miércoles, 8 de octubre de 2014

Siempre lo mismo

Con las nuevas tecnologías, las personas, hoy en día, se encuentran más inmersas en un mundo paralelo entre la cotidianidad y las redes sociales, siendo estas últimas un punto importante ya en nuestras vidas. Me refiero con esto al hecho de que ya influyen en todo momento, a todas horas, y en cada segundo. Ya no estamos en paz sin "checar" nuestras redes sociales, y, aunque, ya no exista nada nuevo qué ver, aún así estamos con las ansias de hacerlo. En horabuena, a todos aquellos que "checan" su "face" twitter y otras más en el cine, NO LO HAGA YA!!! todos pagamos por ver la película.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Seguimos....

Seguimos en las letras...

jueves, 28 de junio de 2012

Penales...

España se reivindica con el triunfo en semifinales, ahora, le toca ganar la final, para que, al menos, se levanten los ánimos de la crisis...

viernes, 2 de marzo de 2012

días...

Pasan los días... y qué se ha hecho?

domingo, 12 de junio de 2011

cuento para el 201

La noche de los feos
Mario Benedetti

1

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.

2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN

domingo, 5 de junio de 2011

cuento para el 201

Lluvia ácida

Luis Bermer

Mis ojos sintéticos despiertan en la madrugada. Tan fría, vacía. Más aún desde que sustituí mi horrible carne por implantes ¿Cuántos años perdí siendo un don nadie, un hombre-masa gris? Más rápido, más fuerte. Mi mente vuela tan alto como jamás pude soñar.

Y mis sueños ya no son humanos.

Pienso como el filo de una espada, la eficiencia procesual me dirige y motiva, nada más. Todo depende del proceso primario actual. Todo es el procesamiento presente. El resto son datos almacenados en los bancos de memoria, o metas para las próximas horas. Jamás existió el futuro, sino como imaginación.

A veces me asaltan visiones indescriptibles.

Aún es de noche cuando salgo de la cámara de iones. Siento los pistones bajo los músculos, desplazarme sin la menor sensación de esfuerzo hasta la cocina. Abro la puerta. Contemplo mi obra.

Siempre bebo un vaso de sangre fresca al despertar.

Me visto despacio. Coloco cuidadosamente cada arma en su lugar. La gabardina de cuero blindado es lo último. El mundo es un lugar muerto, pero nos empeñamos en seguir caminándolo. Salgo del edificio a la noche. Llueve. Esa lluvia que permite comer a los fabricantes de piel. Sólo los neones publicitarios encaran la oscuridad, junto a los faros de algún ligero. Hay que estar loco para salir antes del alba, sobre todo desde que emergieron los del subsuelo, esas cosas sin nombre. La parte de mí que desea morir me obliga a esto, la parte que ama vivir se opone; y yo estoy en medio, sin poder hacer nada por finalizar ese conflicto eterno. Dejo que luchen, que gane la más fuerte en ese momento y acepto sus condiciones sin oposición. Es algo asumido.

Voces de otros mundos me hablan. Las dimensiones se abren.

Camino a buen ritmo. No veo a nadie todavía. Las botas se hunden en los charcos, a veces el fondo parece légamo pegajoso, pero no lo es. Recuerdo la luna, ahora oculta para siempre; la echo de menos ¿Saben? Yo era un poeta, cuando tenía alma.

Luna, de muertos poblada.
Mi única amiga.

Ya nunca sabré si realmente tenía un alma; o era simple ilusión, el autoengaño de poseerla. Ya no pierdo el tiempo con esas estupideces. Un relámpago ilumina los edificios semimuertos, al fondo. La piel empieza a escocerme; debo encontrar un refugio temporal, hasta que amaine. Tuerzo por un estrecho callejón, cubierto de basura y restos de chatarra, irreconocibles. Algo se mueve más adelante, oculto a mi vista, bajo los hierros. Algo vivo que me ha oído llegar. Seguro que una de esas malditas cosas.

En efecto, la veo retorcerse para salir al descubierto. Es como una larva blancuzca, nerviosa, con hileras de patas plegadas. Su cabeza es de pez abisal, con dientes largos, finísimos, y los ojos que me miran son los de una persona. Enciendo el filo-sierra en el canto de mi mano, justo antes de que la cosa se proyecte de un salto, a increíble velocidad y con las fauces abiertas, hacia mi cara. La capturo al vuelo, algo impensable sin mis reflejos electrónicos. Se debate en mi mano izquierda, larga, repulsiva, chasqueando las mandíbulas en un intento de engancharme. Me cruzo con su mirada humana, y me apresto a hundir la sierra en su cuerpo. Me salpica un líquido repugnante, al tiempo que su chillido indescriptible resuena por el callejón. Con asco, la arrojo lejos. Y me estremezco al pensar fugazmente en qué otras cosas bullirán allá abajo, en el subsuelo.

