domingo, 24 de octubre de 2010

Tarea

Instrucciones para el 101: realizar un resumen del siguiente cuento para el miércoles antes de gastronimía lo revisaré. hoja reciclada, arial 12.

Para Elisa

Luis Llamas

El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.
Proverbio italiano


Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.

Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.


La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven ya, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.

La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.

El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.

A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, más bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, más bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.



Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponía alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.

La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?

Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?

Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.

viernes, 15 de octubre de 2010

Cuento para el 101 y 301

Instrucciones para el 101:

1.Del siguiente cuento, redacta las ideas principales, es decir, estructura un resumen para tener la información requerida.

2.Escribe un ejemplo de denotativo y un ejemplo de connotativo.

Fecha de entrega, lunes 18 de octubre de 2010. En hojas blancas (recicladas) letra Arial número 12 ambos trabajos.


Conducta en los velorios

Julio Cortázar

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

domingo, 3 de octubre de 2010

cuento para el 101 y 301

La gallina degollada
Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí...! ¡sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitió el proceso de los dos mayores.

Más, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste...?
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma... —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.