agita, lanza un estertor supremo...
Y el doctor Trifulgas, pese a todo cuanto pudo inspirarle la ciencia, se muere entre sus manos.
¡Frritt! ¡Flacc...!
VII
A la mañana siguiente no se encontró más que un cadáver en la casa del Seis-Cuatro: el del doctor Trifulgas.
Lo colocaron en un féretro y fue conducido con gran pompa al cementerio de Luktrop, junto a tantos otros a quienes él había enviado según su fórmula.
En cuanto al viejo Hurzof, se dice que, desde aquel día, recorre sin cesar la landa, con la linterna encendida en la boca, aullando como un perro perdido.
Yo no sé si es así; ¡pero pasan cosas tan raras en el país de Volsinia, precisamente en los alrededores de Luktrop!
Por otra parte, se los repito, no busquen esta villa en el mapa, Los mejores geógrafos aún no han podido ponerse de acuerdo sobre su situación en latitud, ni siquiera en longitud.
FIN
Julio Verne
I
¡Frritt...!, es el viento que se desencadena.
¡Flacc...!, es la lluvia que cae a torrentes.
La mugiente ráfaga encorva los árboles de la costa volsiniana, y va a estrellarse contra el flanco de las montañas de Crimma. Las altas rocas del litoral están incesantemente roídas por las olas del vasto mar del Megalocride.
¡Frritt...! ¡Flacc...!
En el fondo del puerto se oculta el pueblecillo de Luktrop.
Algunos centenares de casas, con verdes miradores que apenas las defienden contra los fuertes vientos. Cuatro o cinco calles empinadas, más barrancos que vías, empedradas con guijarros, manchadas por las escorias que proyectan los conos volcánicos del fondo. El volcán no está lejos: el Vanglor. Durante el día, sus emanaciones se esparcen bajo la forma de vapores sulfurosos. Por la noche, de tanto en tanto, se producen fuertes erupciones de llamas. Como un faro, con un alcance de ciento cincuenta kilómetros, el Vanglor señala el puerto de Luktrop a los buques de cabotaje, barcos de pesca y transbordadores cuyas rodas cortan las aguas del Megalocride.
Al otro lado de la villa se amontonan algunas ruinas de la época crimmeriana. Tras un arrabal de aspecto árabe, una kasbah de blancas paredes, techos redondos y azoteas devoradas por el sol. Es un cúmulo de piedras arrojadas al azar, un verdadero montón de dados cuyos puntos hubieran sido borrados por la pátina del tiempo.
Entre todos ellos se destaca el Seis-Cuatro, nombre dado a una construcción extraña, de techo cuadrado, con seis ventanas en una cara y cuatro en la otra.
Un campanario domina la villa: el campanario cuadrado de Santa Philfilene, con campanas suspendidas del grosor de los muros, que el huracán hace resonar algunas veces. Mala señal. Cuando esto sucede, los habitantes tiemblan.
Esto es Luktrop. Unas cuantas moradas, miserables chozas esparcidas en la campiña, en medio de retamas y brezos, passim, como en Bretaña. Pero no estamos en Bretaña. ¿Estamos en Francia? No lo sé. ¿En Europa? Lo ignoro.
De todos modos, no busquen Luktrop en el mapa, ni siquiera en el atlas de Stieler.
II
¡Froc...! Un discreto golpe resuena en la estrecha puerta del Seis-Cuatro, abierta en el ángulo izquierdo de la calle Messagliere.
Es una casa de las más confortables, si esa palabra tiene algún sentido en Luktrop; una de las más ricas, si el ganar un año por otro algunos miles de fretzers constituye alguna riqueza.
Al froc ha respondido uno de esos ladridos salvajes, en los que hay algo de aullido, y que recuerdan el ladrido del lobo. Luego se abre, por encima de la puerta del Seis-Cuatro, una ventana de guillotina.
-¡Al diablo los importunos! -dice una voz que revela mal humor.
Una jovencita, tiritando bajo la lluvia, envuelta en una mala capa, pregunta si el doctor Trifulgas está en casa.