Avanzo hasta toparme con una frágil puerta de alambre oxidada. La aparto, medio deshecha, y me encuentro en una especie de pequeño patio de luces entre edificios. Unos curiosos montículos de metal medio fundido tachonan el suelo, desperdigados aquí y allá. En uno de los rincones, al fondo, distingo un enorme montón de chatarra y desperdicios de toda índole; parecen conformar un habitáculo, una precaria chabola, por sus placas en los laterales y una haciendo las veces de techo. Tal vez sea el único lugar donde guarecerme, antes de que la piel me caiga deshecha. En mi fuero interno, la parte que desea vivir reacciona. Camino hacia el rincón, a punto estoy de tropezar, con un pie enredado entre cables medio ocultos. De repente, una de las placas se abre hacia fuera y veo asomar una cabeza encanecida.

–¡Rápido, corre! ¡Pasa, pasa! –me invita con la mano, antes de volver adentro.

Acelero el paso, aceptando la oferta del desconocido. Si me conociera, es seguro que no me habría invitado.

Me agacho para entrar y cierro la plancha tras de mí que, curiosamente, encaja a la perfección; buen refugio. El olor a cerrado es asfixiante, nauseabundo… aunque esperable. El espacio es pequeño y opresivo. Las paredes parecen haber sido recubiertas de una lámina gomosa aislante, que emite un fulgor verdoso fosforescente; alguna clase de pintura, que constituye la única iluminación. El agua no entra, y se mantiene el calor. El anciano yace en un catre casi a ras de suelo, cubierto por una tela parduzca de aspecto asqueroso.

–Sé bienvenido a mi hogar, extraño –me dice, invitándome a acercarme.

Pienso en matarle, pero su sangre ha de ser por fuerza débil. Me siento a su lado y observo sus ojos azules, acuosos, escrutándome; su cuerpo enjuto pero enérgico, su piel casi tan blanca como sus cabellos. Un superviviente nato.

–Gracias por resguardarme de la lluvia, anciano. Estaba a punto de licuarme ahí fuera.

El hombre me mira, como miraban antes los padres a sus hijos cuando llegaban de una borrachera, intentando adivinar qué se agita en la cabeza de este desconocido para él.

–¿Cómo se te ocurre salir de noche? –me pregunta–. Y lloviendo, encima.

–Tenía… tenía que salir. Es algo que no puedo… evitar.

El anciano se estremece en un escalofrío. Se arropa un poco más con su apestosa tela.

–Comprendo. Eres joven, con impulsos propios de joven –susurra, como recordando.

–No… no es eso –respondo, pero no continúo por ahí–. Y soy mucho más viejo de lo que aparento, créame.

Ni siquiera recuerdo ya cuándo nací. Ni cuántas décadas han podido transcurrir desde aquel momento.

–Entonces… imagínate qué podría decirte yo, hijo –Sonríe, mirándome con esos ojos que evocan los mares que ya no existen.

Empiezo a comprender que este anciano fue, es un hombre especial; un vestigio de la humanidad, como era antes de que todo… cambiara. No, no podría matarlo ni aunque lo deseara. Estando a su lado, siento la entrañabilidad renacer en mí otra vez, el afecto, aunque sea como un leve eco entre las entrañas metálicas. Me recuerda lo que fui y ya no soy, ni seré. Pero la ilusión es poderosa, tanto, que me siento plenamente humano de nuevo hablando con él. En este agujero hediondo he encontrado un fugaz paraíso.

Respiro el aire viciado, miro una vez más a mi alrededor. Y la pregunta surge sin pensarla:

–¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí, anciano? Es una buena guarida, bien camuflada.

–Oh sí… Tendría tu edad cuando decidí huir de allá abajo, hacia la superficie. Y lo primero que hice fue buscar el lugar adecuado para construirme el refugio, tal vez lo mejor que haya hecho en mi vida. Y desde entonces estoy aquí. Ya ves, hijo; ha conseguido mantenerme de una pieza.

Observé al anciano con renovada sorpresa, e interés.

