buen Puente!
Celos
Jesús Morgade
Él y ella caminan por los bosques pétreos circundantes de la ciudad fortificada en la que habitan. Es día de descanso y muchos deambulan sin rumbo fijo, perdiéndose entre los torreones de granito y caliza de formas psicodélicas que surgen por doquier. Como otras tantas parejas, él toma dos de las manos de ella mientras avanzan.
Mientras contemplan la luz de su sol entre las formaciones rocosas, otro se acerca repentinamente a ellos. Ella no es una de las más hermosas de su especie, pero sus ojos son diáfanos y hablan de la pureza de su interior. El otro no puede dejar de verla al pasar. Él se da cuenta. Sus fluidos internos hierven repentinamente y su piel se torna más azul de lo ordinario. ¿Cómo se atreve ese otro a mirarla precisamente a ella? Y lo peor, ¿cómo se atreve ella a devolverle la mirada?
Él la ama desde el primer día que la vio y la tuvo como posesión desde el día que decidieron unir sus vidas. Ella no puede ver a nadie más que no sea él y nadie tiene el derecho de posar su vista en ella. ¿Es tan difícil de entender? Ella siempre lo ha amado a él y en su interior no existe ni existirá nadie más.
Cuando el otro se cruza por su camino, y osa posar su vista en ella, él, en un acto involuntario, la toma con fuerza con la tercera mano. Deben de saber los dos quién pertenece a quién. La pareja prosigue su camino mientras que el otro se aleja de ellos sin volver la mirada.
Un poco más adelante encuentran otro extraño. Mira la delicada textura de la piel de ella. La ira vuelve a apoderarse de él. La toma con las cuatro manos con una fuerza inaudita. Ella lanza un silencioso gemido de dolor, pero sigue con él recorriendo el laberinto de rocas informes a donde acostumbran ir cada vez que tienen la oportunidad.

Un extraño más. Una mirada más a ella. Por temor a él, ella baja la vista, pero él no la ve. Su mirada está centrada en la forma como los otros la miran y en su interior sabe que ella les corresponde. De nada vale su presencia. De nada los sentimientos que tiene para con ella. Él sabe que ella irremediablemente volverá la vista a los otros, buscando, indagando, siguiendo, ¿amando? No lo puede soportar. Es demasiado para él.
Llegan a una vereda escondida, donde solían buscar el cobijo de las sombras para manifestar los sentimientos que tenían el uno por el otro. Él la dirige hacia allá con brusquedad. No puede permitir que ella vea a nadie más y menos aún, que ame a otro.
La aprisiona contra la pared de granito. Ella le suplica. Siente las esquirlas de roca hundiéndose en su piel. Él no la escucha, le grita que no puede haber en su vida nadie más que él. Ella le dice, en un lamento continuo, que no hay nadie más, que él es el único en su interior. Él no lo cree. La aprisiona con más fuerza contra la pared. Ella llora. Él no tiene compasión. Él sabe que la única manera de tenerla siempre con cerca, de que no haya otro, de que no ame a otro es haciéndola uno con él.
La rodea con todos sus brazos. Comienza a comprimir el cuerpo de ella con el de él. Ella siente como se va el aire de su interior. Gime y grita, pero no hay respuesta. Él la oprime con mayor fuerza contra sí mismo. El dolor de la fusión corpórea se hace más fuerte cada vez, pero él no cede.
A los pocos minutos no hay rastro de ella. Sus cuerpos se han fusionado en uno solo. Ella ha dejado de existir, pero él ahora tiene la seguridad de que le pertenece definitivamente.
Cae la noche en el planeta. Él vuelve a casa. Llega a la cocina. No hay comida preparada. Ese era trabajo de ella. Se prepara algo, pero no tiene sabor ni consistencia. Se sienta en la roca que está frente a la casa. Ella solía acariciarle la cabeza, ahora sólo siente el frío helado congelándole todo el cuerpo. Se retira a descansar y se duerme rápidamente. ¿Por qué no puede calentarse su cuerpo? Cuando ella estaba ahí, todas las noches eran tibias. ¿Qué sucede entonces? ¿No está ella ahí, con él, en su interior, fusionada con su cuerpo? ¿Por qué no puede sentir el calor del cuerpo de ella?
Se levanta desesperado. Deambula por la casa. La busca obsesivamente. No puede verla, ni sentirla. ¿Es que, a final de cuentas, logró alejarse de él? ¿Es que está con algún otro en ese momento? No puede ser, él la absorbió, ella le pertenece sólo a él. Pero ¿por qué no puede sentirla? ¿Es que no está en su interior? Sólo hay una forma de saberlo.
Toma una cuchilla filosa. Se dirige al bosque, a la cascada de plata que está cerca de la muralla de la ciudad. La luz del satélite natural de su planeta lo ilumina mientras se dirige hacia allá. Cuando llega, se mete en el metal líquido hasta que puede ver reflejado su cuerpo en la caída del fluido. Levanta la cuchilla, la dirige sobre sí mismo y la hunde en su cuerpo. Lo rasga de arriba abajo y abre la piel como las hojas de un libro. De ella no queda nada en su interior. Se ha esfumado. Él grita y la maldice mientras sus fluidos internos se funden con el metal que moja sus pies.
