domingo, 12 de junio de 2011

cuento para el 201

La noche de los feos
Mario Benedetti

1

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
"¿Qué está pensando?", pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"
"Sí", dijo, todavía mirándome.
"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."
"Sí."
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."
"¿Algo cómo qué?"
"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
"Vamos", dijo.

2

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN

domingo, 5 de junio de 2011

cuento para el 201

Lluvia ácida

Luis Bermer

Mis ojos sintéticos despiertan en la madrugada. Tan fría, vacía. Más aún desde que sustituí mi horrible carne por implantes ¿Cuántos años perdí siendo un don nadie, un hombre-masa gris? Más rápido, más fuerte. Mi mente vuela tan alto como jamás pude soñar.

Y mis sueños ya no son humanos.

Pienso como el filo de una espada, la eficiencia procesual me dirige y motiva, nada más. Todo depende del proceso primario actual. Todo es el procesamiento presente. El resto son datos almacenados en los bancos de memoria, o metas para las próximas horas. Jamás existió el futuro, sino como imaginación.

A veces me asaltan visiones indescriptibles.

Aún es de noche cuando salgo de la cámara de iones. Siento los pistones bajo los músculos, desplazarme sin la menor sensación de esfuerzo hasta la cocina. Abro la puerta. Contemplo mi obra.

Siempre bebo un vaso de sangre fresca al despertar.

Me visto despacio. Coloco cuidadosamente cada arma en su lugar. La gabardina de cuero blindado es lo último. El mundo es un lugar muerto, pero nos empeñamos en seguir caminándolo. Salgo del edificio a la noche. Llueve. Esa lluvia que permite comer a los fabricantes de piel. Sólo los neones publicitarios encaran la oscuridad, junto a los faros de algún ligero. Hay que estar loco para salir antes del alba, sobre todo desde que emergieron los del subsuelo, esas cosas sin nombre. La parte de mí que desea morir me obliga a esto, la parte que ama vivir se opone; y yo estoy en medio, sin poder hacer nada por finalizar ese conflicto eterno. Dejo que luchen, que gane la más fuerte en ese momento y acepto sus condiciones sin oposición. Es algo asumido.

Voces de otros mundos me hablan. Las dimensiones se abren.

Camino a buen ritmo. No veo a nadie todavía. Las botas se hunden en los charcos, a veces el fondo parece légamo pegajoso, pero no lo es. Recuerdo la luna, ahora oculta para siempre; la echo de menos ¿Saben? Yo era un poeta, cuando tenía alma.

Luna, de muertos poblada.
Mi única amiga.

Ya nunca sabré si realmente tenía un alma; o era simple ilusión, el autoengaño de poseerla. Ya no pierdo el tiempo con esas estupideces. Un relámpago ilumina los edificios semimuertos, al fondo. La piel empieza a escocerme; debo encontrar un refugio temporal, hasta que amaine. Tuerzo por un estrecho callejón, cubierto de basura y restos de chatarra, irreconocibles. Algo se mueve más adelante, oculto a mi vista, bajo los hierros. Algo vivo que me ha oído llegar. Seguro que una de esas malditas cosas.

En efecto, la veo retorcerse para salir al descubierto. Es como una larva blancuzca, nerviosa, con hileras de patas plegadas. Su cabeza es de pez abisal, con dientes largos, finísimos, y los ojos que me miran son los de una persona. Enciendo el filo-sierra en el canto de mi mano, justo antes de que la cosa se proyecte de un salto, a increíble velocidad y con las fauces abiertas, hacia mi cara. La capturo al vuelo, algo impensable sin mis reflejos electrónicos. Se debate en mi mano izquierda, larga, repulsiva, chasqueando las mandíbulas en un intento de engancharme. Me cruzo con su mirada humana, y me apresto a hundir la sierra en su cuerpo. Me salpica un líquido repugnante, al tiempo que su chillido indescriptible resuena por el callejón. Con asco, la arrojo lejos. Y me estremezco al pensar fugazmente en qué otras cosas bullirán allá abajo, en el subsuelo.

Avanzo hasta toparme con una frágil puerta de alambre oxidada. La aparto, medio deshecha, y me encuentro en una especie de pequeño patio de luces entre edificios. Unos curiosos montículos de metal medio fundido tachonan el suelo, desperdigados aquí y allá. En uno de los rincones, al fondo, distingo un enorme montón de chatarra y desperdicios de toda índole; parecen conformar un habitáculo, una precaria chabola, por sus placas en los laterales y una haciendo las veces de techo. Tal vez sea el único lugar donde guarecerme, antes de que la piel me caiga deshecha. En mi fuero interno, la parte que desea vivir reacciona. Camino hacia el rincón, a punto estoy de tropezar, con un pie enredado entre cables medio ocultos. De repente, una de las placas se abre hacia fuera y veo asomar una cabeza encanecida.

