
Momentos de la filosofía griega
Nos contaba la tía Clarita, que hace mucho, mucho tiempo existió en la antigua Grecia un señor muy rico, pues era comerciante de telas, y pasaba sus ratos de ocio mirando hacia las estrellas, pues quería dilucidar sus misterios. Su nombre era Thales de Mileto. En cierta ocasión, mientras caminaba por el campo, cayó a un pequeño pozo seco. Mientras su esclava lo sacaba de aquel lugar exclamó: es verdad que la altura hacia abajo, siempre es menor que hacia arriba.
Por su casa vivía un hombre, llamado Heráclito, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes de su pueblo, no le había ido muy bien en la vida, pues había renunciado a su mujer cuando ésta no pudo darle hijos, y se quedó solo el resto de su vida. Solía irse a bañar al río que pasaba por un extremo del pueblo. En cierta ocasión vio pasar un manto rojo que, seguramente, se había escapado de alguien más río arriba. Cuando se encaminaba a su casa entendió que nadie se baña dos veces en el mismo río, puesto que el agua fluye siempre en una misma dirección.
Frente a la escuela de Heráclito, había otra que siempre le hizo competencia; que si mis alumnos son mejores, que si saben más de matemáticas, que si aprenden más rápido a dar saltos, etc. El dueño de ésta se llamaba Pitágoras y se le conocía en todo el pueblo porque su firma era un pequeño círculo perfecto, dibujado con los dedos. Era el preferido del rey. Un día le ayudó a resolver un problema de matemáticas bastante difícil, por lo que el monarca le dijo: Eres un sabio. Pitágoras respondió: No, majestad, no soy un sabio sino un filósofo (es decir, que quería ser sabio)
Sócrates era un señor chaparrito y rechoncho, que siempre hacía reír a quienes lo escuchaban con sus ocurrencias. En una ocasión, mientras deambulaba por el templo de Delfos, leyó en una pared una inscripción que decía: Yo sólo sé que no sé nada. Él se volvió a sus compañeros y, sonriendo, les dijo: pero sé más que aquellos que dicen saber.
Uno de sus discípulos, Aristócles, siguiendo los pasos de sus maestros, fundó una escuela llamada Ateneo. Era conocido como Platón, porque tenía la espalda muy ancha y recordaba a este utensilio de cocina (plato). Era un idealista y pensaba que las ideas eran la única realidad que existe en el mundo.
Para Aristóteles, discípulo de Platón, su maestro se estaba volviendo loquito, pues no era posible que algo que no se puede ver, como las ideas, existieran en realidad. Junto con sus peripatéticos, en la Academia (donde también se preparaban para cantar), opinó que lo único que se puede creer es aquello que se puede tocar, mirar, saborear.
Ya saben como son estos señores que creen saberlo todo, pero a la mera hora lo revuelven a uno con tanta palabrería, decía la pobre tía Clarita que, a la luz de las velas, nos contaba todas estas historias. Pero luego llegaron otros señores, santos sacerdotes ellos, que bien que comían, bebían y dormía; pero sabían mucho de la vida de los hombres y, creían ellos, también de Dios.
Agustín, que nació en Hipona al norte de África, fue un rebelde durante gran parte de su vida, y su pobre madre, Mónica, llore que llore porque nomás su hijo no encontraba paz en ningún lugar. Pero, en Milán, conoció a un obispo llamado Ambrosio, que lo puso quieto y lo ordenó sacerdote. Él llegó a ser tan sabio que pensaba que el tiempo no existía en realidad porque el ayer ya pasó, el mañana todavía no es y el presente es una sucesión de pasados y futuros.
Otro sabio varón fue Tomás, de los de Aquino, en Italia. Era un maestro muy sabio, pero muy, muy gordito, tanto que le tuvieron que hacer un redondel a la mesa donde comía para que su gran panza y él pudieran estar juntos en el mismo lugar. Para Tomasito el hombre tiende naturalmente a Dios, pues reconoce en él el inició de su existencia y su fin.
Ya saben cómo es el hombre, decía la tía Clarita, que un día cree en una cosa y otro día en otra. Pues bien, así pasa también con estos sabios. Mientras que Agustín y Tomás creían en Dios, sus vecinos decían que para llegar a la verdad no había nada mejor que la ciencia. Como si la verdad se reconociera nomás porque va pasando por la calle. Pero la tía ya estaba cansada, como todas las personas cuando llegan a una edad avanzada, y nos prometió continuar con las historias otra noche…
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