miércoles, 25 de agosto de 2010

Tarea para el 101

Instrucciones: bajar de internet los siguientes textos: científico, filosófico, de divulgación y escolar; pegar cada texto en la libreta. Recuerda que cada texto debe tener la cita. Fecha de entrega 30 de agosto a las 2pm.

Leer el siguiente cuento que se dialogará en clase, se verificará la participación.

Almuerzo y dudas
Mario Benedetti

El hombre se detuvo frente a la vidriera, pero su atención no fue atraída por el alegre maniquí sino por su propio aspecto reflejado en los cristales. Se ajustó la corbata, se acomodó el gacho. De pronto vio la imagen de la mujer junto a la suya.
-Hola, Matilde -dijo y se dio vuelta.
La mujer sonrió y le tendió la mano.
-No sabía que los hombres fueran tan presumidos. Él se rió, mostrando los dientes.
-Pero a esta hora -dijo ella- usted tendría que estar trabajando. -Tendría. Pero salí en comisión.
Él le dedicó una insistente mirada de reconocimiento, de puesta al día.
-Además -dijo- estaba casi seguro de que usted pasaría por aquí.
-Me encontró por casualidad. Yo no hago más este camino. Ahora suelo bajarme en Convención.
Se alejaron de la vidriera y caminaron juntos. Al llegar a la esquina, esperaron la luz verde. Después cruzaron.
-¿Dispone de un rato? -preguntó él. -Sí.
-¿Le pido entonces que almuerce conmigo? ¿O también esta vez se va a negar?
-Pídamelo. Claro que... no sé si está bien.
Él no contestó. Tomaron por Colonia y se detuvieron frente a un restorán. Ella examinó la lista, con más atención de la que merecía.
-Aquí se come bien -dijo él.
Entraron. En el fondo había una mesa libre. Él la ayudó a quitarse el abrigo.
Después de examinarlos durante unos minutos, el mozo se acercó. Pidieron jamón cocido y que marcharan dos churrascos. Con papas fritas. -¿Qué quiso decir con que no sabe si está bien?
-Pavadas. Eso de que es casado y qué sé yo.
-Ah.
Ella puso manteca sobre la mitad de un pancito marsellés. En la mano derecha tenía una mancha de tinta.
-Nunca hemos conversado francamente --dijo-. Usted y yo. -Nunca. Es tan difícil. Sin embargo, nos hemos dicho muchas veces las mismas cosas.
-¿No le parece que sería el momento de hablar de otras? ¿O de las mismas, pero sin engañarnos?
Pasó una mujer hacia el fondo y saludó. Él se mordió los labios. -¿Amiga de su mujer? -preguntó ella.
-Sí.
-Me gustaría que lo rezongaran.
Él eligió una galleta y la partió, con el puño cerrado. -Quisiera conocerla -dijo ella.
-¿A quién? ¿A esa que pasó?
-No. A su mujer.
Él sonrió. Por primera vez, los músculos de la cara se le aflojaron. -Amanda es buena. No tan linda como usted, claro.
-No sea hipócrita. Yo sé como soy. -Yo también sé como es.
Él mozo trajo el jamón. Miró a ambos inquisidoramente y acarició la servilleta. «Gracias», dijo él, y el mozo se alejó.
-¿Cómo es estar casado? -preguntó ella. Él tosió sin ganas, pero no dijo nada. Entonces ella se miró las manos.
-Debía haberme lavado. Mire qué mugre...
La mano de él se movió sobre el mantel hasta posarse sobre la mancha.
-Ya no se ve más.
Ella se dedicó a mirar el plato y él entonces retiró la mano.
-Siempre pensé que con usted me sentiría cómoda -dijo la mujer-, que podría hablar sencillamente, sin darle una imagen falsa, una espec;.e de foto retocada.
-Y a otras personas, ¿les da esa imagen falsa?
-Supongo que sí.
-Bueno, esto me favorece, ¿verdad?
-Supongo que sí.
Él se quedó con el tenedor a medio camino. Luego mordió el trocito de jamón.
-Prefiero la foto sin retoques.
-¿Para qué?
-Dice «¿para qué?» como si sólo dijera «¿por qué?», con el mismo tonito de inocencia.
Ella no dijo nada.
-Bueno, para verla -agregó él-. Con esos retoques ya no sería usted.
-¿Y eso importa?
-Puede importar.
El mozo llevó los platos, demorándose. El pidió agua mineral. «¿Con limón?» «Bueno, con limón.»
-La quiere, ¿eh? -preguntó ella. -¿A Amanda?
-Sí.
-Naturalmente. Son nueve años.
-No sea vulgar. ¿Qué tienen que ver los años?
-Bueno, parece que usted también cree que los años convierten el amor en costumbre.
-¿Y no es así?
-Es. Pero no significa un punto en contra, como usted piensa.
Ella se sirvió agua mineral. Después le sirvió a él.
-¿Qué sabe usted de lo que yo pienso? Los hombres siempre se creen psicólogos, siempre están descubriendo complejos.
Él sonrió sobre el pan con manteca.
-No es un punto en contra --dijo- porque el hábito también tiene su fuerza. Es muy importante para un hombre que la mujer le planche las camisas como a él le gustan, o no le eche al arroz más sal de la que conviene, o no se ponga guaranga a media noche, justamente cuando uno la precisa.