-¡Está o no está, según!
-Vengo porque mi padre se está muriendo.
-¿Dónde se muere?
-En Val Karniu, a cuatro kertses de aquí.
-¿Y se llama...?
-Von Kartif.
III
El doctor Trifulgas es un hombre duro. Poco compasivo, no curaba si no era a cambio, y eso por adelantado. Su viejo Hurzof, mestizo de bulldog y faldero, tiene mas corazón que él. La casa del Seis-Cuatro inhospitalaria para los pobres, no se abre nada más que para los ricos. Además, hay una tarifa: tanto por una tifoidea, tanto por una congestión, tanto por una pericarditis, tanto por cualquier de las otras enfermedades que los médicos inventan por docenas. ¿Por qué tiene que molestarse en una noche como aquella al doctor Trifulgas?
-¡Sólo el haberme hecho levantar vale ya diez fretzers! -murmuró al acostarse de nuevo.
Apenas han transcurrido veinte minutos cuando el llamador de hierro vuelve a golpear la puerta del Seis-Cuatro.
El doctor abandona gruñendo su caliente lecho y se asoma a la ventana.
-¿Quién va? -grita.
-Soy yo: la mujer de Vort Kartif.
-¿El hornero de Val Karniu?
-¡Sí! ¡Y si usted se niega a venir, morirá!
-¡Pues bien, te quedarás viuda!
-Aquí traigo veinte fretzers...
-¡Veinte fretzers por ir hasta Val Karniu, a cuatro kertser de aquí!
-¡Por caridad!
-¡Vete al diablo!
Y la ventana vuelve a cerrarse.
"Veinte fretzers! ¡Bonito hallazgo! ¡Arriesgarse a un catarro o a unas agujetas por veinte fretzers, sobre todo cuando mañana me esperan en Kiltreno, en casa del rico Edzingov, el gotoso, cuya gota me representa cincuenta fretzers por cada visita!"
Pensando en esta agradable perspectiva, el doctor Trifulgas vuelve a dormirse más profundamente que antes.
IV
¡Frritt...! ¡Flacc...! Y luego: ¡froc...¡froc...! ¡froc...!
A la ráfaga se le han unido esta vez tres aldabonazos, aplicados por una mano más decidida.
El doctor duerme. Finalmente se despierta..., ¡pero de qué humor!
Al abrir la ventana, el huracán penetra como un saco de metralla.
-Es por el hornero...
-¿Aún ese miserable?
-¡Soy su madre!
-¡Que la madre, la mujer y la hija revienten con él!
-Ha sufrido un ataque..
-¡Pues que se defienda!
-Nos han enviado algún dinero -señala la vieja-. Un adelanto sobre la venta de la casa a Dontrup, el de la calle Messagliere. ¡Si usted no acude, mi nieta no tendrá padre, mi hija no tendrá esposo y yo no tendré hijo...!
Es a la vez conmovedora y terrible oír la voz de aquella anciana, pensar que el viento hiela la sangre en sus venas y que la lluvia cala sus huesos.
-¡Un ataque cuesta doscientos fretzers! -responde el desalmado Trifulgas.
-¡Sólo tenemos ciento veinte!
-¡Buenas noches!
Y la ventana vuelve a cerrarse.
Pero, mirándolo bien, ciento veinte fretzers por hora y media de camino, más media hora de visita, hacen sesenta fretzers la hora, un fretzers por minuto. Poco beneficio, pero tampoco para desdeñar.
En vez de volverse a acostar, el doctor se envuelve en su vestido de lana, se introduce en sus grandes botas impermeables, se cubre con su holopanda de bayeta, y con su gorro de piel en la cabeza y sus manoplas en las manos, deja encendida la lámpara cerca de su Códex, abierto en la página 197, y empujando la puerta del Seis-Cuatro se detiene en el umbral.
La vieja aun sigue allí, apoyada en su bastón, descarnada por sus ochenta años de miseria.
-¿Los ciento veinte fretzers...?
-¡Aquí están, y que Dios se los devuelva centuplicados!