¿Usted ha estado… abajo? –Casi no podía creerlo.

Me devolvió una mirada de sus ojos tristísimos. Suspiró.

–Varias generaciones habían vivido ya en el subsuelo cuando mis tatarabuelos decidieron bajar para no volver. Todo se tornaba ominoso aquí arriba, salvaje… y el tiempo les dio la razón. Pero con el paso de los años, las cosas no fueron mucho mejor para los supervivientes del subsuelo; como si la maldad se hubiese filtrado a través de la tierra, impregnando hasta el estrato más profundo.

–Tal vez fue justo así, como dice usted.

–No sé hijo… topamos con algo que no debimos desenterrar; o la naturaleza nos tiró a la cara siglos de ofensas acumuladas contra ella –Sus ojos estaban empañados– Los libros antiguos ya avisaban, antes de que existiera, que el infierno se hallaba bajo tierra. Qué visionarios fueron, hijo… no imaginas cuánto. Allí todo es tan… diferente, terrible… Yo nací allí, y jamás conocí un segundo de paz. Siempre en alerta, siempre con miedo… Cada vez que recuerdo a mis padres… hermanos… todo lo que ocurrió… –El anciano se llevó una mano a los ojos. Y comenzó a llorar tras ella–.

–Tranquilo –le acaricié un hombro con suavidad– Usted hizo lo correcto al escapar de allí; esa fue su victoria. Y su familia vive con orgullo en su interior.

–Gracias, hijo –gimoteó, mientras se secaba la cara sucia de lágrimas–. Para mí es todavía como si fuera ayer.

Me mantuve en silencio mientras se recuperaba de sus emociones, abiertas como heridas en la carne. Después intenté desviar su atención, cambiar de tema.

–¿Y cómo se alimenta usted aquí? ¿Sale a cazar? ¿Pone trampas?

–No… ya no –Bajó sus cansados ojos con vergüenza–, mis piernas ya no me lo permiten. Algunas personas se acercan a charlar un rato conmigo, nos damos compañía; y siempre me traen algo… poco, para ir tirando. ¿Sabes, hijo? Aún quedan almas buenas en el mundo, aunque no lo parezca.

–Sí... –Aunque yo no sea una de ellas, pensé.

Afuera, muy amortiguado, se escuchaba el repiquetear de la lluvia ácida. El fulgor verde de las paredes nos iluminaba con su tono espectral.

–Dicen… dicen –Parecía soñar despierto– que en el pasado había bosques cubriendo la tierra, arroyos de agua que podías beber, animales sanos en libertad, llenar los pulmones de aire sin utilizar filtros… ¿Puedes creerlo? Los ojos podían recrearse en colores que no fueran el gris: el azul del cielo, el verde en los campos hasta donde alcanzaba la vista, el marrón de la tierra sin contaminar… hasta el blanco de las estrellas sobre el negro de la noche… ¿Dónde quedó todo aquello?

–En libros medio quemados, imágenes… –susurré, arrastrado por su nostalgia melancólica. A su lado, sólo con escuchar su voz de otros tiempos, la magia del sentir volvía a surtir su efecto, como antes de los implantes. Recuerdo cómo era la persona que fui, y casi consigo emocionarme. No me extraña que algunos compartan la escasa comida con él, por recuperar aunque sean breves instantes de sentimiento. Por eso aún sigue vivo y no lo han devorado. No… no me extraña en absoluto.

–Los hombres de antaño estamos condenados a extinguirnos, hijo –Apoya una mano en mi rodilla, como buscando algo sólido– La humanidad ya ha dado su siguiente paso, tan distante del anterior… Y cuando las ciudades subterráneas estén abarrotadas, la cavernas, las pozas, las simas, las galerías, repletas… entonces, como paridas por la rencorosa Madre Tierra, los nuevos hombres saldrán en masa para cubrir la superficie…

Eso empezaba a ser cierto. Cada noche que salgo, debo enfrentar más y más de esas cosas… cada vez más deformes, grotescas…

–… y nada podrá detenerlos –continuó–. Así que, las personas que aún quedéis por entonces…

Pobre. Cree que aún soy humano.

–…debéis esconderos fuera de su alcance. Proteged vuestras vidas tanto tiempo como podáis. Tal vez… tal vez ocurra algo inesperado; algo que permita salvar los restos de lo que fuimos, y empezar de nuevo…

Le palmeé el hombro, agradeciendo sus palabras de esperanza. Ambos sabíamos que nada de eso sería cierto. Después, guardamos silencio.