Ella se pasó la servilleta por los labios que tenía limpios.
-En cambio a usted le gusta ponerse guarango al mediodía.
Él optó por reírse. El mozo se acercó con los churrascos, recomendó que hicieran un tajito en la carne a ver si estaba cruda, hizo un comentario sobre las papas fritas y se retiró con una mueca que hacía quince años había sido sonrisa.
-Vamos, no se enoje -dijo él-. Quise explicarle que el hábito vale por sí mismo, pero también influye en la conciencia.
-¿Nada menos?
-Fíjese un poco. Si uno no es un idiota, se da cuenta de que la costumbre conyugal lava de a poco el interés.
-¡Oh!
-Que uno va tomando las cosas con cierta desaprensión, que la novedad desaparece, en fin, que el amor se va encasillando cada vez más en fechas, en gestos, en horarios.
-¿Y eso está mal?
-Realmente, no lo sé.
-¿Cómo? ¿Y la famosa conciencia?
-Ah, sí. A eso iba. Lo que pasa es que usted me mira y me distrae.
-Bueno, le prometo mirar las papas fritas.
-Quería decir que, en el fondo, uno tiene noticias de esa mecanización, de ese automatismo. Uno sabe que una mujer como usted, una mujer que es otra vez lo nuevo, tiene sobre la esposa una ventaja en cierto modo desleal.
Ella dejó de comer y depositó cuidadosamente los cubiertos sobre el plato.
-No me interprete mal -dijo él-. La esposa es algo conocido, rigurosamente conocido. No hay aventura, ¿entiende? Otra mujer..
-Yo, por ejemplo.
-Otra mujer, aunque más adelante esté condenada a caer en el hábito, tiene por ahora la ventaja de la novedad. Uno vuelve a esperar con ansia cierta hora del día, cierta puerta que se abre, cierto ómnibus que llega, cierto almuerzo en el Centro. Bah, uno vuelve a sentirse joven, y eso, de vez en cuando, es necesario.
-¿Y la conciencia?
-La conciencia aparece el día menos pensado, cuando uno va a abrir la puerta de calle o cuando se está afeitando y se mira distraídamente en el espejo. No sé si me entiende. Primero se tiene una idea de cómo será la felicidad, pero después se van aceptando correcciones a esa idea, y sólo cuando ha hecho todas las correcciones posibles, uno se da cuenta de que se ha estado haciendo trampas.
«¿Algún postrecito?», preguntó el mozo, misteriosamente aparecido sobre la cabeza de la mujer. «Dos natillas a la española», dijo ella. Él no protestó. Esperó que el mozo se alejara, para seguir hablando.
-Es igual a esos tipos que hacen solitarios y se estafan a sí mismos. -Esa misma comparación me la hizo el verano pasado, en La Floresta. Pero entonces la aplicaba a otra cosa.
Ella abrió la cartera, sacó el espejito y se arregló el pelo. -¿Quiere que le diga qué impresión me causa su discurso? -Bueno.
-Me parece un poco ridículo, ¿sabe?
-Es ridículo. De eso estoy seguro.
-Mire, no sería ridículo si usted se lo dijera a sí mismo. Pero no olvide que me lo está diciendo a mi.
El mozo depositó sobre la mesa las natillas a la española. Él pidió la cuenta con un gesto.
-Mire, Matilde -dijo-. Vamos a no andar con rodeos. Usted sabe que me gusta mucho.
-¿Qué es esto? ¿Una declaración? ¿Un armisticio?
-Usted siempre lo supo, desde el comienzo.
-Está bien, pero, ¿qué es lo que supe?
-Que está en condiciones de conseguirlo todo.
-Ah sí... ¿y quién es todo? ¿Usted?
Él se encogió de hombros, movió los labios pero no dijo nada, después resopló más que suspiró, y agitó un billete con la mano izquierda.
El mozo se acercó con la cuenta y fue dejando el vuelto sobre el platillo, sin perderse ni un gesto, sin descuidar ni una sola mirada. Recogió la propina, dijo «gracias» y se alejó caminando hacia atrás.
-Estoy seguro de que usted no lo va a hacer -dijo él-, pero si ahora me dijera «venga», yo sé que iría. Usted no lo va a hacer, porque lógicamente no quiere cargar con el peso muerto de mi conciencia, y además, porque si lo hiciera no sería lo que yo pienso que es.
Ella fue moviendo la mano manchada hasta posarla tranquilamente sobre la de él. Lo miró fijo, como si quisiera traspasarlo.
-No se preocupe -dijo, después de un silencio, y retiró la mano-. Por lo visto usted lo sabe todo.
Se puso de pie y él la ayudó a ponerse el abrigo. Cuando salían, el mozo hizo una ceremoniosa inclinación de cabeza. Él la acompañó hasta la esquina. Durante un rato estuvieron callados. Pero antes de subir al ómnibus, ella sonrió con los labios apretados, y dijo: «Gracias por la comida. » Después se fue.