-¡Dios! ¡El dinero de Dios! ¿Hay alguien acaso que haya visto de qué color es?
El doctor silba a Hurzof y, colocándole una linterna en la boca, emprende el camino. La vieja lo sigue.
V
¡Qué tiempo de Frritts y de Flaccs! Las campanas de Santa Philfilene se han puesto en movimiento a impulsos de la borrasca. Mala señal. ¡Bah! El doctor Trifulgas no es supersticioso, no cree en nada, ni siquiera en su ciencia, excepto en lo que le produce.
¡Qué tiempo! Pero también, ¡qué camino! Guijarros y escorias; guijarros, despojos arrojados por el mar sobre la playa, escorias que crepitan como los residuos de las hullas en los hornos. Ninguna otra luz más que la vaga y vacilante de la linterna del perro Hurzof. A veces la erupción en llamas del Vanglor, en medio de las cuales parecen retorcerse extravagantes siluetas. No se sabe qué hay en el fondo de esos insondables cráteres. Tal vez las almas del mundo subterráneo que se volatilizan al salir.
El doctor y la vieja siguen el contorno de las pequeñas bahías del litoral. El mar está teñido de un blanco lívido, blanco de duelo, y chispea al atacar la línea fosforescente de la resaca, que parece verter gusanos de luz al extenderse sobre la playa.
Ambos suben así hasta el recodo del camino, entre las dunas, cuyas atochas y juncos entrechocan con ruido de bayonetas. El perro se aproxima a su amo y aparece querer decirle: «¡Vamos! ¡Ciento veinte fretzers para encerrarlos en el arca! ¡Así se hace fortuna! ¡Una fanega más que agregar al cercado de la vida! ¡Un plato más en la cena de la noche! ¡Una empanada más para el fiel Hurzof! ¡Cuidemos a los enfermos ricos, y cuidémoslos... por su bolsa!»
En aquel momento la vieja se detiene. Muestra con su tembloroso dedo una luz rojiza en la oscuridad. Es la casa de Vort Kartif, el hornero.
-¿Allí? -dice el doctor.
-Sí -responde la vieja.
-¡Harrahuau! -ladra el perro Hurzof.
De repente truena el Vanglor, conmovido hasta los contrafuertes de su base. Un haz de fuliginosas llamas asciende al cielo, agujereando las nubes.
El doctor Trifulgas rueda por el suelo. Jura como un cristiano, se levanta y mira.
La vieja ya no está detrás de él. ¿Ha desaparecido en alguna grieta del terreno, o ha volado a través del frotamiento de las brumas?
En cuanto al perro, allí está, de pie sobre sus patas traseras, con la boca abierta y la linterna apagada.
-¡Adelante! -murmura el doctor Trifulgas.
Ha recibido sus ciento veinte fretzers y, como hombre honrado que es, tiene que ganarlos.
VI
Sólo se ve un punto luminoso, a una distancia de medio kertse.
Es la lámpara del moribundo, del muerto tal vez.
Es, sin duda, la casa del hornero. La abuela la ha señalado con el dedo. No hay error posible.
En medio de los silbadores Frritts, de los crepitantes Flaccs, del ruido sordo y confuso de la tormenta, el doctor Trifulgas avanza a pasos apresurados.
A medida que avanza la casa se dibuja mejor, aislada como está en medio de la landa.
Es singular la semejanza que tiene con la del doctor, con el Seis-Cuatro de Luktrop, la misma disposición de ventanas en la fachada, la misma puertecita centrada.
El doctor Trifulgas se apresura tanto como se lo permite la ráfaga. La puerta está entreabierta; no hay más que empujarla. La empuja, entra, y el viento la cierra brutalmente tras él.
El perro Hurzof, fuera, aúlla, callándose por intervalos, como los chantres entre los versículos de un salmo de las Cuarenta Horas.
¡Es extraño! Diríase que el doctor ha vuelto a su propia casa. Sin embargo, no se ha extraviado.
No ha dado un rodeo que le haya conducido al punto de partida. Se halla sin lugar a dudas en Val Karniú, no en Luktrop. No obstante, el mismo corredor bajo y abovedado, la misma escalera de caracol de madera, gastada por el roce de las manos.