Durante largos minutos permanecimos así, hasta que él giro su cabeza y me miró con sus ojos de un azul intenso, como si se hubiesen iluminado por dentro.

–Ha sido muy agradable charlar contigo, hijo. Gracias por tu compañía. Y por la cena.

En ese instante no entendí qué quería decir; pero entonces retiró hacia un lado el pliegue cartilaginoso con el que se cubría, y que yo había confundido con una sabana repugnante, mostrándome que, de pecho para abajo, era una amalgama de tubos musculares y arterias hinchadas que se hundían en el suelo –su cuerpo también–, como lo era el resto del refugio.

–Nada personal, hijo –me sonrió, con un brillo cruel en aquellos ojos hipócritas mientras se hundía, como un apéndice retráctil, en la masa cárnica de lo que yo creí su catre.

Y aunque activé con extrema velocidad el carbonizador subcutáneo de mi brazo, la condensación en ácido del fulgor verdoso de las paredes estomacales fue aún más rápida. Y en esos segundos eternos, previos al baño corrosivo que disolvería mi vida, comprendí todo como en un relámpago neural: comprendí el olor, comprendí a qué se refería con aquellos que venían a alimentarle, comprendí que los montículos de metal del exterior eran lo que quedaba de ellos, como será lo único que quedará de mí; comprendí que la existencia entera se fundamenta en la mentira, el arma de los que quieren sobrevivir. Comprendí que los monstruos y pesadillas de la humanidad del pasado no eran imaginaciones y desvaríos, sino pura premonición.

Una visión futura.

domingo, 15 de mayo de 2011

cuento para el 201

Possessionem
Luis Llamas

1

El sacerdote, de nombre Salvador, enfadado de caminar por el sendero de piedras del pequeño pueblo, se dispuso a preguntar por la dirección correcta de la casa a donde se dirigía. Sudando y con sed, preguntó por su destino a la primera mujer que se le atravesó en aquel solitario día. El rostro de la mujer se desfiguró y palideció, su respiración se exaltó y, en ese instante, comenzó a rezar, sin soltar el crucifijo que mantenía con fuerza en su mano. No dijo nada; sólo se retiró de él. Al sacerdote se le hizo curiosa la actitud de la mujer. Siguió sólo con su maleta con un cambio de ropa y sus herramientas de trabajos: cruz, agua bendita, biblia, etc.
Hacía algunos días, el sacerdote de la comunidad, había mandado una carta en la cual exponía ciertas “cosas raras” en lo que respectaba en una muchacha de apenas dieciseises años. La joven (no mencionaba nombre) había sido tratada por el médico del lugar y por varios chamanes sin encontrar una causa a sus males. La madre lo mandó llamar y él, por sus lecturas, podría decir, con certeza, que se trataba de un caso de posesión. La carta se pasó al consejo episcopal y se nombró a Salvador para que verificara lo expuesto en la misiva. Sólo investigaría las causas y se canalizaría a un hospital psiquiátrico en la ciudad, si era necesario. Salvador quiso apoyar en el caso, pues, en efecto, había realizado algunos cursos en Roma.
La intensión del sacerdote era, primero, analizar a la muchacha, para poder dar el diagnóstico; sin embargo, decidió, mejor, dirigirse primero a la iglesia para que el sacerdote le informara los últimos detalles de la supuesta poseída. Tocó varias veces el portón de ésta. Nadie abrió. Después de unos minutos, volvió a tocar con más fuerza. Una voz junto a él hizo que desistiera del golpe de la puerta. Una mujer entrada en edad le informó que la iglesia no se ha abierto en días. Salvador preguntó por el sacerdote, la mujer contestó que se encontraba en la casa parroquial, atrás del templo. Sin tardar más, Salvador se dirigió a su objetivo. La puerta estaba entreabierta. Entró. Un hedor amargo contaminó las fosas nasales de Salvador. Todo estaba sucio. Se acercó a un crucifico que estaba junto al pequeño comedor y verificó que estaba volteado de cabeza.
—¡Vaya! Alguien prestó atención a la carta —dijo el padre sin dejar de ver a Salvador. Unas ojeras pronunciadas quitaban matiz a los ojos claros del hombre.
—Octavio, me espantaste.
—Ven, siéntate.
Salvador vio a Octavio nervioso, tembloroso, sucio. Observó sus las uñas, sin cortar en días, estaban llenas de mugre. Los dientes del hombre se encontraban amarillentos. Y veía a todas partes, como si alguien lo siguiera o mirara.
—Es fuerte, muy fuerte. Él… él… él…
—¿Él? En la carta se menciona que es una mujer.
—No entiendes, hablo de él, del que está dentro de ella.
—¿Cómo está la situación? —Salvador se dispuso a escuchar todo lo que le dijera Octavio, sin hacer ninguna objeción.
Después de que le explicó algunas situaciones, Salvador indagó más:
—¿Qué otro idioma dices que habla?
—Latín.
—¿Y la muchacha no lo estudió antes?
—Es un pueblo. Si acaso en la escuela sólo dan español, y eso, mal hablado.
—Y dices que una vez escaló la pared.
—Sí, sí, sí… sin nada, así nada más.
—En la carta se menciona que vive sólo con su mamá. ¿Y el papá?
—La abandonó cuando nació.
—¿Y la madre qué hace, o dice, ante esta situación?
—Se suicidó. No pudo aguantar tanto.
—Bien. Me gustaría visitarla.
—Sólo te llevaré a ella. No quiero entrar al infierno otra vez.