jueves, 19 de agosto de 2010

Tarea para el 101


¡Bienvenidos alumnos del 101!
Instrucciones para el 101:

Después de leer el cuento, en una hoja blanca (reciclada) realizar un final alterno o diferente para la historia del Hada Azul, letra arial 12 a 1.5 espacios, sin portada, sólo coloca tu nombre en el margen derecho superior.
Extensión, media cuartilla.
Fecha de entrega: lunes 23 de agosto a las 14:00 horas.

El Hada azul
Jesús Morgade

¿Cómo que ya no hay comida? Es que ustedes son un barril sin fondo, porque no hay comida que los llene. Y ahora ¿qué voy a hacer? No tenemos dinero y su padre no creo que nos mande nada hasta el mes que entra.
—Mami —dijo tímidamente Noemí— mañana tengo que llevar mi disfraz para la obra, porque si no la maestra me va a reprobar.
—¡Además de todo! Como si el dinero se diera en los árboles —dijo Rosaura con desesperación— ¿y de qué se supone que tienes que ir vestida?
—De hada.
—¡Ah, bueno, menos mal. Por ahí tengo un disfraz de cuando la Meche estaba en la secundaria, yo creo que si te queda.

Rosaura comenzó a sacar toda la ropa que estaba en el ropero desvencijado, buscando un viejo vestido metido en una bolsa de supermercado. —¡Aquí está! Ya lo encontré —gritó a sus hijos que entraron corriendo al lugar. Ella sacó el contenido, era un viejo vestido azul, con unas mallas del mismo color y unas pequeñas alas de tul azul, desteñido por los años y un poco maltratadas. Ella las tomó con suavidad para volverlas a su condición original. Bastaba con zurcir algunas pequeñas roturas que se habían hecho en la tela y estarían listas para volver a ser utilizadas. De pronto su rostro se iluminó.

—¿Dónde está la diadema con antenitas que te compré el otro día en el mercado? —preguntó a su hija y antes de que la niña pudiera responder, exigió— tráela, rápido.

Mientras la niña corría a buscar aquel artículo, Rosaura se puso las mallas y el vestido. Se sorprendió al ver lo bien que le quedaban después de tanto tiempo. Se acomodó las alas a la espalda y se peinó con unas coletas como cuando iba a la escuela. Cuando Noemí entró en el cuarto, apenas hizo caso a los reclamos de la niña, tomó la diadema y se la puso. Luego tomó el estuche maquillaje que le había comprado a su hija, sacó el brillo con diamantina y se puso unos cuantos toques en la cara. Fue rápido a la cocina, y tomó una cubeta, la forró con papel aluminio. El último toque para que su disfraz quedara completo, fue una varita con una estrella azul en la punta, que estaba arrumbada en un rincón del ropero. Se miró al espejo. El resultado le gustó.

Tomó algunos libros y cuadernos y advirtió a sus hijos que, cuando regresara, los quería trabajando haciendo la tarea y que no quería ninguna queja de doña Meche, la vecina, que se encargaría de ellos por algunas horas.

—Ora tú, ¿qué mosca te picó? —dijo la anciana cuando la vio entrar a su casa.
—Las cosas que una tiene que hacer por culpa de la crisis. Y lo peor es que Germán no me ha mandado ni un quinto, pa’ mi que ya hasta tiene otra allá en el otro lado y ni se acuerda que hay que darles de comer a los hijos y, ni modo, a pedir limosna. ¡Hay se los encargo un rato! Ya ve que ni lata dan. Con que saque lo de la comida de hoy, me doy por bien servida.

Salió a la calle, evitando la mirada de los transeúntes, sintiendo cómo le ardía la cara por la vergüenza. Lo peor fue el metro, ¡y en hora pico! Sólo pedía que, entre los que entraban y los que salían, no le arrancaran las alas, porque no podría reponerlas. La cubeta era lo de menos, pero no las alas.