Sube, llega a la puerta de la habitación de arriba. Por debajo se filtra una débil claridad, como en el Seis-Cuatro.
¿Es una alucinación? A la vaga luz reconoce su habitación, el canapé amarillo, a la derecha el cofre de viejo peral, a la izquierda el arca ferrada donde pensaba depositar sus ciento veinte fretzers. Aquí su sillón con orejeras de cuero, allí su mesa de retorcidas patas, y encima, junto a la lámpara que se extingue, su Códex, abierto en la página 197.
-¿Qué me pasa? -murmura.
-¿Qué tiene? ¡Miedo! Sus pupilas están dilatadas, su cuerpo contraído. Un sudor helado enfría su piel, sobre la cual siente correr rápidas horripilaciones.
¡Pero apresúrate! ¡Falta aceite, la lámpara va a extinguirse, el moribundo también!
¡Sí! Allí está el lecho, su lecho de columnas, con su pabellón tan largo como ancho, cerrado por cortinas con dibujos de grandes ramajes. ¿Es posible que aquélla sea la cama de un miserable hornero?
Con mano temblorosa, el doctor Trifulgas agarra las cortinas. Las abre. Mira.
El moribundo, con la cabeza fuera de las ropas, permanece inmóvil, como a punto de dar su último suspiro.
El doctor se inclina sobre él...
¡Ah! ¡Qué grito escapa de su garganta, al cual responde, desde fuera, el siniestro aullido de su perro!
¡El moribundo no es el hornero Vort Kartif...! ¡Es el doctor Trifulgas...! Es él mismo, atacado de congestión: ¡él mismo! Una apoplejía cerebral, con brusca acumulación de serosidades en las cavidades del cerebro, con parálisis del cuerpo en el lado opuesto a aquel en que se encuentra la lesión.
¡Sí! ¡Es él quien ha venido a buscarlo, por quien han pagado ciento veinte fretzers! ¡Él, que por dureza de corazón se negaba a asistir al hornero pobre!
¡Él, el que va a morir! El doctor Trifulgas está como loco. Se siente perdido. Las consecuencias crecen de minuto en minuto. No sólo todas las funciones de relación se están suprimiendo en él, sino que de un momento a otro van a cesar los movimientos del corazón y de la respiración. Y, a pesar de todo, ¡aún no ha perdido por completo el conocimiento de sí mismo!
¿Qué hacer? ¿Disminuir la masa de la sangre mediante una emisión sanguínea? El doctor Trifulgas es hombre muerto si vacila...
Por aquel tiempo aún se sangraba y, como al presente, los médicos curaban de la apoplejía a todos aquellos que no debían morir.
El doctor Trifulgas agarra su bolsa, saca la lanceta y pincha la vena del brazo de su doble; la sangre no acude a su brazo. Le da enérgicas fricciones en el pecho: el juego del suyo se detiene. Le abrasa los pies con piedras candentes: los suyos se hielan.
Entonces su doble se incorpora, se agita, lanza un estertor supremo...
Y el doctor Trifulgas, pese a todo cuanto pudo inspirarle la ciencia, se muere entre sus manos.
¡Frritt! ¡Flacc...!
VII
A la mañana siguiente no se encontró más que un cadáver en la casa del Seis-Cuatro: el del doctor Trifulgas.
Lo colocaron en un féretro y fue conducido con gran pompa al cementerio de Luktrop, junto a tantos otros a quienes él había enviado según su fórmula.
En cuanto al viejo Hurzof, se dice que, desde aquel día, recorre sin cesar la landa, con la linterna encendida en la boca, aullando como un perro perdido.
Yo no sé si es así; ¡pero pasan cosas tan raras en el país de Volsinia, precisamente en los alrededores de Luktrop!
Por otra parte, se los repito, no busquen esta villa en el mapa, Los mejores geógrafos aún no han podido ponerse de acuerdo sobre su situación en latitud, ni siquiera en longitud.
FIN
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)