2

Octavio dejó a Salvador en la puerta de la casa. Salvador sujetaba con fuerza la maleta donde mantenía sus implementos de trabajo. Se acercó y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al abrir la puerta, olió el mismo hedor de la casa parroquial. No le tomó importancia. El lugar estaba sucio también. En eso, una voz de niña se escuchó en aquella suciedad.
—Papi, soy yo, María.
El sacerdote se estremeció. No quiso hacerle caso.
—Soy María, tu hija, papi. Mírame… juego con un demonio. Juego a las muñecas.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Salvador sin voltearla a ver.
—Papi, recuerdas cómo ardía en la casa.
—¡Qué te calles! Tú no hablas aquí.
Salvador volteó por fin a verla. Ahí estaba parada, con una bata blanca, sucia de excremento. La muchacha, que era una niña todavía, se mantuvo frente a él. Lo vio con ternura, y se acercó a él. Salvador retrocedió de inmediato. Sacó de su maletín una botellita con agua bendita, empezó a rociar a la muchacha. Ésta, comenzó a gritar, una voz aguda, de hombre se escuchó por la casa.
—Potest nec te Deum.
—En el Nombre del Padre, exijo que me des tu nombre.
Ella rió y empezó a escalar por las paredes, como una araña.
—Quieres jugar con tu hija, mírala, tan inocente.
Salvador, no quería escucharla. Hacía años que había perdonado a Dios, por la muerte de su hija de tres años. Él la había visto arder en el fuego cuando una fuga de gas ocasionó el incendio.
La muchacha bajó lentamente y se despojó de la bata. Se mostró ante él desnuda. Salvador no puso atención al cuerpo virginal de ella. Se acercó a él.
—Mírame —dijo con una voz muy delgada, femenina—. Toma este cuerpo. Toma este cuerpo.
Salvador se acercó lentamente a ella. Cuando la tuvo recargada en la pared, le puso un crucifijo en el pecho.
—¡En el nombre de Cristo! ¡Dame tu nombre!
Los ojos de la muchacha cambiaron a negros, y una voz ronca, demoniaca se escuchó:
—No, tú ni tu Dios me harán salir de aquí.
—¡Te ordeno que me des tu nombre!
—¡No, no!
La muchacha agonizaba, las venas del cuello se le marcaban casi a reventar. Salvador, sin dejar de presionar el cuerpo de la niña contra la pared, siguió esforzando la situación para que el demonio le diera su nombre.
—Papi, papi, no me hagas daño —se volvió a escuchar la voz de María.
—No. Perdón hijita, perdóname —por fin Salvador se soltó a llorar.

3

Hacía unas horas que el sol murió en el horizonte. Salvador abrazaba aquel cuerpecito cálido. Sollozaba como un niño.
—Papi, por qué me dejaste aquella tarde. No me hubiera quemado.
—Perdóname, hijita, perdóname. No volverá a pasar.
Silencio.
Silencio.
—Papi, si mueres en este momento, aquí te esperaré y jugaremos como antes…
—¡Tú no eres mi hija! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ordeno que me des tu nombre!
Salvador corrió por el agua bendita.
—No —se volvió a escuchar la voz gruesa del demonio. La niña empezó a caminar de espaldas, viendo hacia el frente. Sus pies se arrastraban al impulso. Cuando llegó con Salvador, éste la tomó de nuevo en el cuello, y volvió a aclamar el nombre del demonio.
—En el nombre de Cristo, dame tu nombre
Roció el cuerpo, casi mutilado de la joven.
Cuando él le dio su nombre, Salvador aprovechó para exorcizar a la muchacha. Una vez liberada y de que ella vomitó, el ambiente cambió: el olor a hedor se convirtió en un aroma dulce. La muchacha murió.
Salvador salió de la casa con la luz del sol. Caminó sobre las piedras de la calle. En su mente quitaba la idea de su hija, sólo la dejó a la Gloria de Dios.