–¡Rápido, corre! ¡Pasa, pasa! –me invita con la mano, antes de volver adentro.

Acelero el paso, aceptando la oferta del desconocido. Si me conociera, es seguro que no me habría invitado.

Me agacho para entrar y cierro la plancha tras de mí que, curiosamente, encaja a la perfección; buen refugio. El olor a cerrado es asfixiante, nauseabundo… aunque esperable. El espacio es pequeño y opresivo. Las paredes parecen haber sido recubiertas de una lámina gomosa aislante, que emite un fulgor verdoso fosforescente; alguna clase de pintura, que constituye la única iluminación. El agua no entra, y se mantiene el calor. El anciano yace en un catre casi a ras de suelo, cubierto por una tela parduzca de aspecto asqueroso.

–Sé bienvenido a mi hogar, extraño –me dice, invitándome a acercarme.

Pienso en matarle, pero su sangre ha de ser por fuerza débil. Me siento a su lado y observo sus ojos azules, acuosos, escrutándome; su cuerpo enjuto pero enérgico, su piel casi tan blanca como sus cabellos. Un superviviente nato.

–Gracias por resguardarme de la lluvia, anciano. Estaba a punto de licuarme ahí fuera.

El hombre me mira, como miraban antes los padres a sus hijos cuando llegaban de una borrachera, intentando adivinar qué se agita en la cabeza de este desconocido para él.

–¿Cómo se te ocurre salir de noche? –me pregunta–. Y lloviendo, encima.

–Tenía… tenía que salir. Es algo que no puedo… evitar.

El anciano se estremece en un escalofrío. Se arropa un poco más con su apestosa tela.

–Comprendo. Eres joven, con impulsos propios de joven –susurra, como recordando.

–No… no es eso –respondo, pero no continúo por ahí–. Y soy mucho más viejo de lo que aparento, créame.

Ni siquiera recuerdo ya cuándo nací. Ni cuántas décadas han podido transcurrir desde aquel momento.

–Entonces… imagínate qué podría decirte yo, hijo –Sonríe, mirándome con esos ojos que evocan los mares que ya no existen.

Empiezo a comprender que este anciano fue, es un hombre especial; un vestigio de la humanidad, como era antes de que todo… cambiara. No, no podría matarlo ni aunque lo deseara. Estando a su lado, siento la entrañabilidad renacer en mí otra vez, el afecto, aunque sea como un leve eco entre las entrañas metálicas. Me recuerda lo que fui y ya no soy, ni seré. Pero la ilusión es poderosa, tanto, que me siento plenamente humano de nuevo hablando con él. En este agujero hediondo he encontrado un fugaz paraíso.

Respiro el aire viciado, miro una vez más a mi alrededor. Y la pregunta surge sin pensarla:

–¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí, anciano? Es una buena guarida, bien camuflada.

–Oh sí… Tendría tu edad cuando decidí huir de allá abajo, hacia la superficie. Y lo primero que hice fue buscar el lugar adecuado para construirme el refugio, tal vez lo mejor que haya hecho en mi vida. Y desde entonces estoy aquí. Ya ves, hijo; ha conseguido mantenerme de una pieza.

Observé al anciano con renovada sorpresa, e interés.

¿Usted ha estado… abajo? –Casi no podía creerlo.

Me devolvió una mirada de sus ojos tristísimos. Suspiró.

–Varias generaciones habían vivido ya en el subsuelo cuando mis tatarabuelos decidieron bajar para no volver. Todo se tornaba ominoso aquí arriba, salvaje… y el tiempo les dio la razón. Pero con el paso de los años, las cosas no fueron mucho mejor para los supervivientes del subsuelo; como si la maldad se hubiese filtrado a través de la tierra, impregnando hasta el estrato más profundo.

–Tal vez fue justo así, como dice usted.

–No sé hijo… topamos con algo que no debimos desenterrar; o la naturaleza nos tiró a la cara siglos de ofensas acumuladas contra ella –Sus ojos estaban empañados– Los libros antiguos ya avisaban, antes de que existiera, que el infierno se hallaba bajo tierra. Qué visionarios fueron, hijo… no imaginas cuánto. Allí todo es tan… diferente, terrible… Yo nací allí, y jamás conocí un segundo de paz. Siempre en alerta, siempre con miedo… Cada vez que recuerdo a mis padres… hermanos… todo lo que ocurrió… –El anciano se llevó una mano a los ojos. Y comenzó a llorar tras ella–.

–Tranquilo –le acaricié un hombro con suavidad– Usted hizo lo correcto al escapar de allí; esa fue su victoria. Y su familia vive con orgullo en su interior.