Cuando salió de la estación Bellas Artes, se quitó las alas. Un poco arrugadas, nada que no se pudiera reparar. Comenzó a deambular por la Alameda Central, un poco para aprender el oficio, y otro poco para buscar un lugar donde ponerse. En una de las esquinas estaba un hombre todo pintado de gris metálico. Le hacía de un hombre de lata, tenía una caja a los pies, y si alguien quería que se moviera, ponía una moneda en ella. Ese era el secreto. Quiso ponerse a un lado, pero pronto recibió una tremenda reprimenda.

—Oye mariposita, este lugar ya está apartado.

—Hay mucho espacio, no seas gacho, necesito dinero pa´ darle de comer a mis hijos.
—Y yo a los míos y no hay espacio. Vete pa’llá, que me espantas los clientes.

A Rosaura no le quedó más que caminar hacia la calle Hidalgo, pero con tanto ambulante, no le quedaba ningún espacio. Decidió caminar hacia las fuentes. No había lugar, pues aparentemente a todos en la ciudad les había dado por vender algo, desde garnachas, hasta pulseritas hechas con estambre de colores. Y para colmo se estaba haciendo tarde y parecía que iba a llover.

Llegó al Hemiciclo a Juárez. Una manifestación, como siempre. Diez paleros gritando consignas en contra del gobierno, agitando pancartas y repartiendo volantes. Decidió que era un buen lugar para establecerse, a pesar del escándalo. Puso un mantelito en el piso, justo al lado de la cubeta; se subió en su improvisado pedestal y puso cara de muñequita de porcelana.

Su corazón latía rápidamente, no sabía exactamente qué iba a hacer, pero algo se le ocurriría. Un grito agudo la sacó de sus pensamientos.

—Mira, mami, una hadita. Yo quiero verla.
—Pues vela —dijo la madre con un dejo de sarcasmo.

La niña se acercó. Rosaura temblaba mientras repasaba mentalmente su improvisado plan. Daría unas cuantas vueltas en la cubeta, luego movería la varita como loca y después le arrojaría a la niña un poco de diamantina y le diría con la vocecita de Campanita “que se concedan todos tus deseos” y volvería a su posición original. Si, era lo más fácil. Además era una niña; las niñas se creen lo que sea.

—¿Por qué no hace nada? —preguntó la niña. —Porque no has echado la monedita mágica —pensó socarronamente Rosaura. La madre de la niña respondió a sus pensamientos —porque hay que ponerle una moneda para que se mueva.
—¿De cuánto tiene que ser la moneda? —dijo la niña mientras buscaba en su bolsita. Rosaura, desesperada, y sin perder la sonrisa, decía para sus adentros: lo que sea es bueno, pero échala ya.
—De lo que quieras, hijita. —dijo condescendiente la madre. La pequeña tomó una moneda de cinco pesos y la arrojó al mantelito. A Rosaura se le iluminó el rostro y ya comenzaba a hacer cuentas, cuando la señora gritó: —No, esa no, mejor esta. La niña, obediente, tomó la moneda de cinco pesos y dejó una de a peso en su lugar. Rosaura miró de reojo a la señora y no pudo evitar un “mugrosa vieja tacaña” que, para su fortuna, nadie escuchó. Sin embargo, como ya estaba depositado el dinero, tuvo que realizar su show.

Las horas pasaron. Rosaura estaba cansada de estar haciendo malabares en la cubeta y apenas había juntado lo suficiente para comprarles algo de comer a sus hijos, todavía faltaba para el desayuno del día siguiente. Decidió aguantar un rato más.

Poco a poco las monedas iban cayendo en el mantelito y ella las recogía para que no se vieran muchas y la gente se animara a poner su parte.

Los manifestantes se fueron del lugar. Ya era hora, pensó Rosaura, que estaba harta de su escándalo. La gente pasaba cada vez más deprisa y apenas se detenían a mirarla. Para colmo de males, la lluvia se comenzó a dejar sentir entre los árboles. Era hora de retirarse.

Rosaura recogió el mantelito y puso todo en la cubeta. Contó el dinero recaudado. Había apenas lo suficiente para la comida de sus hijos. Se alejó perdiéndose entre la gente que caminaba hacia el metro. De camino a casa, pasaría a la tienda de Doña Reme para comprar algo de pan y jamón para hacer unas tortas.

Después de todo no le había ido tan mal. Tanto había estado parada en la cubeta, que apenas se acordaba que iba disfrazada. A pesar del cansancio, se sentía satisfecha, casi contenta. Entonces se dio cuenta de que llevaba las alas puestas. Le hubiera gustado comenzar a moverlas y salir volando de aquel lugar.

Pero la magia no existe, y tampoco los milagros. Mañana regresaría nuevamente a intentar ganarse la vida, disfrazada con aquel viejo traje azul.