miércoles, 4 de mayo de 2011

ensayo para el 201

Asesinos Seriales.
Adrián González Arroyo

Los asesinos seriales tienen como instinto un día se vuelven peligrosos y matan a una cantidad de gente sin darse cuenta de lo que está sucediendo delante de ellos. Hay una pregunta fundamental en el aire: ¿Qué es lo que hace que un asesino mate a una o varias personas, realizando la misma acción en periodos de días, meses o años? Esta pregunta se la han hecho los investigadores desde hace los años 70's por el director del FBI Robert Ressler.
Gracias a esto surgió una clasificación de los asesinos seriales que se da dependiendo del motivo que se basa en la forma en la que desarrollaron el crimen que tienen una manera de operar mediante el acto o el proceso; y dentro de éste hay un asesino visionario que es aquel que tiene visiones, que le dicen qué es lo haga. Y el misionero, es el que cree que es elegido para liberar al mundo de un tipo particular de personas. De estos se clasifican un par de tipos, más el hedonista. Están compuestos por los asesinos lujuriosos, de suspenso y los que tienen una ganancia económica y los buscadores de poder, quienes basan su instinto de asesinar a jugar a ser dios con las víctimas.

La segunda clasificación de los asesinos seriales es la que los clasifica por sus patrones, organizaciones y sociales; estos se clasifican como organizados, estas personas suelen tener un coeficiente ente 105 a 120 de IQ (Pon el significado) son socialmente activos, tienen una buena apariencia y regresan a la escena del crimen para ver trabajar a la policía entre muchas otras características.

Los desorganizados son aquellos con un coeficiente intelectual menor al del promedio andan entre unos 80 a 95 IQ, son socialmente inadecuados, su apariencia deja mucho que desear ante la sociedad contactan a los familiares de la victima para jugar con ellos y dejan la escena del crimen caótica.

