miércoles, 23 de febrero de 2011

cuento para el 201

El bienamado Camelo y Macrina, su dulce esposa
J. B. Morgade

—Estamos reunidos aquí para invocar el espíritu de Carmelo Aguirre, su mujer tienen algo importante que preguntarle, vamos a tomarnos de las manos, vamos a mantenernos en silencio y llamemos al difunto para que se haga presente entre nosotros.


La sala se quedó en silencio. Las luces comenzaron a titilar. Algunos de los presentes soltaron exclamaciones de temor, pero nadie hizo el intento por interrumpir la sesión. De pronto doña Chonita, experta en sesiones espiritistas, abrió los ojos. Estaban en blanco. Su boca esbozó una sonrisa pícara y, con una voz que todos reconocieron, dijo:
—Ahorita, preciosa, deja atiendo esta llamada.
—¡Es que ni muerto dejas de andar de mujeriego! —exclamó furibunda Macrina, su mujer.
—¡Macrina!, ¿y ahora qué quieres? Si me morí para ya no verte, porque me tenías harto, para poder descansar de ti y de tu madre y me vienes a interrumpir y a molestar ¿es que ni muerto me vas a dejar en paz?
—¿Yo molestarte a ti? Por Dios, Carmelo, si eras tú el que ya me tenía cansada. Siempre escapándote con cuanta mujerzuela se te ponía enfrente. Días en los que no venías a la casa y yo con mi cara de estúpida dando excusas a la gente del pueblo para que no hablara. Y mi pobre madre, no soportó más la vida que me dabas y se murió, ¿no lo recuerdas infeliz? Un mes antes que tú. Dios la tenga en su gloria. Tú provocaste su muerte.
—Ah, si. Tu madre. Por cierto, la vi hace algún tiempo por acá. Te manda saludos. Ella y su nuevo galán, porque tu madre no ha perdido el tiempo. Deberías hacer lo mismo y dejar de molestarme.
—No hables así de mi madre. Ella es una santa y no creo por un minuto que esté donde tú estás. No es como tú que no ves la hora para acostarte con la primera que se ponga en el camino…
—En eso tienes razón, ella no es como yo. Sería el colmo que además de alcahueta y chismosa le gustara acostarse con otras viejas.
—¡Desgraciado! ¿Cómo te atreves a decir eso de mi madre? Si todo lo que ella hizo fue por nuestro bien, para que pudiéramos ser felices en nuestra casa.
—Si, por eso se encargó de decirle a todo el mundo, cuando no tenía trabajo, que era un bueno para nada, mantenido, que pobrecita de ti, la tarugada que habías hecho casándote conmigo. Pero que tal cuando entré a trabajar y que empecé a ganar bien. Ahí no protestaba, pero no se cansaba de decirle a todo el mundo que seguramente era impotente, por eso no me quería acostar contigo.
—¡Y cuanta razón tenía! No pudiste darme un hijo porque no la podías tener parada ni cinco minutos. No se cómo las demás te aceptaron, porque en la cama eras un inútil.
—¿Y cómo sabes lo que es bueno en la cama? ¡Frígida! Hacerlo contigo y repegado a la pared era lo mismo. No se siente nada. Así que no me vengas ahora con que eres una experta en la cama porque no te queda.
—Pues eso dices tú, hay quién no opina lo mismo.
—¿Qué quieres decir?
—Ojo por ojo, querido. Tú con las tuyas, yo con los míos.
—¿Qué?
—¿Qué esperabas? Que me quedara en la casa mientras tú te ibas de pirujo. No señor. Como no estabas en casa y cuando estabas nunca me hiciste sentir verdaderamente mujer, salí a buscar lo que tú no me dabas. No eres el único que puede hacerlo, queridito.
—Además de hacerme la vida ingrata, anduviste revolcándote con otros. ¡Qué méndiga eres! Qué bueno que me morí, porque así puedo hacer lo que se me venga en gana sin tener que darte cuentas de nada y sin tener que soportarte más.
—Pues no te va a ser tan sencillo, porque no pienso dejarte en paz mientras no me digas dónde está la póliza del seguro. Si pensaste que resignaría a no saber donde está, después de tu muerte, estás muy equivocado.
—¿Eso es todo? ¿Todo lo que te interesa es esa póliza? Por fin muestras tu verdadera naturaleza, lagartona, lo único que te interesa es el dinero, ¿verdad?, siempre fue así. ¿Y si me niego a decirte dónde está?
—Me tendrás aquí noche tras noche.
—¿Qué? Estás loca si crees que voy a estar tolerando esto. No. Es preferible ver cómo despilfarras mi dinero a tener que soportarte un minuto más.
—Lo sabía —dijo Macrina con una sonrisa de satisfacción. —Dime dónde está la póliza y te dejo de molestar lo que me reste de vida.
—Pues te deseo una muy, muy larga. La póliza está en…
La sesión terminó. Los asistentes abandonaron la casa rápidamente, ávidos de comentar con todo el mundo los pormenores de tan singular conversación. Macrina, póliza en mano, fue a la compañía a reclamar el generoso seguro que Carmelo había contratado para ella en tiempos mejores.
Seis meses después, en un lujoso yate que navegaba por las aguas del Caribe, Macrina, ataviada con un vestido blanco de estampado floral en diversos colores, una pamela que sujetaba con fuerza para que el viento no se la arrebatara, una mascada queriendo desprenderse del cuello y unos lentes oscuros que ocultaban la satisfacción reflejada en sus ojos, platicaba animadamente con otra de las pasajeras.
—Pues así le digo, también he enviudado recientemente —dijo Macrina
—Es una lástima que las personas buenas tengan que irse tan pronto —continuó la mujer.
—Y que lo diga. Mi Carmelo era tan bueno…