–Gracias, hijo –gimoteó, mientras se secaba la cara sucia de lágrimas–. Para mí es todavía como si fuera ayer.

Me mantuve en silencio mientras se recuperaba de sus emociones, abiertas como heridas en la carne. Después intenté desviar su atención, cambiar de tema.

–¿Y cómo se alimenta usted aquí? ¿Sale a cazar? ¿Pone trampas?

–No… ya no –Bajó sus cansados ojos con vergüenza–, mis piernas ya no me lo permiten. Algunas personas se acercan a charlar un rato conmigo, nos damos compañía; y siempre me traen algo… poco, para ir tirando. ¿Sabes, hijo? Aún quedan almas buenas en el mundo, aunque no lo parezca.

–Sí... –Aunque yo no sea una de ellas, pensé.

Afuera, muy amortiguado, se escuchaba el repiquetear de la lluvia ácida. El fulgor verde de las paredes nos iluminaba con su tono espectral.

–Dicen… dicen –Parecía soñar despierto– que en el pasado había bosques cubriendo la tierra, arroyos de agua que podías beber, animales sanos en libertad, llenar los pulmones de aire sin utilizar filtros… ¿Puedes creerlo? Los ojos podían recrearse en colores que no fueran el gris: el azul del cielo, el verde en los campos hasta donde alcanzaba la vista, el marrón de la tierra sin contaminar… hasta el blanco de las estrellas sobre el negro de la noche… ¿Dónde quedó todo aquello?

–En libros medio quemados, imágenes… –susurré, arrastrado por su nostalgia melancólica. A su lado, sólo con escuchar su voz de otros tiempos, la magia del sentir volvía a surtir su efecto, como antes de los implantes. Recuerdo cómo era la persona que fui, y casi consigo emocionarme. No me extraña que algunos compartan la escasa comida con él, por recuperar aunque sean breves instantes de sentimiento. Por eso aún sigue vivo y no lo han devorado. No… no me extraña en absoluto.

–Los hombres de antaño estamos condenados a extinguirnos, hijo –Apoya una mano en mi rodilla, como buscando algo sólido– La humanidad ya ha dado su siguiente paso, tan distante del anterior… Y cuando las ciudades subterráneas estén abarrotadas, la cavernas, las pozas, las simas, las galerías, repletas… entonces, como paridas por la rencorosa Madre Tierra, los nuevos hombres saldrán en masa para cubrir la superficie…

Eso empezaba a ser cierto. Cada noche que salgo, debo enfrentar más y más de esas cosas… cada vez más deformes, grotescas…

–… y nada podrá detenerlos –continuó–. Así que, las personas que aún quedéis por entonces…

Pobre. Cree que aún soy humano.

–…debéis esconderos fuera de su alcance. Proteged vuestras vidas tanto tiempo como podáis. Tal vez… tal vez ocurra algo inesperado; algo que permita salvar los restos de lo que fuimos, y empezar de nuevo…

Le palmeé el hombro, agradeciendo sus palabras de esperanza. Ambos sabíamos que nada de eso sería cierto. Después, guardamos silencio.

Durante largos minutos permanecimos así, hasta que él giro su cabeza y me miró con sus ojos de un azul intenso, como si se hubiesen iluminado por dentro.

–Ha sido muy agradable charlar contigo, hijo. Gracias por tu compañía. Y por la cena.

En ese instante no entendí qué quería decir; pero entonces retiró hacia un lado el pliegue cartilaginoso con el que se cubría, y que yo había confundido con una sabana repugnante, mostrándome que, de pecho para abajo, era una amalgama de tubos musculares y arterias hinchadas que se hundían en el suelo –su cuerpo también–, como lo era el resto del refugio.

–Nada personal, hijo –me sonrió, con un brillo cruel en aquellos ojos hipócritas mientras se hundía, como un apéndice retráctil, en la masa cárnica de lo que yo creí su catre.

Y aunque activé con extrema velocidad el carbonizador subcutáneo de mi brazo, la condensación en ácido del fulgor verdoso de las paredes estomacales fue aún más rápida. Y en esos segundos eternos, previos al baño corrosivo que disolvería mi vida, comprendí todo como en un relámpago neural: comprendí el olor, comprendí a qué se refería con aquellos que venían a alimentarle, comprendí que los montículos de metal del exterior eran lo que quedaba de ellos, como será lo único que quedará de mí; comprendí que la existencia entera se fundamenta en la mentira, el arma de los que quieren sobrevivir. Comprendí que los monstruos y pesadillas de la humanidad del pasado no eran imaginaciones y desvaríos, sino pura premonición.

Una visión futura.