Esto nos lleva a otra pregunta con una respuesta inconclusa directa o satisfactoria el ¿Por qué? Para esta pregunta hay sólo teorías propuestas, no hay en realidad una explicación acertada de cómo se forja a mi parecer. Es una pregunta que no tiene una respuesta como tal, es cuando un niño pequeño le pregunta a su mamá ¿Por qué el cielo es azul?, aunque basándonos en algunas teorías sobre el por qué el comportamiento de los asesinos seriales es que de pequeños sufrieron algún abuso ya sea físico mental, sexual o en algunos de os caso que sus padres los abandonaran o su madres fuera prostituta y no pudiera colocar su atención en el pequeño y esto conllevo a tener algún resentimiento con la sociedad.
La salud mental de los asesino seriales es importante ya que en algunos de los juicios algunos asesinos se han declarado con “insania” esto significa que al estar realizando los actos de asesinato no tenían control sobre sus actos y que no sabían separar lo incorrecto de lo correcto de lo que estaba pasando en realidad, en este caso, sólo a dos personas les ha funcionado declarase con esta enfermedad, algunos de estos han sido declarados como psicópatas por los especialistas que han estudiado a detalle su caso. Gracias a esto se han encontrando algunos puntos importantes de el por qué no son capases de poderse adaptar a la sociedad irritabilidad agresividad y la más importante de todas ellas carencia de remordimiento sobre sus actos.
Algunos otros investigadores basan su teoría daño cerebral o alguna anormalidad en su cerebro, aunque se han estudiado al menos 11 cerebros de asesinos potenciales, sólo se ha encontrado unos detalles como problemas en el lóbulo frontal hipotálamo y el sistema límbico, que pude contribuir a la agresividad extrema a la pérdida de control perdida de juicio y violencia excesiva en la mayoría de los casos.
Revelaciones de una mente siniestra.
Cuando se nos habla sobre el término de asesino serial nos crea mucha especulación, ya que si analizamos la conducta y personalidad del criminal quedan reflejadas en la escena del crimen.
Lo primordial que se debe pensar es como el asesino se relaciono con la víctima, o porque exactamente asesinar a esa persona a continuación describiré los perfiles de los asesinos que sinceramente su forma de actuar y de convertirse en historia mundial son de una forma rara y muy particular.
Empezaré por una de las leyendas más grande y de uno de los pocos asesinos seriales que no han sido atrapado llamado “Jack el Destripador” quien realizó su series de crímenes en 1988 en Londres, Inglaterra. Se dice que victimó a 5 mujeres las cuales eran prostitutas del pues no se tiene registro o dato de cómo era físicamente solo que por el modo en el que operaba para asesinar era muy ordenado y por los cortes que tenían los cuerpos encontrados se pensaba que era doctor.
Otro de los asesinos que llaman mi atención por la forma en la que actuaba es Andrei Chikatilo mejor conocido como “El carnicero de Rostov” el era maestro de una escuela en Ucrania el cual para su esposa ere un hombre trabajador y responsable el cual tenía una doble vida se dice que uno de los motivos principales de que se convirtiera en asesino seria es a ver descubierto que su hermano había sido raptado y devorado junto con una eyaculación precoz con sus parejas; antes de casarse así que, a las mujeres, divulgar su problema sexual, el tomó como rencor hacia el lado femenino, como era maestro tenía la facilidad de relacionarse con las personas; así que, en las paradas del tren, hacia amistad con sus víctimas, las cuales después eran sometidas y cruelmente torturadas en algunos de los casos, cometió canibalismo comiendo los pezones de sus víctimas fue capturado en 1990, y declaró a ver tenido 53 víctimas. En 1994 fue ejecutado con un tiro en la nuca.
Jhon Wayne Gacy “El Payaso Asesino” era una persona de carácter amable y muy agradable. Con vocación de payaso, se propuso como candidato a concejal y llegó a actual de payaso para la primera dama y esto le llevó a ser nombrado el “Hombre del Año” en los estudios que se realizaron se dieron cuenta que el ser asesino serial era a que tenía una arteria del cerebro tapada por producto de un golpe que sufrió de pequeño. Su forma de operar o de atraer a sus víctimas solía conducir por la ciudad en busca de jóvenes solitarios de prostitutas y en algunos de los casos en homosexuales le invitaba un trago en alguna cantina o bar y después los sometía llevándolos a su casa a punta de pistola donde eran violados y torturados hasta morir guardaba los cuerpos sin vida en su jardín y debajo de su casa en 1980 fue atrapado y se le comprobaron cerca de 33 crímenes.
Albert Fish mejor conocido como “El Abuelo Caníbal”; él lo traía en la sangre ya que su madre oía voces por la calle y sus tíos fueron internados en un centro psiquiátrico a los 12 años; tuvo su primer contacto sexual a los 20 años, pues ejercía la prostitución. Violó a un niño y mató a una prostituta; tuvo una vida muy dura y se auto castigaba con peines de clavos en la espalda o en camas de rosas con espinas. Realizó algunas violaciones y actos escalofriantes con más de 100 niños, llegando a matar a 15 de ellos, entre ellos su hija de 12 años de edad, para encontrar el perdón de Dios. Fue atrapado en 1935, murió en la silla eléctrica tras ayudar a sus verdugos a colocarle los electrodos, se mostró entusiasmado y dijo "Qué alegría morir en la silla eléctrica será el último escalofrío y es el único que todavía no he experimentado"