sábado, 12 de febrero de 2011

cuento para el 201

Sombras en la Oscuridad
J. B. Morgade

Pablo no podía creer lo que sus ojos le presentaban. Ante él, el hombre que había conocido desde la infancia, con el que había compartido sus momentos de juego, aquél a quien había protegido de las bromas pesadas de los demás; se había transformado en una horrenda criatura que lo amenazaba con sus fauces abiertas y los ojos inyectados en sangre.


—¡Santiago, mírame, soy yo, Pablo! Todo era inútil. La bestia se acercaba lentamente a él, sin que pudiera defenderse ni alejarse de aquel lugar. Perdió la noción del tiempo y las cosas, sólo sintió un golpe que le desgarraba el pecho y un aliento pútrido surgido de unas poderosas fauces que se cerraban alrededor de su garganta… el dolor fue insoportable, pero duró un breve instante solamente…
La criatura dejó el cuerpo de Pablo a medio devorar. Unas voces crecientes llamaron su atención. Se aprestó para el ataque. Se internó entre los árboles que rodeaban el claro donde había ocurrido la transformación y donde había acabado con la vida de su amigo. Desde la oscuridad miraba furioso a los hombres que se acercaban al lugar. Su instinto lo mantenía a resguardo, pero le obligaba a atacarlos, a destrozar sus cuerpos y alimentarse con su sangre y sus vísceras. Sabía que debía esperar el momento oportuno, no podía descubrirse antes de tiempo. Ellos llevaban armas con las que podían dejarlo fuera de combate rápidamente. Algo de humano debía tener aún, porque maquinaba la forma de acercarse a ellos sin ser percibido y así tener la oportunidad de acabarlos a todos.
Los hombres gritaban alrededor del cuerpo mutilado de Pablo. Iluminaban con las lámparas hacia los árboles con la esperanza de ver a la criatura que había podido hacer eso. La noche era tan cerrada y brumosa que la luz apenas lograba atravesar unos cuantos metros en la espesura.
De pronto uno de los hombres divisó, entre los árboles, algo que parecían dos brazas encendidas. —¡Ahí está! Grito furiosamente a sus compañeros.
¡Lo habían descubierto! Debía actuar rápido. Impulsado con sus patas traseras, la criatura saltó por encima de los matorrales y embistió al delator, sujetándolo por el brazo hasta casi destrozárselo. Con el cuerpo del infortunado se cubría a sí mismo de las armas de los demás; era inútil, no podían disparar sin correr el riesgo de darle un tiro a su compañero que gritaba víctima del dolor que le producían aquellos colmillos aferrados a su carne.
Algo se movió atrás de él. Estaba demasiado ocupado defendiéndose de los hombres que lo apuntaban con sus armas, que no se dio cuenta que uno se había separado del grupo y lo amenazaba desde atrás. Fue demasiado tarde cuando sintió un fuerte golpe en las costillas, seguido de otro en la pierna derecha. Sintió como el hueso se rompió con el impacto. Era evidente que no querían matarlo. Querían descubrir su identidad primero, antes de echarlo a las llamas para purificar su alma. No podía permitirlo.
Se volvió hacia su agresor y, con las fuerzas que le sobraban, se abalanzó sobre él. El hombre lo recibió con un certero disparo. Ante el asombro de todos, la criatura se transformó y quedó tendido junto a cuerpo de su amigo.
Muy cerca de Pablo yacía el escuálido y desnudo cuerpo de Santiago, con un fatal tiro de bala en la cabeza.