Charles Miles Manso mejor conocido como “Satán”, aunque él no era un asesino seria como tal. Era manipulador nació en 1934 su madre era una prostituta de 17 años de edad su infancia no fue la más sana para un joven como él. A los 14 años había sido capturado y a partir de esto su vida fue entre fugas y prisión en 1967 se traslada a San Francisco y crea un grupo llamado “La Familia” la cual se guía sobre la biblia su primera víctima de su secta fue un traficante llamado Gary Hinman a quien Manson solo le cortó una oreja y ordeno a sus fieles seguidores que hicieran lo que quisieran con él en un ataque de ira en 1969 Satán llevó a cabo la operación delictiva que lo dio a conocer en el mundo entero ordenó la ejecución de todas las personas que se encontrasen en el 10050 de Cielo Drive, en Los Ángeles. La casa del director de cine Román Polanski, donde vivía con su mujer embarazada de ocho meses. En 1969 fue detenido y llevado a prisión; y fue condenado a cadena perpetua.
En general los criminales que me han impacto a nivel internacional fueron los que redacte en los párrafos anteriores los cuales tienen modos de operar diferente y las acciones que realizaban eran a partir de algún resentimiento y en algunos otros casos por enfermedad daré una pequeña reseña de lo que son los asesinos seriales del país.
Gregorio Cárdenas “El Estrangulador de Tacuba”, nace en la ciudad de México en 1915. Sostuvo a los 14 años de edad una relación enfermiza con su madre; fue reprimido en la adolescencia por su madre y era estudiante de Química. Su primera víctima fue en 1942 y aunque su carrera delictiva fue corta, era en contra de prostitutas, las cuales llevaba a su casa y las estrangulaba con un cordón. Una vez muertas, las llevaba al patio trasero para enterrarlas, y utilizó el mismo modo de operar con las siguientes 4 víctimas. Fue arrestado en Septiembre del mismo año, ya que sus crímenes eran en períodos de tiempo cortos, y fue más fácil su captura.
Adolfo de Jesús Constanso mejor conocido como “El Narco Satánico”, el cual traficaba con drogas y se creía una especie de chaman a sus seguidores los manada a levantar a las víctimas y las torturaban. Llegó al punto donde comían sus cerebros y bebían la sangre para tener vida eterna e inmunidad a las balas al verse acorralado por la policía le dice a su fiel escudero que lo mate con una metralleta que cargaba con él para no ir a la cárcel.
Como podemos ver el modo de operar de los asesinos seriales mexicanos, era por que buscaban algo en el caso de Constanso, ser invisible e inmune a las balas y en el caso de Gregorio pues el intentar mediante sus crímenes ser invisible.
Para recordar.
Para abordar detalladamente se le determina el nombre de asesino serial aquel que se defina con algunas características:
* Un período de corto tiempo en el que haga un crimen y el siguiente.
* El asesino no tiene relación con las víctimas, aparentemente el crimen ocurre al azar o sin conexión con los otros.
* Los asesinatos reflejan el sadismo del criminal, y su necesidad de tomar el control de la víctima.
* Raramente el asesino obtiene una ganancia material, el motivo siempre es de orden psicológico.
* Las víctimas tienen un valor "simbólico" para el asesino, esto se entiende tras ver que hay un método específico para matar.
* El asesino casi siempre escoge víctimas vulnerables, tales como prostitutas, niños, etc.
A través de averiguaciones algunos de los puntos que quedan en claro es que los padres que abusan de sus hijos tanto física como psicológicamente. Instalan en ellos instintos de violencia, recurso al cual acudirán en primer lugar para resolver sus retos y problemas personales, debido a todo esto les crea una alteración psicológica.
El asesino conoce bien lo que es bueno y lo que no lo es dentro de una sociedad, se comporta con tanta sinceridad que hace pensar a los demás que cree en los valores humanos.
Lo que se ha comprobado es que los asesinos seriales comparten características en común, la gran mayoría proviene de hogares donde no hay una funcionalidad como tal, en donde puede apreciarse la presencia de un padre o madre dominante aunque algunos otros fueron víctimas de abandono y rechazo, aunque existen casos de disposiciones genéticas o anomalías en el cerebro en donde hubo un factor externo a lo que actuó en sus cabezas como detonante para realizar estas brutales acciones.
Los homicidios seriales son un delito que requieren de un control social, para evitar reincidencia de un comportamiento que parece inmodificable e imparable, algo que puede hacer nuestra sociedad es intentar que se estableciera una política de prevención ya que la detección temprana permitiría a estas personas obtuvieran un tratamiento y estudiar a fondo el porqué de estas conductas.
Cita: Artículo Sobre Asesinos Seriales por el FBI publicados en la Revista Asesinos Seriales por la editorial MINA y Visita al Museo de la Policía exposición sobre Asesinos Seriales.

sábado, 16 de abril de 2011

NOTA

La primera entrada es para los trabajos de los extraordinarios. y las 2 siguientes son para el 2do. semestre, son los 2 cuentos:

1. La caída de la casa Ucher

2. la máscara de la muerte roja

Ambos de Edgar Allan Poe

Instrucciones para los extraordinarios

Para todos los niveles (1ro. 3ro. y 5to.)

Transcribirán los apuntes del primer y segundo parcial de cada materia a computadora, letra arial, número 12.

Nota: con todo y ejercicios (y si no los tiene realizar unos ejemplos)